En medio de tantas discusiones sobre el futuro de la Iglesia, hay una pregunta anterior que rara vez se formula con suficiente claridad: ¿qué significa realmente ser católico? Y si esa pregunta admite hoy respuestas contradictorias, ¿qué ocurre con la identidad de la Iglesia?

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Hay una pregunta que debería estar en el centro de muchas de las discusiones que hoy ocupan a la Iglesia. Sin embargo, curiosamente, es una pregunta que rara vez se formula con toda claridad:
¿Qué significa ser católico? Y junto a ella, inevitablemente, aparece otra: ¿Qué no significa ser católico?
No son preguntas secundarias. Antes de discutir cómo debe ser la Iglesia, cómo debe hablar, cómo debe organizarse, cómo debe acoger o cómo debe relacionarse con el mundo contemporáneo, parece razonable preguntarse primero qué realidad es la que estamos intentando conservar, transmitir y hacer presente.
Sin embargo, buena parte del debate eclesial de nuestro tiempo parece haberse desplazado hacia otras cuestiones.
Se habla de unidad, de diálogo, de inclusión, de acompañamiento, de sensibilidades, de identidades y de nuevos lenguajes. Se discute sobre procedimientos y estructuras, sobre formas de participación y sobre la manera de hacer que distintas posiciones puedan convivir.
Pero hay una pregunta anterior a todas ellas que parece quedar cuidadosamente al margen: ¿Qué es ser católico?
Una pregunta que no debería ser incómoda
A primera vista podría parecer extraño insistir en algo tan elemental. Después de todo, la Iglesia existe desde hace dos mil años y posee una doctrina, una moral, una liturgia, una Tradición y una enseñanza claramente definidas.
Precisamente por eso la pregunta resulta todavía más necesaria. Porque si el término «católico» tiene un contenido objetivo, no puede significar una cosa para unos y otra completamente distinta para otros.
No existe un «catolicismo a la carta», en el que cada uno pueda conservar aquello que le agrada, reinterpretar aquello que le incomoda y descartar aquello que ya no coincide con sus convicciones personales.
La fe católica no es una creación individual. El católico recibe algo que no inventó. Recibe una verdad que lo precede y que, precisamente por precederlo, tiene autoridad para orientar su inteligencia, su voluntad y su conducta.
Por eso la identidad cristiana no comienza por preguntarse qué quiere ser cada individuo. Comienza por aquello que Cristo dejó a su Iglesia.
Y aquí aparece una cuestión que no es puramente teórica.
En el debate eclesial actual se pueden encontrar, por ejemplo, concepciones de la identidad cristiana descrita como «relacional», no rígida o no claramente delimitada. Pero también se escucha, desde otras posiciones dentro de la propia Iglesia, una afirmación muy diferente: que la fe católica no es una construcción que cada generación pueda adaptar a su gusto, sino un patrimonio recibido que debe ser acogido y transmitido fielmente.
¿Se trata simplemente de dos maneras de expresarse? ¿O estamos ante dos maneras diferentes de entender qué significa ser católico?
La pregunta merece ser tomada en serio.
¿Unidad en qué?
Se habla mucho hoy de la necesidad de preservar la unidad. Es ciertamente un objetivo legítimo. Pero cabe formular una pregunta muy sencilla: ¿Unidad en qué?
Porque no basta con que muchas personas permanezcan juntas para que exista verdadera unidad. Una multitud puede compartir un espacio y, sin embargo, estar profundamente dividida en aquello que considera verdadero, bueno y justo. La verdadera unidad necesita un principio común.
Y si ese principio común es la Verdad, entonces no puede haber verdadera unidad mientras se evite definir con claridad esa Verdad.
Aquí aparece una paradoja de nuestro tiempo.
Mientras más se insiste en la necesidad de unir posiciones diferentes, menos se habla de aquello que debería permitir distinguirlas y, eventualmente, reconciliarlas. Como si la solución consistiera en encontrar un lenguaje suficientemente amplio para que todos pudieran reconocerse en él.
Pero una palabra que puede significar cosas contradictorias termina por no significar nada.
De la verdad común a la gestión de identidades
Tal vez aquí se encuentre uno de los desplazamientos más significativos del debate contemporáneo. Se ha pasado, en determinados Ambientes, del problema de la verdad común al problema de la gestión de identidades.
Ya no parece tan importante preguntar qué es verdadero, sino cómo hacer convivir las distintas sensibilidades que existen. Ya no se parte necesariamente de una identidad cristiana recibida para transformar al hombre, sino que se corre el riesgo de partir de las identidades que el hombre ya posee para preguntarse cómo incorporarlas al espacio eclesial.
Pero entonces surge una cuestión inevitable: ¿qué ocurre cuando la identidad cristiana deja de ser el punto de partida y comienza a convertirse en una identidad más entre otras?
La Iglesia podría conservar sus estructuras, sus edificios, sus ceremonias e incluso su lenguaje tradicional, pero si «ser católico» deja de tener un contenido definido, algo mucho más profundo se habría perdido.
Y esta dificultad no se manifiesta solamente en grandes discusiones doctrinales. A veces aparece en cuestiones mucho más sencillas.
Por ejemplo, puede ocurrir que una norma eclesiástica sea reconocida como existente y, al mismo tiempo, que determinadas prácticas contrarias a ella se hayan extendido hasta convertirse en costumbre. Cuando la autoridad reconoce que esas prácticas existen, pero decide no intervenir, surge inevitablemente una pregunta: ¿qué significa, en la práctica, que una norma sea realmente norma?
No se trata aquí de discutir un caso particular. El problema es más general. Las normas dejan de determinar realmente la conducta cuando ya no está claro por qué obligan.
Y cuando la frontera entre lo permitido y lo no permitido se vuelve progresivamente imprecisa, la cuestión deja de ser simplemente disciplinaria. Aparece una pregunta sobre la autoridad y, más profundamente todavía, sobre la concepción misma de la Iglesia.
Porque una comunidad puede tolerar durante un tiempo determinadas tensiones. Lo que resulta mucho más difícil es mantener indefinidamente una identidad común cuando ya no existe claridad sobre aquello que constituye esa identidad.
¿Una crisis de estructuras o una crisis de contenido?
Algo semejante puede observarse cuando se intenta explicar la crisis que atraviesan algunas Iglesias europeas. Se habla de falta de sacerdotes, de envejecimiento, de problemas económicos, de estructuras pastorales que necesitan reorganización, de cambios sociales y de la necesidad de encontrar nuevas formas de participación.
Todo eso puede ser real. Pero existe una pregunta anterior: ¿Estamos ante una crisis de estructuras o ante una crisis de aquello que las estructuras deben transmitir?
Porque una Iglesia puede modificar sus estructuras muchas veces y continuar sin resolver el problema fundamental. Si disminuye la práctica religiosa, si las generaciones más jóvenes se alejan y si la vida cristiana pierde presencia en la sociedad, no basta preguntarse cómo reorganizar mejor las parroquias. Hay que preguntarse también si estamos transmitiendo con suficiente claridad aquello que hace que valga la pena ser católico.
Y aquí aparece un dato que debería impedirnos caer en una interpretación demasiado simple.
Mientras en algunos lugares europeos la práctica religiosa continúa descendiendo, también se observa un aumento de bautismos de adultos en distintos países. Hay personas que, habiendo crecido lejos de la Iglesia, buscan hoy la fe. Esto cambia la perspectiva.
Quizá el problema no sea simplemente que el mundo ya no quiera creer. Quizá exista todavía una búsqueda de Cristo, de la verdad y de un sentido trascendente, mientras nosotros corremos el riesgo de no tener siempre suficientemente claro cómo presentar aquello que estamos ofreciendo.
La pregunta vuelve a ser la misma: ¿Qué significa ser católico?
Porque quien busca la fe tiene derecho a encontrar una realidad definida, no simplemente un espacio suficientemente amplio para que quepan todas las sensibilidades.
Acoger no significa dejar de definir
Esto resulta especialmente importante cuando se habla de acogida. La Iglesia debe acoger. Debe acercarse a las personas, acompañarlas, escuchar sus dificultades y anunciarles la misericordia de Dios. Pero precisamente porque la Iglesia acoge para conducir al hombre hacia Cristo, la acogida no puede convertirse en una sustitución de la verdad. Toda verdadera pastoral necesita un punto de referencia.
La pregunta no es si una persona debe ser acogida. La pregunta es: ¿acogida para qué? ¿Para confirmar indefinidamente su situación actual? ¿O para conducirla hacia la verdad y, con la gracia de Dios, hacia una transformación de su vida?
Sin una verdad moral y doctrinal que constituya el marco de la acción pastoral, la palabra «acompañamiento» puede terminar significando simplemente que nadie debe ser confrontado con nada que pueda incomodarlo. Y entonces la pastoral deja de ser camino hacia una meta y se convierte en administración de situaciones. Eso puede parecer misericordioso. Pero no necesariamente lo es.
Volver a la pregunta fundamental
Quizá por eso, en medio de tantas discusiones, sería conveniente detenerse y formular una pregunta que no debería tener nada de polémica: ¿Qué significa ser católico en 2026?
¿Significa simplemente considerarse perteneciente a la Iglesia? ¿Significa compartir algunos valores cristianos? ¿Significa sentirse vinculado afectivamente a la tradición católica? ¿Significa participar en determinadas actividades o identificarse culturalmente con el cristianismo? ¿O significa adherir a una verdad recibida, aceptar sus enseñanzas y procurar ordenar la propia vida conforme a ellas? Y si esto último es lo que significa ser católico, entonces habrá que tener también el valor de formular la segunda pregunta: ¿Qué no es compatible con ser católico?
No para excluir arbitrariamente a nadie. No para crear divisiones. No para convertir la vida de la Iglesia en una interminable disputa. Sino precisamente para recuperar el sentido de aquello que se pretende preservar. Porque la unidad no puede construirse a costa de la verdad, y la identidad católica no puede mantenerse indefinidamente en una zona de indefinición.
Tal vez el problema de nuestro tiempo no sea solamente que existan dentro de la Iglesia distintas sensibilidades. Las ha habido siempre. El problema aparece cuando ya no está suficientemente claro qué principio permite juzgar esas distintas sensibilidades.
Cuando una identidad recibida comienza a transformarse en una identidad negociada.
Cuando la pregunta deja de ser: «¿Qué hemos recibido y cómo debemos vivirlo?» para convertirse progresivamente en: «¿Cómo podemos hacer que todas estas posiciones diferentes se sientan igualmente representadas?» Son preguntas muy distintas. En la primera, la verdad precede a nosotros. En la segunda, la identidad corre el riesgo de construirse a partir de nosotros.
Y aquí llegamos nuevamente al punto de partida.
Quizá la cuestión más urgente de nuestro tiempo no sea encontrar nuevas maneras de decir qué es la Iglesia. Quizá sea volver a decir, con serenidad y sin ambigüedades, qué es ser católico y qué no lo es. Porque si llegara un momento en que «católico» pudiera significar prácticamente cualquier cosa, entonces el problema ya no sería simplemente una crisis de lenguaje. Sería una crisis de identidad.
Y, en último término, una crisis de la propia definición de la realidad que la palabra «Iglesia» pretende nombrar.
Crédito fotográfico: Interior de la Iglesia de San Francisco de Asís, Santiago de Chile — Rjcastillo, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons. Wikimedia Commons

