El hombre nació para dar gloria a Dios, y su vida terrena es un paréntesis en el camino hacia la eternidad. Aunque la naturaleza humana está marcada por la imperfección, la verdadera finalidad del ser humano es conocer, amar y servir a Dios, participando algún día en la contemplación eterna junto a los Ángeles.
¿Para qué nació un hombre?
A veces, una pregunta sencilla puede abrir un abismo de reflexión.
Hace años, un buen amigo me hizo esa misma pregunta: «¿Para qué nació un hombre?». En un tiempo de confusión y mediocridad, esa cuestión no solo resonó en mi mente, sino que me desarmó por completo. Y cuando él respondió con firmeza, algo cambió en mí: «¡Yo nací para dar gloria a Aquel que me creó!»
Hoy, esa respuesta puede parecer lejana o incluso inalcanzable, especialmente en un mundo donde el paganismo y la indiferencia religiosa han ganado terreno. Vivimos como si esta vida fuera lo único que tenemos, como si la eternidad fuera solo una palabra vacía. Pero, al reflexionar más profundamente, me doy cuenta de que esta respuesta es más lógica de lo que parece. Es tan natural como el propósito de un pintor que, al crear su obra, busca reflejar algo más grande que él mismo, algo que trasciende el lienzo. Así también, nuestra vida no es un accidente ni un juego pasajero; tiene un propósito divino: glorificar a Aquel que nos dio la vida.
La vida terrena: un paréntesis en la eternidad.

Recordemos que «non habemus hic civitatem» (nuestra morada no es esta Tierra). La vida en la Tierra es breve, solo un paréntesis fugaz en la eternidad. A menudo olvidamos que no estamos aquí por casualidad, ni para vivir solo en lo temporal. Somos seres destinados a algo mucho más grande: conocer, amar y servir a Dios, como preparación para la vida eterna. Nuestra existencia terrenal es solo una preparación para la vida que nos espera más allá del tiempo y el espacio. Y aunque vivimos en cuerpos mortales, estamos llamados a una existencia espiritual, como los Angeles, que ya viven en la presencia de Dios. Lo que experimentamos en esta vida tiene un propósito más allá de lo que vemos: nos prepara para la contemplación eterna, para estar con Dios.
¿Y cuál es la verdadera finalidad del ser humano?
En medio de nuestra cotidianidad, las distracciones nos alejan de esta verdad fundamental. No somos solo seres de carne y hueso; nuestra alma está hecha para algo más. La naturaleza humana, aunque imperfecta, está constantemente buscando lo trascendente, incluso sin saberlo. Nos detenemos a admirar un paisaje, una sonrisa, una obra de arte, como si en esos breves momentos de belleza, nuestra alma intuyera algo más allá de lo inmediato. Estos instantes fugaces son un eco de una verdad profunda: algo eterno nos espera. Nos invitan a mirar más allá de lo inmediato y a reconocer que nuestra vida está marcada por un anhelo profundo de lo divino.
La contemplación: una prueba para nuestra vida espiritual.
Aquí, en este mundo limitado, estamos en una especie de «escuela espiritual». Cada decisión, incluso las más pequeñas, nos acerca a nuestra verdadera finalidad o nos aleja de ella. En esos momentos de quietud o de reflexión —ya sea frente a un atardecer, en una conversación significativa o al ver una obra de arte— nuestra alma se eleva hacia algo superior. Esto es lo que llamamos “contemplación”. Aunque muchas veces esta contemplación se desvanezca en lo mundano, siempre apunta hacia algo más grande: hacia Dios, hacia la verdad, hacia el Bien absoluto.

La vida, un ensayo para la eternidad.
No estamos aquí solo para vivir lo temporal. Vivir solo por lo inmediato es como perderse en un ensayo sin conocer el final de la obra. La vida terrena, aunque a menudo se llena de lucha y sufrimiento, es en realidad una preparación para el gran destino que nos espera: vivir en la presencia de Dios para siempre. Esa es nuestra verdadera finalidad. Todos, de una manera u otra, estamos llamados a alcanzar ese fin, aunque muchos no lo reconozcan o no lo busquen conscientemente.
¿Estamos viviendo conforme a nuestra verdadera finalidad?
Quizás nunca lo pensemos, pero el anhelo por lo eterno está grabado en lo más profundo de nuestra existencia. Cada uno de nosotros, sin saberlo, busca algo más allá de lo que el mundo ofrece. El hombre tiene hambre de lo infinito, y esta vida es solo un breve suspiro en el camino hacia la eternidad. Y, al final, la pregunta más importante que debemos hacernos es: ¿Estamos viviendo según nuestra verdadera finalidad, o simplemente nos dejamos arrastrar por el presente, como si esta vida fuera lo único que importa?
Adaptado libremente de ideas tomadas de «Cristiandad: Sacralidad del orden temporal», por Plinio Correa de Oliveira.
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Creditos fotográficos: (*) Fray Angélico: Coronation of the Virgin, detail – Angels and saints. – (**) «The Lady in Pink» (1866), Alfred Stevens. Royal Museums of Fine Arts of Belgium. Obra en dominio público – Wikimedia Commons –
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El cuadro de esa joven observando un adorno casero sintetiza muy bien la verdad central expuesta: «buscar lo trascendente». O sea, reportarnos hacia valores superiores, metafísicos. Parece un «ejercicio» exclusivo de filósofos o pensadores. Nada tan lejos de la realidad. Como bien se comenta aquí, es una tendencia natural del hombre, que, claro está, debemos desarrollar. Para eso, basta vivir con un poco de calma. Gracias por esta jugosa contribución.