Una amistad forjada en la lucha, sostenida por la fe y coronada por la esperanza.
Este no es un adiós, sino la certeza de un reencuentro… en las Montañas Azules.
Una despedida que no es un adiós
Hay despedidas que no terminan. Hay amistades que atraviesan el tiempo y la muerte.
Este artículo nace del alma y del recuerdo de una amistad única, irremplazable, forjada en la lucha y sostenida por una esperanza común.
A Luis, mi único amigo.
Un encuentro que fue Providencial
Lo conocí propiamente en el lejano año de 1988, en la TFP de Sevilla, cuando compartimos algunas actividades e intercambiamos las primeras impresiones.

La verdad es que, en lo personal, no teníamos ninguna cosa particular en común. Además, él era veinte años mayor que yo.
Bueno… quizá lo más verdadero es que sí compartíamos algo inmenso: el llamado del Dr. Plinio a la vocación de Tradición, Familia y Propiedad.
Fue más tarde, en Santander, hacia 1990-91, cuando comenzamos un trabajo en equipo.
Fue hace 33 años. Yo no lo sabía entonces, pero Dios me estaba dando un hermano.
Allí estuvimos siete años dedicados al apostolado con universitarios, visitas a colaboradores y amigos de la TFP, estudios, viajes, reuniones y charlas. Un sinfín de cosas.
Poco a poco, en los primeros años, se fue consolidando una amistad mutua, y de mi parte, una creciente confianza.
Confiaba en él porque siempre lo vi íntegro, noble, serio y ameno al mismo tiempo; empeñoso y muy caballero.
A veces no era fácil: él era de decir las cosas como son, y de llamar a las cosas por su nombre. Pero con los años, esa sinceridad se volvió una de las cualidades que más admiré en él: la amistad del que quiere hacer el bien, aunque duela.
En esos años «cántabros», por así decirlo, hablamos de todo lo que importa en la formación de una persona: historia, cultura francesa, y por supuesto, del Dr. Plinio y de las cosas más tocantes a la vocación.
Recorrimos juntos la Cornisa Cantábrica, en el contexto del apostolado de la TFP. Eso nos permitió conocer lugares, paisajes, monumentos y ciudades, tanto pintorescas como admirables.
Viajamos juntos a São Paulo, Roma, y varios rincones del sur de Francia.
Todo eso fue cimentando una gran amistad.
De Francia a Chile
En 1998 nos integramos a la TFP Francesa, donde pasamos un año de intensa actividad y varios viajes.
En 1999, Luis debía viajar a integrarse en la TFP de Chile. Y yo, viendo ya cuán honda era nuestra amistad, me empeñé en seguirle. Así fue.
En Chile pasamos 25 años trabajando codo a codo. Con el tiempo, éramos un verdadero binomio, como dicen en el Ejército.

Luis me dijo en varias ocasiones que Plinio Corrêa de Oliveira mencionó alguna vez la capacidad poética de los orientales. Según parece, existía un adagio antiguo —tal vez de la China ancestral— que decía que, al despedirse, dos amigos afirmaban: “Nos veremos en las Montañas Azules”.
Era una forma de decir: nos veremos en algún lugar sublime, quizás en el Paraíso.
Conversamos sobre eso muchas veces a lo largo de los años. Esa frase se volvió, entre nosotros, sin darnos bien cuenta, una clave íntima de esperanza.
El sufrimiento compartido: la enfermedad y la esperanza
En 2020, Luis del Sagrado Corazón fue diagnosticado con mieloma múltiple.
Su reacción fue de serenidad y contento. Había puesto su salud a disposición de la Santísima Virgen, y —curiosamente— la primera vez que fue internado, estaba muy contento.
Me contó después que pensaba que sería algo rápido y que, con la Misericordia de Ella, no tardaría en llegar al Cielo.
Pero fueron tres años intensos, con altibajos, marcados por una gran fatiga cotidiana —en algunos momentos extrema—, una de las características propias de esta enfermedad.
Nunca se quejó de la enfermedad en sí, sino apenas de sus molestos efectos. Nunca pidió la curación —y yo tampoco. Teníamos la certeza de que todo era obra de la Providencia.
Creo que ni siquiera pedía alivio a sus sufrimientos. Era fuerte y fue valiente hasta el final.
Dimos muchísimos paseos. Conversamos sobre las cosas más profundas: el sentido de la vida, la vocación, la historia de los pueblos, pensamientos del Dr. Plinio, política internacional, temas espirituales…
La gran amistad que nos unía lo permitía todo.
Nos gustaba ir a parques y plazas del barrio, ver jugar a los niños, contemplar árboles, pájaros, plantas. Nunca nos faltó entretenimiento en esas pequeñas cosas cotidianas.
A Luis le gustaba especialmente ir a las fuentes de agua. Nos sentábamos allí a rezar, reflexionar, o simplemente conversar, según el momento.
Muchas veces, al mirar alguno de los cerros que rodean Santiago, Luis se quedaba en silencio, como si algo muy profundo lo llamara desde esa altura. Entonces, me decía con una cierta satisfacción y alegría: «Yo no sé si Usted siente lo que yo siento…»
Se encantaba con las cumbres. Era, sin duda, un reflejo de su alma, atraída por la belleza y la elevación.
Ya he escrito más detalles en otros lugares, y no abundaré aquí.

La gran esperanza del reencuentro
Ya cerca del final, en esos paseos que mencioné antes, apenas unos meses antes de su fallecimiento, yo le repetí varias veces: «Nos veremos en las Montañas Azules…!»
Él guardaba silencio… No me miraba. Pero yo sé que me entendía.
Y con el tiempo, es curioso cómo esa frase, que parecía apenas poética, ha comenzado a convertirse en una promesa real.
Tal vez por eso las Montañas Azules nunca fueron solo una imagen poética. Luis amaba las montañas. Las que nos rodeaban en Santiago lo hacían soñar. Y ahora, cuando pienso en él, no puedo evitar imaginarlo en la cima de alguna montaña eterna, esperándonos…
Después de su fallecimiento, al constatar cómo intercede por mí, cómo me ayuda y acompaña…
Ya no es un deseo. Es casi una certeza:
Con la Misericordia de Nuestra Señora, ¡nos veremos en las Montañas Azules!


