El tiempo en que no se quería tanto, y se compraba más con los ojos

Una antigua fotografía del centro de Santiago despertó miles de recuerdos. No era solamente la elegancia de aquellos vestidos lo que conmovía, sino el ambiente humano que parecía acompañarlos: una forma de vivir, de mirar y de presentarse ante los demás que quizá hemos perdido sin darnos cuenta.

Crédito de las imágenes: página de Facebook «Postales y Fotos Antiguas de Provincias de Chile».

Hace unos días publicamos una antigua fotografía tomada en el centro de Santiago. En ella aparece una joven mirando un escaparate; alrededor, otras personas recorren tranquilamente la calle.

Nada extraordinario.

No hay personajes famosos, ni acontecimientos históricos, ni una escena especialmente llamativa. Es simplemente una fotografía de gente común en el centro de la ciudad.

Y, sin embargo, la reacción de nuestros lectores fue extraordinaria.

Miles de personas se detuvieron ante aquella imagen y comenzaron a recordar. Una señora contó cómo se vestían su madre, sus tías y sus abuelos; otra recordó los guantes y la colonia de su madre; alguien evocó las salidas de sus padres al cine y posteriormente al café. Otros hablaron de sastres, modistas, zapatos, telas, sombreros, paseos por el centro y tardes enteras dedicadas simplemente a mirar escaparates.

Una fotografía había abierto una puerta.

Y por esa puerta entró todo un mundo.

Lo primero que llama la atención al contemplar aquellas fotografías es, naturalmente, la ropa.

Los hombres llevaban terno o ambo, camisa y corbata. Los zapatos estaban lustrados. Las mujeres llevaban vestidos o faldas, blusas, carteras y, en determinadas ocasiones, guantes. Había sombreros, abrigos, pañuelos, zapatos de taco y prendas confeccionadas a medida.

Pero sería demasiado superficial reducir todo aquello a una cuestión de moda.

Lo que sorprende es la actitud.

La persona parecía considerar que salir a la calle merecía cierta preparación. No necesariamente porque quisiera llamar la atención, sino precisamente porque entendía que presentarse ante los demás formaba parte de la vida social.

Y esto no dependía siempre del dinero.

Una de las personas que comentó nuestra fotografía recordó que sus abuelos eran muy pobres. Sin embargo, su abuelo salía con chaleco, vestón, corbata, sombrero y reloj de bolsillo; su abuela, que era costurera, se arreglaba con guantes y sombrero cuando salía.

No se trataba de ostentación.

Era otra cosa.

Había una cierta idea de dignidad personal que podía expresarse incluso con medios modestos.

Quizá por eso algunos comentarios resultan especialmente reveladores.

Una lectora escribió que en aquellos tiempos «el arreglarse era el respeto a uno mismo».

La frase merece ser meditada.

Porque el cuidado de la apariencia no necesariamente significaba vanidad. Podía expresar algo muy diferente: que la persona consideraba que su presencia tenía importancia, que los demás merecían encontrarse con ella en una forma cuidada y que incluso las circunstancias ordinarias de la vida podían ser ocasión de cierta elevación.

Por eso también llama la atención que muchos recuerdos aparezcan asociados a pequeños rituales.

Ir al centro.

Mirar las tiendas.

Comprar alguna tela.

Pasar por una zapatería.

Ir al cine.

Tomar once.

Encontrarse con alguien.

Pasear.

No eran grandes acontecimientos. Pero precisamente por eso resulta conmovedor descubrir cuánta vida podía caber en ellos.

Y aquí aparece una curiosa paradoja.

Vivimos en una época en la que nunca hemos tenido tantas cosas a nuestra disposición. Las tiendas están llenas, las posibilidades de elección son prácticamente infinitas y podemos comprar cualquier cosa desde la pantalla de un teléfono.

Sin embargo, quizá hubo un tiempo en que se compraba menos y se miraba más.

Se podía pasar delante de un escaparate sin entrar.

Se podía admirar un vestido sin comprarlo.

Se podía contemplar una tela, unos zapatos o un sombrero simplemente porque eran bonitos.

Tal vez por eso podríamos llamar a aquellos años, con cierta licencia:

el tiempo en que no se quería tanto, y se compraba más con los ojos.

No quiere decir que las personas de entonces carecieran de deseos o que fueran ajenas al consumo. Quiere decir algo más sencillo: que el deseo de poseer no parecía absorber completamente la capacidad de contemplar.

Había cosas que podían ser admiradas sin necesidad de convertirse inmediatamente en propiedad.

Y eso cambia mucho la relación con el mundo.

Quizá por eso estas fotografías nos producen una impresión difícil de explicar.

No vemos solamente personas bien vestidas.

Vemos un ambiente.

Los escaparates, las calles, las tiendas, los cafés, los cines, los transeúntes y la manera de vestirse forman un conjunto. Cada elemento parece reforzar a los demás.

Y los Ambientes educan.

No lo hacen como un profesor que da una clase. Lo hacen silenciosamente, por repetición, por ejemplo, por costumbre, por la simple presencia de ciertas formas.

Un niño que ve durante años a sus padres arreglarse para salir aprende algo, aunque nadie se lo explique.

Una joven que contempla a su madre cuidando su vestido, su cartera, sus zapatos y su aspecto aprende algo.

Un hombre que ve a los demás presentarse en público con cierta compostura aprende algo.

No necesariamente aprende una regla.

Aprende un modo de ser.

Naturalmente, no todo era mejor en aquellos años. Sería absurdo idealizar el pasado. Como toda época, también conoció dificultades, tensiones y problemas propios de su tiempo. Pero reconocer las limitaciones de una época no obliga a negar sus cualidades.

Y entre las cualidades que aparecen en estas fotografías hay algunas que quizá valdría la pena recuperar.

El cuidado de sí.

La cortesía.

El recato.

La dignidad.

El gusto por las cosas bien hechas.

La capacidad de disfrutar de algo sin necesidad de poseerlo inmediatamente.

Y, quizá sobre todo, cierta conciencia de que la vida cotidiana puede tener belleza.

Hay algo particularmente interesante en la reacción de nuestros lectores.

Muchos no comentaron solamente la fotografía. Recordaron a su madre.

A su padre.

A sus abuelos.

Una salida al cine.

Una tarde en el centro.

Una tienda determinada.

Un vestido.

Un perfume.

Unos zapatos.

Una colonia.

Un café.

Es decir, la fotografía despertó algo que estaba detrás de ella.

Porque las fotografías antiguas tienen esa misteriosa capacidad: muestran cosas que ya no existen, pero al mismo tiempo nos permiten entrever el ambiente humano en el que aquellas cosas tenían sentido.

Y entonces surge una pregunta que quizá convenga hacernos mirando nuestras propias fotografías.

Dentro de cincuenta o sesenta años, ¿qué verá alguien que contemple una fotografía de nuestras calles?

¿Verá solamente la ropa?

¿O alcanzará a percibir también un determinado modo de vivir, de relacionarse, de mirar y de tratar a los demás?

¿Qué ambiente estamos construyendo hoy?

Tal vez esta sea la razón más profunda por la que una sencilla fotografía del centro de Santiago pudo despertar tantos recuerdos.

No echamos de menos solamente una forma de vestir.

Echamos de menos, quizá, un modo de vivir.

Y quizá por eso, al contemplar aquellas antiguas vitrinas, podemos descubrir una pequeña lección para nuestro propio tiempo: que no todo lo que vale la pena mirar necesita ser comprado, y que no todo lo que se lleva puesto constituye elegancia.

A veces la verdadera elegancia de una época está en algo mucho más difícil de fotografiar:

el espíritu con que sus personas viven.

 

 

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10/08/2026 | Por | Categoría: Ambientes Costumbres, Decadencia Occidente, El Chile que supo soñar, Tendencias
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