Rusia ante el tablero: cuando una potencia calcula mal sus fuerzas

Cuando Rusia lanzó sus tropas sobre Ucrania en febrero de 2022, todo hacía pensar que Moscú esperaba una victoria rápida. La operación debía confirmar que Rusia seguía siendo una gran potencia capaz de imponer su voluntad en su propio espacio estratégico y, al mismo tiempo, alterar el equilibrio internacional.

Pero la guerra tomó un rumbo completamente diferente.

Cuatro años después, el resultado aparece cada vez más distante de las expectativas iniciales. El frente permanece prácticamente estancado, los avances rusos son extremadamente lentos y el costo humano de la guerra ha alcanzado dimensiones enormes. Según las estimaciones citadas por Gary Isbell, las bajas rusas desde el comienzo de la invasión rondarían 1,4 millones, entre muertos y heridos.

No se trata solamente de una cuestión militar. Lo verdaderamente significativo es que la guerra parece haber producido, en varios aspectos fundamentales, el resultado contrario al que Moscú buscaba.

Rusia justificó su ofensiva, entre otras razones, como una forma de impedir el avance de la OTAN hacia sus fronteras.

Pero Finlandia ingresó en la OTAN en 2023, incorporando aproximadamente 1.300 kilómetros de frontera con Rusia a la alianza atlántica.

Es difícil imaginar un ejemplo más claro de un cálculo estratégico que produce el efecto contrario al buscado.

Rusia pretendía reducir la presencia de la OTAN en sus fronteras y terminó contribuyendo a ampliarla.

Pretendía demostrar que Ucrania no podía resistir y terminó encontrando una resistencia que, cuatro años después, no ha conseguido quebrar.

Pretendía afirmar su capacidad de actuar como una potencia decisiva en la formación de un nuevo orden mundial y terminó dependiendo cada vez más de China.

Y pretendía mantener la guerra lejos de su propio territorio. Sin embargo, los ataques ucranianos con drones han alcanzado refinerías e instalaciones situadas a enormes distancias del frente, llegando incluso a las proximidades de Moscú.

Hay aquí una cuestión que va más allá de las estadísticas militares.

Una potencia puede tener un ejército numeroso, armas sofisticadas, enormes recursos naturales y un arsenal nuclear. Pero todo eso no significa necesariamente que pueda alcanzar cualquier objetivo que se proponga.

El poder no consiste solamente en tener fuerza. Consiste también en saber medirla.

Y quizá éste sea uno de los aspectos más interesantes de la experiencia rusa.

Una guerra que debía durar semanas se ha prolongado durante años. Un país que debía ser rápidamente sometido continúa resistiendo. Una operación destinada a mostrar la capacidad de Rusia para alterar el equilibrio internacional ha terminado imponiendo enormes costos al propio país que la inició.

El problema, entonces, no es solamente cuánto poder posee una nación.

Es qué sabe hacer con él, qué objetivos puede realmente alcanzar y cuánto está dispuesta a sacrificar para conseguirlos.

Aquí aparece quizá la cuestión más profunda.

Los Estados, como las personas, pueden formarse una imagen exagerada de sí mismos. Pueden confundir sus deseos con sus posibilidades y terminar tomando decisiones basadas más en la imagen que tienen de su propia fuerza que en la realidad.

La propaganda puede mantener durante algún tiempo esa ilusión.

Pero la realidad tiene una manera implacable de imponerse.

Los soldados caen. Las reservas disminuyen. La economía comienza a resentirse. Los enemigos se multiplican. Las alianzas contrarias se fortalecen. Y aquello que debía ser una demostración de fuerza puede terminar convirtiéndose en una demostración de los límites de esa fuerza.

Eso parece estar ocurriendo, al menos en parte, con Rusia.

Conviene, sin embargo, evitar conclusiones precipitadas.

La guerra no ha terminado. Rusia conserva enormes recursos militares, territoriales y económicos. Su capacidad de causar daños sigue siendo considerable y no puede descartarse que consiga modificar nuevamente la situación.

Pero precisamente por eso resulta importante mirar los hechos con claridad y no dejar que la propaganda rusa consiga oscurecer una realidad cada vez más difícil de disimular. Ucrania ha resistido heroicamente a una invasión que debía haber terminado en pocas semanas y ha logrado frustrar, hasta ahora, los principales objetivos de Moscú.

La cuestión no es, por tanto, una mera simpatía por uno u otro contendiente. Es reconocer una realidad: una guerra iniciada para imponer la voluntad rusa sobre Ucrania ha terminado debilitando la posición estratégica de Rusia y fortaleciendo precisamente a quienes pretendía contener.

Quizá la lección más importante sea ésta:

No siempre vence quien tiene más fuerza. Muchas veces fracasa quien calcula mal la fuerza que realmente tiene.

Y en política internacional, como en la vida, hay errores de cálculo que se pagan durante muchos años.


Crédito Fotográfico: warren-umoh-HBkuFoJuwDI-unsplash

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11/09/2026 | Por | Categoría: Situación Internacional
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