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La “hipnosis” de las utopías revolucionarias

El misterio de la falta de reacción de los nobles que se entregaban a ser decapitados en la Revolución Francesa.

Esta exposición de Plinio Corrêa de Oliveira ilumina uno de los misterios del alma humana: por qué la gente permanece átona frente a la demolición de los valores que aman.

Revolución Francesa: ejecución en la plaza de la Revolución (Demachu, museo Carnavalet, París)

El prestigioso historiador francés Ghislain de Diesbach (* 6‒8‒1931), en un trecho de su obra “Histoire de l’émigration” ‒que comentaremos a continuación‒ hace la siguiente pregunta: ¿por qué tantos nobles, durante la Revolución Francesa, se dejaron guillotinar en las condiciones sin resistencia? Él no da la explicación hasta el fondo, pero describe el estado de espíritu de esas víctimas de la Revolución, esa connaturalidad del hombre con la pérdida de la vida y la pérdida de todo para lo que vivía. Esta especie de extinción del propio instinto de conservación o instinto de conservación de la situación, de los bienes, del patrimonio, de aquello que constituye ‒en un nivel terreno‒ la alegría de vivir.

Si es cierto que si este extraño fenómeno no hubiera dominado a tantos franceses muertos como contrarrevolucionarios en la guillotina, la Revolución Francesa no podría haberse desarrollado como se desarrolló, nunca podría haber crecido como creció. ¿Por qué se dejaron matar? ¿Cuál fue el estado de ánimo de ellos al dejarse matar? Este notable historiador evoca un fenómeno aún más interesante que es la entrega misteriosa de los aztecas a los españoles.

El trecho es sacado del libro “Histoire de l’émigration”, Grasset, 1975:

“A excepción de los jefes vandeanos y bretones, o de algunos conspiradores del Midi (es decir, del sur de Francia), que preferían luchar en el interior del País en lugar de unirse al Ejército de los Príncipes, los nobles que quedaron en Francia aceptaron con una sorprendente pasividad la suerte que la República les reservó.

Observen bien: “aceptaron con una sorprendente pasividad”. Ahora él describirá la pasividad:

“Ninguno de ellos piensa en defenderse o al menos en vender cara su vida. Todos estos gentilhombres, que algunos años antes, echaban mano a la espada por una bagatela y no vacilaban en atravesar con ella el cuerpo de su mejor amigo… “

Es decir, en los duelos, que eran reprimidos con pena de muerte. Ellos luchaban y exponían su propia vida por bagatelas, o mataban al mejor amigo.

“… si éste le hubiera ofendido, o atrevido a mirar a su ramera, estos mismos gentilhombres, una vez venida la Revolución, se transforman en carneros que se conduce al matadero”.

El problema está perfectamente bien descrito. Tomemos un noble de la fase anterior a la Revolución: es un espadachín del tipo de Cyrano de Bergerac o de los Tres Mosqueteros. Es decir gente que lucha, que pelea, brillantes duelistas. Todos estos nobles estudiaban esgrima como estudiaban danza, el ABC y las operaciones fundamentales de las matemáticas… Estos espadachines valerosos, cuando llega la Revolución, se dejan conducir al matadero como corderos …!

Nobles, que eran capaces de luchar como los Mosqueteros, frente a la Revolución Francesa se transforman en corderos listos para ir al matadero

“Para un Marqués d’Epoisses, que se encierra en su castillo y sostiene un cerco en regla…”

Contra los republicanos, que lo rodearon.

“… por un pobre noble provincial que acoge a golpes de horqueta a sus visitantes jacobinos, hay cien, hay mil aristócratas que aguardan su muerte con una sonrisa en los labios”.

¡Es exactamente eso! He leído, varios de ustedes han leído memorias del período de la Revolución Francesa y ustedes saben que eso es así. En la prisión, donde ellos aguardaban el juicio, venía cada mañana, a la hora determinada, una carreta con soldados, con un pelotón, que paraba y de él se destacaba un oficial de justicia. Ante todos los presos reunidos, proclamaba el nombre de los nobles que estaban condenados a muerte, y ellos se levantaban, se despedían de alguien muy cercano e iban a ser juzgados. Juzgados, eran casi siempre condenados y no volvían a aquella prisión; se iban a otra, de donde seguían después a la muerte.

Después que salía el hombre con la carreta, había un alivio general de los nobles que no habían sido llamados aquel día. Y comenzaba la vida social… Como allí dentro había libertad de circular de un cuarto a otro, comenzaban a visitar, a hacer ruedas, con cortesía, con amabilidad, hasta llegar la noche. Por la noche comenzaba una cierta depresión y, por la mañana, el susto. Pasado el susto, el día siguiente era un día de alegría de nuevo. Es decir, era con una sonrisa en los labios que esperaban la muerte. Ellos, que eran tan batalladores…

“Se dejan arrestar sin hacer un gesto”.

Esta observación es muy importante. Que ellos, en la cárcel, no resistiesen, estaban sin armas, se comprende. Pero eran detenidos sin hacer un gesto.

“Ciudadano, estás preso”.

Van, sin un gesto. En mi opinión, ese es el hecho más digno de ser mencionado.

“… desprecian de justificarse de las acusaciones absurdas que se levantan contra ellos…”

La Reina María Antonieta

 

Luis XVI y María Antonieta, por ejemplo, se justificaron paso a paso, pidieron abogados, etc. Ellos no. Sufriendo las acusaciones más infamantes, no hacen al menos una protesta. Desprecian justificarse. ¡Es una pasividad en toda la línea! Cualquiera de nosotros, objeto de una acusación muy injusta, muy violenta, tiene una reacción natural. Aún más el francés, que ustedes saben cómo es la respuesta. ¡Nada! Un modelo de pasividad.

“… y suben al cadalso con un paso firme, sin un momento de rebelión, sin siquiera una exclamación de lamentación.

La sociedad más pulida, la más divertida, la más brillante que hubo en la historia, que manifestaba un apego enorme precisamente al brillo, a la elegancia, a lo entretenido de la vida que llevaba; a la hora de quitarles todo, ellos, que batallaron por un castillo en el interior, o por unos metros más o menos de un terreno que tuvieran en París y que alguien quisiera quitárselos, se dejaban llevar a la guillotina sin más ni menos…

¡Singular estado de espíritu! Estado de espíritu antihumano, contrario a la disposición natural del hombre, y que necesitamos analizar.

“Viendo a estas personas tan fácilmente resignadas, parece que están fascinadas por sus verdugos…”

Ahora el autor va a sostener algo que es muy interesante: es la apariencia de un poder hipnótico, de lo que él llama aquí “carrascos”, en el sentido genérico de la palabra. No es sólo el que corta la cabeza, sino que son los que condenan a muerte, que mantiene el régimen, los que sostienen el terror. Así ustedes deben entender aquí la palabra “verdugo”.

“… como los aztecas lo fueron por sus conquistadores españoles, y que reconocen implícitamente a los revolucionarios una legitimidad de la cual ellos mismos estarían desprovistos”.

La observación es muy procedente. Un hombre que estuviera penetrado de la legitimidad de los principios en nombre de los cuales él es declarado como condenado, ese hombre actuaría como esos nobles procedieron. Imaginen a un criminal que hubiera sido condenado por una acción pésima, y ​​que muere creyendo que es justo que muera. Moriría como esos nobles… Se dejaría prender sin resistencia, llevar tranquilamente al patíbulo y allí morir. Ellos mueren, por lo tanto, como si la autoridad que los condena fuera legítima y como si el crimen en nombre del cual son condenados les fuera imputable.

“Ellos parecen creer que su existencia se ha vuelto ilegal, más aún que anacrónica y que la guillotina es la única manera de poner fin a esta infracción”.

Realmente el modo de ellos morir es ese: “Somos anacrónicos en vista del gran principio de la igualdad general de todos los hombres; nosotros, nobles, somos unos violadores, somos unos contraventores, unos infractores de ese principio. Entonces es natural que muramos. No hay otra cosa para alegar, entonces vamos a morir…”. Eso es lo que parece estar en el subconsciente de ellos.

“Estos hombres cultos, escépticos, esclarecidos por todas las luces de los siglos, creen todavía en las palabras”.

Lo que viene abajo es una observación muy fina y muy interesante!

“Los discursos de los jacobinos, sus proclamaciones y sus prohibiciones les impresionan mucho más, se diría, que sus lanzas y sus sables”.

No es tanto porque el jacobino está armado que ellos se entregan, pero se diría que es porque la palabrería jacobina los impresiona. Es decir, los principios jacobinos de la igualdad, de la libertad, de la fraternidad, como los jacobinos explicaban, ejercen una fuerza hipnótica que en ellos inmoviliza hasta el más fundamental de los instintos humanos que es el de conservación.

“Ellos se doblan ante la palabra del enemigo, fascinados que están por el tono de autoridad del adversario”.

Recuerden un poco la Marseillese…

“Los que se rebelan son almas simples, campesinos bretones, vandeanos o normandos, artesanos lioneses reducidos al desempleo, sacerdotes del campo, pequeños comerciantes arruinados por las leyes económicas”.

Es decir, los que están fuera de la cultura del tiempo, éstos no están fascinados. Si queremos hacer un pésimo juego de palabras, están vacunados. Los que tienen una cultura campesina, simple, tienen buen sentido natural, ¡esos resisten!

“Esta fracción de la sociedad francesa, la más brillante y la menos sólida, no tiene ya más fe en sí misma.

Y aquí la frase toma un brillo francés…

“Ella se inclina sin reclamar ante sus órdenes y decisiones, ella que ayer todavía reaccionaba tan violentamente ante las órdenes del rey”.

Hubo, antes de la Revolución, un lío de primer orden de la nobleza con el rey. Contra el rey ellos tenían atrevimiento. Aparecen los jacobinos, que esos nobles despreciaban, y ellos se impresionan. El rey, que ellos veneraban, lo ultrajan…

Esta materia está muy bien redactada y las contradicciones se ponen muy bien, siempre que sea leído despacio. ¡Pero a mi entender es un texto fino!

“Ella no lucha más con armas iguales, porque no habla la misma lengua que sus adversarios”.

Como esa nobleza no sabe responder como los adversarios responden, hay un lenguaje nuevo, una dialéctica nueva, un mundo nuevo delante del cual están envejecidos: se entregan. Es un artículo muy denso en que cada frase tiene que ser comentada, en que cada palabra tiene un sentido, una razón de ser.

“Lo que más llama la atención será ver esta actitud de una parte de la nobleza y del alto clero francés adoptada por la mayor parte de las naciones europeas. En los países vecinos de Francia se juzgará a los revolucionarios no según sus actos, sino de acuerdo con sus palabras.

Realmente, en la mayoría de la nobleza y del clero revolucionario se nota eso: una sumisión y una entrega que es increíble. Los señores pueden preguntar: “¿Y aquellas guerras de coalición?” Yo respondo: ellos fueron muy blandos y muy sin alma. Y la actitud de los países que recibieron a los inmigrantes, con la excepción de Inglaterra, fue una actitud indecente. El hermano de Luis XVI, futuro Carlos X fue encarcelado porque no pagó algunas deudas de hospedaje, sin que el Príncipe del lugar mandara ofrecer dinero para sacarlo… Por ahí se comprende lo que era la actitud de esa gente.

Ejecución de Luis XVI

“Qué importa que los revolucionarios saqueen, que incendien, que quemen o maten, una vez que prometen la paz, la libertad y la felicidad…”

Aquí no puedo dejar de llamar la atención de los señores para la analogía con la situación comunista. El mundo entero sabe que el comunismo reduce a los pueblos a la miseria. Está probado. Pero “los comunistas que van a remediar la situación de los pobres! …” Y a pesar de que todo el mundo sabe que no remedian, esa mentira de ellos produce un cierto efecto hipnótico por donde las personas que combaten al comunismo tienen a veces una sensación de que están combatiendo a los pobres. Y las personas que favorecen al comunismo tienen el desembarazo y la seguridad de quien, de hecho, está tomando el partido de los pobres. La realidad es clara.

La palabrería comunista de la protección a los pobres convence a los ricos de que el comunismo protege a los pobres, aunque los ricos sepan que no protege… Es la misma situación que se repite de la 2ª a la 3ª Revolución. Y sin la cual no podremos comprender la 3ª Revolución, en cuyo apogeo ‒con cierto punto de vista‒ estamos entrando.

“Un poco por todas partes las élites se mostrarán sensibles a esta elocuencia democrática y se dejará engañar. Ministros de Viena o de Berlín, patricios de Ginebra o burgueses de Amsterdam, se esforzarán por respetar a cualquier precio un buen derecho que los jacobinos invocan siempre, sin jamás observarlo ellos mismos.

El “buen derecho” que los jacobinos alegan, pero infringen. Cuando hay ataques de jacobinos en esos lugares, los atacados van a respetar, porque los jacobinos lo están proclamando.

“Si las tropas descalabradas de la República francesa ven tantos países acogerlas como liberadores es que la propaganda revolucionaria conquistó los espíritus y subyugó los corazones, desarmando así los brazos”.

¡La frase es muy feliz! La victoria militar no es una verdadera victoria. Esta consiste en la victoria de la guerra revolucionaria psicológica, en la conquista de las inteligencias y de las voluntades desarman los brazos. Es una frase muy importante.

“La joven República obtuvo, casi sin combatir, una victoria intelectual al sustituir por su propia moral a la que antes regía la Europa monárquica. Ella (la joven República) creó una nueva legalidad y declaró fuera de la ley a todos los que no quieran someterse, desde los soberanos extranjeros a los más miserables de los emigrados refugiados en los territorios de éstos.

Todos se declaran fuera de la ley y se impresionan. El problema está ahí. Se impresionan y se dejan arrastrar.

Vamos a analizar un poco este estado de espíritu como se da. No es que se pueda decir que esos nobles o esos burgueses, o esos clérigos, estuvieran íntegramente convencidos sin ninguna duda de que la Revolución Francesa tenía razón. Ellos son hombres que mueren convencidos de que no tiene razón, pero con un cierto fondo de duda: “¿verdaderamente todos los hombres no son iguales?”. Es un fondo de duda acompañado de una cierta apetencia de esa igualdad, un cierto gusto por esa igualdad. No es una certeza, pero una duda que queda en el fondo.

Esta duda ejerce en su espíritu una influencia como ejercería la más poderosa de las certezas. Por ejemplo los mártires en el Coliseo procedían movidos por la fe, como esos nobles o burgueses o clérigos proceden movidos por esa duda. Y aquí está lo más flagrante de la contradicción. Un hombre que expone su vida por su convicción es noble, siempre que la convicción sea noble. Pero un hombre que va a morir como un mártir antiguo, por una cosa sobre la que tiene una genérica duda, hay aquí un singular juego de espíritu…

Analizando a esos nobles: muchos de ellos participaron en la Asamblea Constituyente Francesa, votaron a favor de la monarquía y de la nobleza. Casi todos ellos, a medida que la sociedad se volvió revolucionaria, fueron expulsados ​​de los cargos que tenían porque no estaban de acuerdo con la Revolución. Las memorias escritas en aquel tiempo no dejan la menor duda al respecto: en las conversaciones particulares, en sus actitudes normales, se manifiestan contrarios a la Revolución.

En el espíritu de ellos hay un choque de dos posiciones intelectuales: una tradicional, que es a favor de la monarquía, de la aristocracia, de la Iglesia, de la jerarquía; y otra, que es una convicción nueva, es una pizca, un hilo de duda en su espíritu: “¿De hecho, los hombres no deben ser todos iguales?” Es un hilo de duda. A la hora de morir, ellos se sacrifican por ese hilo de duda como si fuera una gran certeza…

Este fondo de certeza revolucionaria tiene un poder de hipnotizar y de paralizar que la convicción estable, normal, que marca la vida entera del individuo, no tiene.

¿Qué es ese fondo y cómo se explica esto? Está escrito en la Revolución y Contra-revolución [1] que el individuo que está con el alma así es un semi‒contrarrevolucionario, y un semi‒contrarrevolucionario es un revolucionario. Pero aún así su abnegación no se explica sólo por eso. La convicción no es suficiente para determinar así su actitud.

Este fondo igualitario corresponde a una especie de sueño dorado, o de mito u utopía en el que se complacen en imaginar una cosa que no existe, pero que es delicioso imaginar, que es un mundo donde la propia imagen del sufrimiento ha desaparecido, la imagen del dolor ha desaparecido. Ellos quieren eliminar las desigualdades como quieren eliminar las enfermedades, como eliminarían a las élites si pudieran, porque quieren un mundo sin dolor.

Ellos quieren eliminar su propia superioridad para ver si llegan a realizar la utopía de un mundo sin sufrimiento, de un cielo en la tierra. Y ellos van atrás de ese mito del cielo en la tierra como un católico va atrás de la certeza del Cielo en el Cielo. Es una cosa de ese género…

Así que cuando alguien que los ataca es portador de esa utopía, de ese mito ‒y ahí los señores ven el papel del mito en el alma‒, ellos simpatizan y aman el puñal que los mata, porque ese puñal es en nombre de un mito que sustituye en ellos la religión. Es una verdadera religión atea, una religión no religiosa de la que son los “mártires” sin la dignidad y la nobleza del verdadero martirio, que es el de los mártires católicos.

¿Cuál es el factor que hay dentro de eso? Es una utopía, un mito que sustituye a la religión y que lleva al individuo a posiciones para‒religiosas en favor de algo que no es religioso.

Entonces, ustedes comprenderán otra cosa: los budistas no tienen propiamente una religión sino una filosofía, que es la filosofía del vacío y del nirvana. ¿Cómo es que un bonzo budista prende fuego en su ropa? Un mito y él, a través de ese mito, se inmola de esa manera.

La palabra “mito” no está siendo empleada aquí en el sentido de la mitología griega y romana: Zeus, Aquiles, etc.; es un estado de cosas, una metafísica, una utopía, una situación personal imaginaria a favor de la cual el individuo lo sacrifica todo. Este es el mito. Eso es lo que tienen en vista.

A este propósito, hay otro elemento curioso: cuando esa utopía, ese mito entra en la cabeza del individuo, le quita el sentido del propio ser. Pierde la noción de quién es. Este mito lo intoxica y lo hace casi evaporarse. De ahí la muerte del instinto de conservación. Él pierde el instinto de conservación porque el mito lo picó…

Godofredo de Bouillon, ejemplo del noble medieval

Es algo similar a la acción del tóxico sobre el toxicómano. El individuo intoxicado quiere cada vez más la droga, aunque se sabe que va a morir a causa de eso. Él pierde el instinto de conservación para vivir en la utopía de aquellas drogas. Hay mitos que son a la manera de drogas y drogas preternaturales, en relación a las cuales la persona se sacrifica completamente.

Entonces, debemos pedir a Nuestra Señora que conceda a todos una mentalidad tan sana, tan religiosa en el mejor sentido de la palabra, tan enérgica, tan sobrenatural, que por la simple presencia avalen ese mito y lo quiebre. Y sobre todo evitando, más que el mito, la falta de coraje de pensar y actuar discrepando completamente de los “mitómanos”. Esta es la cuestión.

Plinio Corrêa de Oliveira, Santo del día, 22 de marzo de 1977. Conferencia sin revisión del autor.

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[1] Plinio Corrêa de Oliveira,  “Revolución  y Contra‒Revolución” (Bajar ebook gratuito)

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17/10/2017 | Por | Categoría: Formación Católica
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