¿Somos los hombres de hoy aquellos niños de ayer?
24/03/2026 | Por Acción Familia
Y aquél sayón inhumano
que al dulce Jesús seguía
con el látigo en la mano,
¡qué feroz cara tenía!
¡qué corazón tan villano!

Y aquél sayón inhumano
que al dulce Jesús seguía
con el látigo en la mano,
¡qué feroz cara tenía!
¡qué corazón tan villano!

Nuestro Señor nos dio el ejemplo de la aceptación entera del dolor y nos enseñó el papel que este tiene en la vida del hombre. El hombre nació para dar gloria Dios, antes que nada sufriendo. Esta es la idea rectrix, fundamental en la formación del verdadero católico.

La llamada “táctica del terreno común”, cuando es empleada no a título excepcional, sino de manera frecuente y habitual, es la canonización del respeto humano; y lleva al fiel a disimular su fe, es la violación declarada de estas palabras del adorable Maestro.

Solo Ella tuvo una fe perfecta, ya que como dice San Pablo: «Sin la Resurrección, nuestra fe sería vana». El sábado, por lo tanto, solo Nuestra Señora en toda la Tierra personificó a la Iglesia Católica, y por eso, en este día los medievales la alababan especialmente.

Jesucristo nos enseñó la energía y la combatividad contra el mal. Las acomodaciones fáciles, si bien que ilusorias, no podían ser practicadas por el Maestro, que prefirió para sí, y para sus discípulos de todos los siglos, la lucha declarada.

La Resurrección representa el triunfo externo y definitivo de Nuestro Señor Jesucristo, la derrota completa de sus adversarios y el argumento máximo de nuestra Fe.

Según la enseñanza de la Iglesia, el amor y el temor de Dios son virtudes. Y como entre las virtudes no puede haber antagonismo ni contradicción, el amor no excluye el temor, ni el temor excluye el amor.

¿Quién, Señora, viéndoos así en llanto, osaría preguntar por qué lloráis?
Ni la tierra, ni el mar, ni todo el firmamento podrían servir de término de comparación a vuestro dolor.
Dadme, Madre mía, por lo menos un poco de ese dolor. Dadme la gracia de llorar a Jesús, con las lágrimas de una compunción sincera y profunda.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Nuestro Señor Jesucristo. Su Pasión en nuestros días consiste en que, mientras unos conspiran para destruir la Iglesia, tal vez un mayoría duerme indiferente.

La glorificación de Nuestro Señor en el Domingo de Ramos nos recuerda nuestra inconstancia: lo glorificamos y luego lo crucificamos con nuestros pecados o con la aceptación indiferente de la implantación de leyes inicuas en nuestro País.