Vivimos rodeados de estímulos, novedades y pequeños placeres, pero quizá hemos olvidado algo más sencillo: disfrutar de una situación. Una casa, una mesa, una conversación, una tarde tranquila pueden contener una felicidad que no necesita excitación ni acontecimientos extraordinarios. ¿Hemos perdido la capacidad de reconocerla?
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Hay momentos en que no sucede nada extraordinario.
Una tarde tranquila. Una casa en orden. Una mesa preparada. Una conversación agradable. La luz entrando por una ventana. Una música que acompaña discretamente. Un paseo conocido. El jardín, los árboles, algunos pájaros.
Nada de esto parece, a primera vista, suficiente para hablar de una gran felicidad, y sin embargo, puede ocurrir algo curioso: uno se encuentra bien.
No excitado, no eufórico, no buscando que suceda algo más. Simplemente piensa: Qué bien se está aquí.
Es una forma de felicidad que nuestra época parece haber olvidado.
El placer y la situación
El Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, al recordar determinadas escenas de su infancia, utilizaba una expresión particularmente sugestiva: «felicidade de situação», felicidad de situación.
La expresión contiene una distinción muy importante.
Una cosa es disfrutar de algo. Otra es disfrutar de una situación en la que las cosas, en su conjunto, están bien.
Un niño puede disfrutar enormemente de un dulce. Pero puede suceder que la verdadera alegría no esté solamente en el dulce. Está en la casa, en los padres que se quieren, en los hermanos que juegan, en la madre contenta, en el jardín, en los pájaros, en la luz de aquel día, en la mesa preparada. El dulce forma parte de algo mucho mayor.
Por eso una misma cosa puede producir sensaciones muy diferentes según la situación en que se encuentre. El alimento no explica por sí solo la felicidad. Hay algo en el conjunto que le comunica un sabor especial. Es como si las cosas se pusieran a irradiar unas sobre otras.
Y entonces comprendemos algo que puede pasar desapercibido: muchas veces no somos felices por una cosa determinada, sino porque percibimos que las cosas están en su lugar.
Cuando dejamos de disfrutar de la situación
Quizá aquí se encuentre una de las pérdidas más características de nuestra época. Estamos rodeados de estímulos destinados a producir pequeños momentos de placer: una notificación, un vídeo, una compra, una fotografía, una novedad, un mensaje, una canción, una copa.
Algo que nos distraiga, nos excite o nos haga sentir durante unos instantes que está ocurriendo algo. Pero hay una diferencia enorme entre esos estímulos y una situación feliz. El estímulo necesita aumentar continuamente. La situación puede permanecer.
El estímulo dice: «Dame algo más.» La situación feliz puede decir: «Qué bien se está aquí.»
Y quizá por eso el hombre contemporáneo, aun teniendo muchas más posibilidades de entretenimiento, experimente con tanta frecuencia una especie de aburrimiento interior.
Ha aprendido a buscar momentos de placer, pero ha perdido progresivamente la capacidad de habitar una situación. Ya no contempla el conjunto. Busca el siguiente estímulo.
La felicidad que no necesita un punto culminante
El Dr. Plinio distinguía esta felicidad tranquila de lo que llamaba el super gozo: ese placer intenso que alcanza un punto máximo y después puede dejar todo lo demás sin sabor. Es una diferencia decisiva. Hay placeres que suben vertiginosamente y después caen. Y hay una felicidad que no necesita alcanzar ningún punto máximo. Puede crecer sin exaltarse. Puede ser profunda sin ser violenta. Puede incluso estar presente mientras se atraviesa una dificultad.
Por eso la verdadera felicidad no consiste en construir una existencia en la que nunca haya problemas. Sería demasiado frágil una felicidad que dependiera de que todo saliera bien.
Existe algo mucho más sólido: conservar una cierta tranquilidad del alma incluso cuando las circunstancias son difíciles. No evitar la cruz, sino atravesarla sin perder enteramente aquella disposición interior que permite todavía reconocer el bien, la belleza y el orden que permanecen.
¿Qué hemos perdido?
Quizá hemos perdido, en cierta medida, una sensibilidad. La sensibilidad para percibir el conjunto. Para detenernos ante una mesa bien puesta sin preguntarnos inmediatamente qué viene después. Para caminar sin necesitar llegar rápidamente a alguna parte. Para escuchar una música sin convertirla en simple fondo de otra actividad. Para conversar sin mirar constantemente el teléfono. Para contemplar una tarde sin exigirle que sea extraordinaria. Para disfrutar de una casa no porque tenga algo espectacular, sino porque se siente que allí se vive bien.
Es posible que muchas cosas que antiguamente contribuían silenciosamente a la felicidad hayan ido desapareciendo precisamente porque hemos dejado de considerarlas importantes: el sosiego, la proporción, los ritmos naturales, la continuidad de las costumbres, la vida familiar, el gusto por hacer bien las cosas, la belleza de los objetos cotidianos, la conversación, el silencio.
Todo aquello que no produce necesariamente un impacto inmediato, pero que puede formar poco a poco un ambiente. Y un ambiente puede educar el alma más profundamente de lo que imaginamos.
Las cosas pueden dejar de dominarnos
Hay todavía una idea más profunda en esta concepción.
Cuando el placer se convierte en finalidad, comenzamos a depender de las cosas. Necesitamos más intensidad, más novedad, más cantidad.
Pero cuando las cosas están integradas en una situación armoniosa, podemos disfrutarlas precisamente porque no somos esclavos de ellas. El dulce es bueno, pero no necesitamos el dulce para estar bien. La música es hermosa, pero podemos permanecer tranquilos cuando termina. Una copa puede alegrar una conversación, pero no necesita convertirse en el centro de ella.
La belleza de una cosa aumenta, paradójicamente, cuando somos capaces de recibirla sin exigirle que nos proporcione por sí sola toda nuestra felicidad. Entonces la persona permanece siendo ella misma y las cosas recuperan su verdadero lugar. No nos poseen. Nosotros las contemplamos, las disfrutamos y las ordenamos.
Una felicidad que recuerda algo
Quizá haya todavía una razón más profunda por la que determinadas situaciones sencillas pueden conmovernos tanto.
Cuando una casa, una Familia, un jardín, una música o una tarde nos producen una impresión de armonía, parece que estamos ante algo más que una suma de cosas agradables.
Hay una especie de eco. Como si por un instante percibiéramos cómo deberían ser las cosas cuando están enteramente en orden. Por eso algunas bellezas producen una nostalgia difícil de explicar. No porque queramos simplemente volver a un momento pasado, sino porque aquello que contemplamos parece decirnos que existe una forma más alta de armonía. Un jardín no es el Paraíso. Una familia no es el Cielo. Una tarde tranquila no es la felicidad eterna. Pero pueden participar de algo de su orden y de su belleza. Pueden recordarnos que el mundo no fue hecho para ser una sucesión de estímulos, sino para ser contemplado, amado y ordenado.

Volver a aprender a estar bien
Quizá, entonces, recuperar la felicidad no consista siempre en buscar nuevas experiencias, sino que puede consistir, en ocasiones, en volver a aprender a estar donde estamos. Mirar alrededor, percibir el conjunto, reconocer lo que hay de bueno, dar a cada cosa su lugar y disfrutar de aquello que merece ser disfrutado sin exigirle más de lo que puede dar. Y así descubrir que una vida no necesita estar llena de acontecimientos extraordinarios para ser profundamente feliz.
Hay felicidades que no hacen ruido, no llegan como una explosión, no necesitan un punto máximo, no nos arrancan de la realidad, y contrariamente: nos hacen habitarla más profundamente. Tal vez por eso sean más difíciles de descubrir y, al mismo tiempo, más capaces de permanecer. Pues la felicidad más alta no es aquella que nos hace exclamar: «¡Qué extraordinario!», sino aquella que, casi silenciosamente, nos hace pensar: «Qué bien se está aquí.»


