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Turismo del sosiego

En este momento que es el comienzo de las vacaciones para algunos o la mitad de ellas para otros, nos ha parecido interesante ofrecerles estas reflexiones de un brasileño insigne sobre modos de entender las vacaciones.

Hay diferentes modos de entender las vacaciones.

Para casi todo el mundo ellas significan una carrera. Si, una carrera atrás de las emociones. El estilo de emociones que se buscan, como es natural, es variable.
Panoramas de mar o de montaña, hoteles de lujo o contacto con la selva, inmersión en el pasado, en el clásico recorrido de maravillas en Minas Gerais o en Bahía, o un pregusto de la locura psicodélica con que nos amenaza el día de mañana: todo vale si aporta emociones. Emociones violentas, sensacionales, cogidas a 120 por hora o más, que se sobrepongan a las vibraciones y a los sustos de la vida cotidiana.

¿Qué pensar de esta manera de tomar vacaciones? Reduzcamos el problema a sus términos más simples. Si cada emoción produce una fatiga, el presupuesto de los reposos emocionantes consiste en que una fatiga se cura cargando otra fatiga de género diferente. Ahora bien, esta solución me parece cuestionable. Pues el sentido común lleva a pensar que el remedio propio para el cansancio, en lugar de ser otro cansancio… es el descanso. Al menos así opinaría Perogrullo.

¿Pero cómo descansar entonces?

Calzada portuguesa en Amparo

La respuesta es fácil. No se trata de terminar las vacaciones con la lengua afuera.

Por mi parte, nada me parece más arriesgado que aconsejar a los otros cómo deben descansar. Este año encontré una fórmula feliz para mí y quiero comunicarla a los lectores.

Se trata, es claro, del reposo de un habitante de Sao Paulo. Es decir, de un ente humano que vive, come y duerme en el ruido, circula por las calles agujereadas, respira un aire apestado, trabaja a un ritmo extenuante, y es forzado por la ferocidad de las circunstancias a hacer corriendo hasta las cosas que de suyo deberían ser más tranquilas y amenas, como comprar, regalar y recibir regalos de Navidad. Yo estaba pues, con añoranzas de la normalidad. Quería encontrar un rincón donde pudiese inserirme en una vida diferente. Una vida de tranquila, de ritmo humano, que me diese oportunidad de inmergir en la estabilidad, en el sosiego, en el equilibrio y en la sana despreocupación de los otros. No quería obras de arte excepcionales, riquezas apabullantes, lujos engañosos, y menos todavía de sicodelismos horripilantes

Hartura proporcionada, trabajo serio y tranquilo, bienestar y disposición para vivir, equilibrio generalizado de los hombres y de las cosas, fue lo que encontré en una ciudad no lejana de São Paulo. Y la encontré por sorpresa. Pasaba las vacaciones en la hacienda de unos amigos, cuando quise ir al tomar el aire en la ciudad más próxima. Y ahí encontré este oasis. Caserío en AmparoTambién, en adelante no podía perder un día. Todas las tardes después de la siesta, iba de la calma del campo a la de la ciudad, cambiando no un cansancio por otro, sino una forma de sosiego por la otra. Y así hice mi “turismo del sosiego”.

* * *

Tres plazas, cada una con su fisonomía propia dan el tono a la ciudad. Las calles se entrelazan con árboles en flor, calzadas por un “petit pavé”, del mejor gusto, conservado de modo envidiable. Esas calles componen la espina dorsal de la cuidad.

En las cercanías un caserío alegre y sin pretensiones, va trepando por las montañas de pequeña altura y extendiéndose hacia el río, donde la ciudad se mezcla con la naturaleza campestre. Casi por todas partes se ven las casas Casas antiguas Amparodel fin del Imperio y comienzos de la República. Construcciones de fachadas tranquilas y serias, dando en general hacia la calle, con los dinteles de las puertas y ventanas bien ornamentados y cómodamente instaladas en amplios terrenos propicios para la sombra y el descanso.

La plaza principal tiene como elemento dominante una iglesia parroquial, modelo de buen gusto y simplicidad. Fuerte, seria, grave, es el verdadero centro de gravedad espiritual de la ciudad. Por un lado y por otro, a la par de construcciones antiguas, viviendas más recientes, agencias bancarias de Matriz de Amparoestilo moderno, y hasta un “rascacielos”. Pero la parroquia principal parece no percibir nada de esto, inmersa como está en la placidez de sus tiempos de otrora. Y cuando toca la campaña, sus sonidos descienden armónicos y se propagan por la plaza ajardinada, donde encuentran en las personas y en las cosas la misma resonancia de los tiempos pasados.

Otra plaza próxima está también formada en torno de una iglesia. Pero ésta, leve, festiva, con algo de lo gracioso propio de las construcciones coloniales. Ella parece sonreír ingenuamente y convidar a la misma sonrisa a los que pasan.

La tercera plaza es propiamente un jardín público: un gran número de aves, arboleda frondosa, niños corriendo, y en un rincón un viejo tranvía que parece dormir un sueño pre-letal. A cierta distancia aparece pintada con gusto la fachada señorial del “palacete” de un Barón del Imperio.

En las calles, la gente que trabaja, camina sin correr. Desde la ventana de una residencia de un piso, una dueña de casa interrumpiendo plácidamente los quehaceres domésticos mantiene una conversación sobre todo y sobre nada con dos amigas que pasan por la calle. En la tienda próxima, bien abastecida, sin estar sin embargo abarrotada, los clientes entran sin prisa, son atendidos sin demora, escogen con calma y salen contentos, se saludan y se estiman. En suma, el pasado allí realmente no se enmoheció, ni el presente enloqueció, ni el futuro amedrenta. Se vive bien la vida de todos los días.

¿Cúal es esta ciudad, que tal vez parezca banal a los cazadores de emociones, y a los turistas ávidos de verdadero reposo se les figurará quizá un edén un tanto quimérico? Ella merece bien el nombre que usa, ese nombre le viene de la excelsa Patrona, que parece resguardarla, ampararla del estancamiento y de la modorra de ciertos ambientes antiguos, como de las tragedias, de los excesos y de los tumultos modernos. La Patrona es Nuestra Señora del Amparo. Ya se ve cual es el nombre de la ciudad.

Amparo irradia su placidez digna, familiar y cristiana hacia todos los alrededores. La zona tiene cualquier cosa de afable que la torna inconfundible. Yo diría que es una cierta forma de salud del alma que se irradia desde la iglesia parroquial y se difunde en ondas concéntricas hasta bien lejos. ¿No será la creencia tranquilizadora en el amparo de la Patrona, y más todavía que esto, la realidad de ese amparo, lo que se extiende como un manto sobre la región?

Plinio Corrêa de Oliveira

“Folha de São Paulo”, 11 de Enero de 1970

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24/01/2016 | Por | Categoría: Ambientes Costumbres
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