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VIII Estación Jesús consuela a las hijas de Jerusalén

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Jesús consuela a las hijas de Jerusalén
Jesús consuela a las hijas de Jerusalén – Fresco en la Basílica Santa María Novella, Florencia por Andrea di Bonaiuto (1366)

Jesús dadme la gracia de seguir vuestro consejo, esto es, de llorar por nosotros y por los nuestros. No con un llanto estéril, sino con un llanto que se vierte a vuestros pies y que, fecundado por Vos, se transforma para nosotros en perdón, en energías de apostolado, de lucha y de intrepidez.

V. Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

No faltaron entonces almas buenas que percibían la enormidad del pecado que se practicaba y temían la justicia divina.

¿No presencio yo algún pecado así?

Hoy en día, ¿no es verdad que el Vicario de Cristo es desobedecido, abandonado, traicionado?

¿No es verdad que las leyes, las instituciones, las costumbres son cada vez más hostiles a Jesucristo? ¿No es verdad que se construye todo un mundo, toda una civilización basada en la negación de Jesucristo?

¿No es verdad que Nuestra Señora habló en Fátima señalando todos estos pecados y pidiendo penitencia? Sin embargo, ¿dónde está esa penitencia?

¿Cuántos son los que realmente ven el pecado y procuran señalarlo, denunciarlo, combatirlo, disputarle paso a paso el terreno, levantar contra él toda una cruzada de ideas y de actos, de viva fuerza si fuera necesario?

¿Cuántos son capaces de desplegar el estandarte de la ortodoxia absoluta y sin mancha, en los propios lugares donde impera la impiedad o la piedad falsa?

¿Cuántos son los que viven en unión con la Iglesia este momento que es trágico, como trágica fue la Pasión, este momento crucial de la historia, en que una humanidad entera está optando por Cristo o contra Cristo?

¡Ah, Dios mío, cuántos miopes que prefieren no ver ni presentir la realidad que les entra por los ojos! ¡Cuánta calma, cuánto bienestar menudo, cuánta pequeña delicia rutinaria! ¡Cuánto sabroso plato de lentejas para comer! Dadme, Jesús, la gracia de no ser de este número.

La gracia de seguir vuestro consejo, esto es, de llorar por nosotros y por los nuestros. No con un llanto estéril, sino con un llanto que se vierte a vuestros pies y que, fecundado por Vos, se transforma para nosotros en perdón, en energías de apostolado, de lucha y de intrepidez.

V. Ten piedad de nosotros, Señor.

R. Ten piedad de nosotros.

V. Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.

R. Amén.

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05/04/2020 | Por | Categoría: Formación Católica

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