Orígenes de la devoción al “Señor de Mayo”
13/05/2026 | Por Acción Familia
El crucifijo de san Agustín, llevado a la plaza la noche del terremoto en 1647, alcanzó más veneración y respeto, instituyéndose una solemne procesión hasta nuestros días.

El crucifijo de san Agustín, llevado a la plaza la noche del terremoto en 1647, alcanzó más veneración y respeto, instituyéndose una solemne procesión hasta nuestros días.

Algo que la Historia registra, y que la Teología de la Historia indica como cierto, es que los grandes desastres de los pueblos son castigos. Este es un principio incuestionable de la Teología de la Historia. Cuando una nación sufre una catástrofe mayor, esto es un castigo. El principio no se aplica a los hombres,
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Este gran apóstol supo alternadamente dialogar y polemizar, y en él el polemista no impedía la efusión de las dulzuras del Buen Pastor, ni la mansedumbre pastoral aguaba los santos rigores del polemista.

Hoy es la Fiesta de Cuasimodo, una celebración católica de Chile, que se realiza el primer domingo siguiente a la Pascua de Resurrección. El propósito es llevar la comunión a los enfermos y ancianos que no pudieron comulgar durante el triduo pascual. ¡Qué diferencia con las iglesias cerradas y los fieles sin sacramentos! Hubo un
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Dignas, tranquilas, distendidas, estas pequeñas parecen comunicar la alegría que les produce lucir esos lindos trajes, fruto de una cultura y de una tradición locales que, a un mismo tiempo, las expresa, identifica y enorgullece. Se diría que se sienten las más pequeñas de entre una gran Familia, que viene de un pasado lejano y
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¡Qué contraste! Él, condenado, era juez de ese riguroso castigo. Jesús, derrotado en las apariencias, es verdaderamente el vencedor. La cruz es el árbol de la derrota, de la infamia y del dolor. Sin embargo, es el leño de la gloria.

La Iglesia no es sólo una Madre cuando nos enseña la gran misión austera del sufrimiento. Ella también es Madre, cuando en los extremos del dolor y de la aniquilación, ella hace brillar ante nuestros ojos la luz de la esperanza cristiana

Nuestro Señor, en el Huerto de los Olivos, sufrió el tormento de la soledad. No de la soledad que es calma, recogimiento, oración; la soledad que es el paraíso del alma verdaderamente interior, sino la soledad creada por la indiferencia general, por la incomprensión y por el odio. En el momento en que el Señor
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¿Por qué fue el Señor maniatado por sus verdugos? ¿Por qué le impidieron el movimiento de sus manos, sujetándolas con duras cuerdas? Sólo el odio o el temor podrían explicar que así se reduzca a alguien a la inmovilidad y a la impotencia. ¿Por qué odiar así estas manos? ¿Por qué temerlas?

La versatilidad e ingratitud de los judíos, quienes, después de proclamar con la más solemne recepción el reconocimiento que debían al Salvador, poco después lo crucifican con un odio que a muchos llega a parecer inexplicable.