Una reflexión de Plinio Corrêa de Oliveira ante los desafíos del mundo de 2026

Hace más de ochenta años, Plinio Corrêa de Oliveira advirtió que ninguna reorganización del mundo sería duradera sin una profunda reforma del hombre. En una época marcada por la inteligencia artificial, la automatización y la fascinación por la técnica, aquella reflexión adquiere una actualidad sorprendente.
En mayo de 1943, mientras Europa era devastada por la Segunda Guerra Mundial, Plinio Corrêa de Oliveira publicó un breve pero penetrante artículo titulado «Reformemos al hombre». El mundo entero discutía entonces cómo reorganizar la convivencia internacional una vez terminado el conflicto. Se multiplicaban los proyectos para rediseñar fronteras, crear nuevos organismos internacionales y establecer un orden político que garantizara una paz duradera.
el Dr. Plinio dirigió la mirada hacia un problema mucho más profundo.
No negaba la necesidad de reconstruir el mundo, pero advertía que toda verdadera reconstrucción debía comenzar por el hombre mismo. Porque —escribía— «toda verdadera política debe ser delineada en función de la realidad», y la primera realidad con la que debe contar cualquier proyecto político no son las instituciones ni las estructuras, sino la naturaleza humana.
Ochenta años después, el escenario histórico ha cambiado profundamente. Ya no se habla de reconstruir un mundo destruido por la guerra, sino de transformarlo mediante la tecnología, la inteligencia artificial, la digitalización de la economía, la automatización, la gobernanza global o la llamada transición ecológica. Hace algunos años incluso se popularizó la expresión «Great Reset», como símbolo de una reorganización integral de la sociedad.
Las palabras cambiaron. La ilusión permanece.
Seguimos creyendo que bastará modificar las estructuras para obtener automáticamente una humanidad mejor.
Sin embargo, la pregunta planteada por el autor continúa intacta.
¿Quién reformará al reformador?
Quizá la diferencia más profunda entre 1943 y 2026 sea ésta.
En tiempos del Dr. Plinio, el hombre pretendía reorganizar el mundo.
Hoy comienza, además, a aceptar ser reorganizado por los propios sistemas que él mismo ha construido.
Por primera vez en la historia aparecen interrogantes que hace apenas unos años parecían inimaginables. ¿Qué sucede cuando delegamos una parte creciente de nuestra inteligencia en sistemas artificiales? ¿Qué ocurre cuando algoritmos invisibles comienzan a seleccionar aquello que veremos, leeremos o recordaremos? ¿Qué sucede cuando la atención humana se convierte en uno de los bienes más disputados de la economía contemporánea?
La cuestión ya no es solamente tecnológica.
Empieza a ser profundamente antropológica.
En este punto reaparece toda la actualidad de aquel artículo. Su afirmación central conserva una fuerza extraordinaria:
«La reforma del mundo supone la reforma del hombre.»
No es una frase piadosa ni una exhortación moralizante. Es una ley de la vida social.
Porque, si el hombre permanece interiormente desordenado, terminará transmitiendo inevitablemente ese desorden a todas sus obras.
El Dr. Plinio lo expresaba mediante una imagen inolvidable:
«Él contagia con su enfermedad todas sus obras. La argamasa con que unimos las piedras de nuestros edificios contiene dinamita. Las vigas de nuestras casas tienen termitas.»
Difícilmente podría describirse mejor una civilización que parece sólida mientras las causas de su ruina trabajan silenciosamente en su interior.
El orden comienza en el alma
Nuestra época posee una capacidad técnica que ninguna generación anterior habría podido imaginar. Nunca existió tanto conocimiento disponible ni tantos instrumentos para producir, comunicar o transformar la realidad.
Sin embargo, junto a ese progreso aparecen fenómenos igualmente visibles: ansiedad, fragmentación social, polarización, fatiga psicológica, soledad, pérdida del sentido común y creciente dificultad para construir una auténtica vida comunitaria.
Como si el extraordinario desarrollo de los medios no hubiera respondido a la cuestión esencial: ¿para qué?
Aquí adquiere una actualidad sorprendente la cita de San Agustín recordada por Plinio Corrêa:
«El corazón humano fue hecho para el amor de Dios, y se agita inquieto mientras no reposa en Dios.»
Y añade inmediatamente una reflexión que parece escrita para nuestro tiempo:
«Se podría decir que el mundo fue hecho para vivir en un orden determinado por Dios, y delira inquieto mientras no se estructura según este orden.»
Estas palabras permiten comprender que el verdadero problema de una civilización nunca es exclusivamente económico, político o tecnológico. Es, antes que nada, un problema de orden interior.
Porque donde no hay orden en los espíritus, tampoco puede haber paz duradera.
La fascinación permanente por lo «nuevo»
Hay otro pasaje del artículo que parece anticipar una de las obsesiones contemporáneas.
Refiriéndose al entusiasmo por un supuesto «orden nuevo», el Dr. Plinio observaba que la verdadera Iglesia «no se incomoda con lo «nuevo» ni con lo «viejo», tanto cuanto con lo «verdadero» y lo «bueno».»
¡Qué actual resulta esta observación!
Vivimos en una época fascinada por la innovación permanente. Todo parece justificarse por el solo hecho de ser nuevo. La velocidad se convierte en criterio de progreso. Lo reciente parece poseer, por sí mismo, una autoridad superior a la experiencia acumulada por las generaciones anteriores.
Pero la pregunta decisiva permanece siendo la misma.
No si una idea es nueva.
Sino si es verdadera.
No si una innovación resulta espectacular.
Sino si respeta la naturaleza del hombre y lo acerca al fin para el cual fue creado.
Una advertencia para nuestro tiempo
El gran mérito del artículo de 1943 consiste en recordar que ninguna reorganización exterior podrá compensar el desorden interior del hombre.
Las instituciones son necesarias.
Las leyes son necesarias.
La técnica también lo es.
Pero ninguna de ellas puede sustituir la formación moral, el dominio de sí mismo, el respeto al orden querido por Dios ni la vida sobrenatural.
Por eso, la advertencia formulada hace más de ochenta años conserva hoy una sorprendente actualidad. La cuestión ya no consiste únicamente en preguntarnos cómo reorganizar el mundo. La verdadera pregunta es si el propio hombre será capaz de gobernarse a sí mismo.
Porque, si el hombre pierde ese gobierno interior, sus propias creaciones terminarán gobernándolo a él. Y cuanto mayor sea su poder técnico, mayor podrá llegar a ser también el alcance de sus errores.
Porque, en definitiva, el verdadero problema nunca ha sido únicamente el mundo que construimos, sino el hombre que lo construye.
Tal vez por eso el mensaje de Plinio Corrêa de Oliveira conserva toda su fuerza para el hombre del siglo XXI.
El desafío no consiste en elegir entre tradición y tecnología, entre pasado y futuro, entre progreso y conservación.
Consiste en recordar que toda verdadera renovación de la sociedad comienza allí donde comenzó siempre: en la reforma del hombre.
Plinio Corrêa de Oliveira escribió el artículo original «Reformemos al hombre» el 9 de mayo de 1943, en plena Segunda Guerra Mundial. El presente texto constituye una reflexión inspirada en aquella tesis, aplicada a algunos de los grandes desafíos del mundo contemporáneo.
Crédito fotográfico: Imagen de Thomas Geider en Pixabay

