Hay algo que todos los días vemos, que todos los días sentimos y, sin embargo, rara vez acertamos a ponerle nombre.
No tiene nada de misterioso. Basta detenerse un momento y recordar algunas escenas de la vida cotidiana para reconocerlo enseguida. Se trata de una condición muy propia del hombre contemporáneo: la creciente dificultad para quedarse a solas consigo mismo.

¿Qué ocurre cuando desaparece el silencio?
Pantallas, mensajes, noticias, conversaciones, imágenes, música, notificaciones…
Vivimos rodeados, y lo que es peor, inmersos en múltiples estímulos y rara vez pasa un minuto sin que algo reclame nuestra atención. Y, sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué ocurre cuando desaparece el silencio.
Pero esto todos sabemos que no siempre fue así.
Hasta hace relativamente pocos años
existían muchos momentos vacíos e incluso aburridos en la vida cotidiana: Por ejemplo, se caminaba sin auriculares, se esperaba el autobús simplemente esperando, se viajaba mirando por la ventana, había tardes enteras dedicadas a leer, conversar o simplemente estar tranquilo y pensar. No creamos que aquellos momentos eran tiempo perdido, pues muchas veces eran precisamente los momentos en que el hombre volvía a encontrarse consigo mismo.
Hoy sucede algo distinto: Apenas aparece un instante libre sentimos casi el impulso automático de llenarlo: Consultamos el teléfono, abrimos una aplicación, leemos cualquier noticia, vemos un video, respondemos un mensaje. Todo menos la quietud del espíritu. Las personas no saben encontrar en si mismas con qué entretenerse noblemente y optan por buscar fuera de sí, el entretenimiento “prefabricado”.
¡Como si el mayor peligro consistiera en quedarnos unos minutos sin hacer nada!
El verdadero peligro es otro…
Si lo pensamos bien, quizá el verdadero peligro sea exactamente el contrario, porque de hecho el silencio nunca fue un vacío. Era el espacio donde podían aparecer las grandes preguntas, las decisiones importantes, los recuerdos, los ideales, la contemplación y por supuesto la oración.
Una renombrada psicóloga contemporánea (*) observa que el hombre moderno vive cada vez más agitado y, paradójicamente, cada vez más separado de sí mismo, y lo resume con una expresión sorprendente: «A fuerza de agitarse, el hombre se ha separado de sí mismo.»
Ella propone una terapia tan sencilla como difícil: dar la espalda, aunque sea por un momento, a la agitación del mundo para mirarse de frente.
Otros describen el mismo fenómeno desde otras perspectivas.
Algunos observan que muchas personas terminan sintiéndose ocupadas y vacías al mismo tiempo, pues, aunque nunca hubo tantas actividades y nunca hubo tanta comunicación, sin embargo, cada vez resulta más difícil disfrutar de ese silencio fecundo, de esa conversación amena y tranquila o de aquella reflexión pausada, en que nuestros mayores eran maestros. En ese sentido alguien que nos viera podría pensar con razón que el tiempo hubiera dejado de pertenecernos.
Hace muchos años, Plinio Corrêa de Oliveira señalaba una causa todavía más profunda.
Recordaba que la felicidad no nace del disfrute incesante de las cosas materiales, sino de la degustación de los valores espirituales, y que cuando éstos desaparecen, el hombre comienza a buscar frenéticamente compensaciones exteriores que nunca terminan de satisfacerlo.
Quizá por eso la cuestión no sea simplemente tecnológica. No consiste únicamente en aprender a utilizar mejor los dispositivos. La verdadera cuestión, la cuestión decisiva, parece ser otra: ¿Somos todavía capaces de permanecer unos minutos a solas con nosotros mismos?
Es claro, que la persona que no soporta el silencio difícilmente podrá escuchar su propia conciencia, y no escuchando su conciencia tampoco podrá reformarse interiormente.
Tal vez el hombre moderno no necesite únicamente correr menos. Necesite volver a escuchar esa voz interior que sólo se deja oír cuando todo lo demás guarda silencio.
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(*) La Dra. Marie-France Hirigoyen.
Crédito fotográfico: pexels-nur-cosar-2152749774-32552156

