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Amor y Temor en la Piedad Cristiana

Según la enseñanza de la Iglesia, el amor y el temor de Dios son virtudes. Y como entre las virtudes no puede haber antagonismo ni contradicción, el amor no excluye el temor, ni el temor excluye el amor.

Más aún. Ambas virtudes son esenciales para la salvación. Si no se comprende un santo sin amor de Dios, tampoco se comprende un santo sin temor.

Se puede afirmar que el amor es una virtud más alta que el temor. Se puede añadir que estas virtudes influyen en proporciones diferentes en cada alma, conforme a su modo de ser y a las vías de la gracia. Pero hacer abstracción de una virtud bajo el pretexto de estimular a la otra, callar sobre el temor para desarrollar el amor, o viceversa, es normalmente inflingir un irremediable perjuicio a las almas.

Ahora bien, tiempo hubo en el que la piedad de los fieles, profundamente equilibrada, estimó como es debido el amor y el temor, reflejándose ambos de modo proporcionado en la oratoria sagrada, en el arte y en la literatura religiosa. Con el paso del tiempo, el jansenismo acentuó hasta la exageración y el delirio el papel del temor. Reaccionando contra esta exageración, santos, teólogos, predicadores, escritores, insistieron a porfía en el papel del amor. Es inútil decir cuántos tesoros de la gracia, de sabiduría teológica y pastoral, de belleza artística, fueron así engendrados en la Santa Iglesia, por lo que ésta tenía de más representativo y mejor.

Se aplicó así el sabio principio estratégico según el cual, siempre que se pronuncia una exageración en un sentido, se debe insistir en el sentido opuesto.

Seamos de nuestro tiempo. Apliquemos este principio a nuestros días. ¿De qué lado está la exageración? ¿Del lado del amor? ¿Del lado del temor? Nos parece que el hombre contemporáneo no peca por el exceso, ni de amor, ni de temor. Muy por el contrario, olvidado de Dios, inundado de laicismo, de naturalismo y de indiferentismo, no se interesa por Dios, sea para amarlo, sea para temerlo.

Por eso el remedio para esta carencia total de amor y de temor en los hombres, es atraerlos hacia Dios tanto por una como por la otra de estas virtudes. Puesto que el temor también atrae hacia Dios: el comienzo de la Sabiduría es precisamente el temor.

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Para esto puede auxiliar mucho el arte religioso, maravilloso medio para mostrarnos cómo amar y cómo temer a Jesucristo Nuestro Señor.

En la famosa Capilla Scrovegni, de Padua, el pincel inmortal de Giotto nos dejó este Cristo Escarnecido, admirable representación de la paciencia del Divino Maestro. Su Faz adorable está bárbaramente herida. Manos sacrílegas le tiran de sus cabellos y barba. La corona de espinas, emblema irrisorio de su realeza, le ciñe la frente venerable. Pero Jesús, con la mirada baja, parece no ver a sus enemigos, ni sentir el extremo de la afrenta que le hacen, sino sólo una tristeza sin fin. Es propiamente el dulcísimo Salvador, que todo lo sufre con mansedumbre y humildad de corazón para redimirnos.

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“Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?” En el momento memorable de este beso infame y de esta pregunta terrible los dos rostros estaban próximos. Giotto imagina esta escena en otro cuadro de la misma Capilla. Judas: con la frente achatada, carne fláccida, mirada esquiva, nariz vulgar, labios asquerosamente carnosos y deformes, revelando en su conjunto una infamia inexpresable. Jesús: noble, de una superioridad infinita, de una elevación moral inefable, lo mira fijamente con una expresión que contiene un dulce destello de amor, una censura, una severidad, una repulsa infinita. Pobre y miserable Judas, que no quiso abrir su alma ni al amor ni al temor que esta mirada suscitaba, ni fue sensible a la pregunta melancólica y dolorosa que le hizo.

Y porque su alma resistió a todas las invitaciones del amor y del temor, caminó del hurto al deicidio, y del deicidio a la desesperación…

Plinio Corrêa de Oliveira, in Catolicismo 43, Mayo 1955

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02/04/2015 | Por | Categoría: Formación Católica
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