Una fotografía, una reflexión sobre cómo la vida moderna ha reemplazado los espacios de calma y silencio que antes nos permitían estar a solas con nuestros pensamientos y con el entorno. Al avanzar hacia un progreso lleno de ruido y estímulos que ignoran el valor de la serenidad y la sabiduría, ¿realmente hemos ganado algo o hemos perdido más de lo que imaginamos?
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Al observar esta fotografía, una impresión inmediata surge: ¡Qué calma y serenidad! Es como si, al detenerse en esta imagen, el tiempo se hubiera detenido también.
Es innegable que estamos ante un lugar de belleza privilegiada, un rincón que, no solo por su paisaje, sino también por la magistral obra del ingeniero que trazó esa avenida con tal elegancia, transmite una armonía especial. Cada detalle parece pensado para ofrecer un descanso visual, como si la misma costanera quisiera invitar al observador a un remanso de paz. Pero no nos adelantemos.
Miremos más de cerca. Fíjense en la actitud serena de aquellos que, apoyados en las balaustradas del paseo, contemplan el mar. No hay prisas, no hay ansiedad. Apenas se oye el crujido metálico del tranvía que pasa lentamente, un lejano pitido de las chimeneas del acorazado a lo lejos, las risas suaves de los niños que caminan, el susurro del agua acariciando el rompeolas… y, en medio de todo, un casi absoluto silencio.
Ese silencio… ¡qué maravilla! Un don que, tristemente, parece haber desaparecido de nuestras vidas. Aquella tranquilidad que nos permitía estar en paz con nuestros pensamientos, sin el ruido constante de un mundo que nunca deja de hablar. En un mundo tan lleno de estímulos, nos hemos olvidado de la riqueza que contiene el silencio.
Recordaba un filósofo inglés que afirmaba que «en presencia de la belleza, somos juzgados, y para eliminar aquello que nos acusa, destruimos lo bello». De manera similar, el silencio, lejos de ser un refugio, se ha convertido en un enemigo para aquellos que no pueden soportar su carga. Para quienes no tienen paz interior, el silencio es como un espejo que refleja lo que preferirían evitar. Por eso, muchos lo temen y buscan ahogarlo con el ruido de la modernidad.
Pero para el inocente, para el ser que aún conserva su alma libre de cargas, el silencio es un bálsamo. Le proporciona descanso, le permite reflexionar con claridad y distancia sobre la vida, las personas y el mundo. Es un espacio fértil para la reflexión profunda, para la sabiduría, como si en ese vacío auditivo pudieran germinar las semillas de la comprensión.
No hace tanto tiempo, en Chile, las personas vivían de una manera más sensata, más equilibrada. En sus rutinas cotidianas, la atmósfera de calma y sosiego les ofrecía el espacio necesario para reflexionar y tomar decisiones con serenidad.
¡Así vivieron nuestros mayores…!
Pero hoy, la vida moderna nos ha arrebatado esos ritmos humanos, esa serenidad. En la era de la televisión, los teléfonos móviles y las pantallas que nunca se apagan, esas escenas parecen pertenecer a otro tiempo, casi irreconocible. ¿Alguien podría imaginar al caballero de la fotografía revisando correos electrónicos o respondiendo mensajes por celular? La reflexión surge: al final, ¿hemos ganado algo con todo esto o hemos perdido más de lo que ganamos?
Quizás la lección más valiosa de estas antiguas imágenes es que nos invitan a reflexionar y comparar el Chile de ayer con el de hoy. Nos incitan a evaluar si realmente hemos progresado o si, por el contrario, hemos declinado. ¿En qué hemos mejorado? ¿Y en qué hemos perdido el rumbo? Y, al final, la gran pregunta: ¿valió la pena todo lo que sacrificamos en nombre del malentendido progreso?
Fotografía de Mattensohn & Grimm año 1922, consignada como «Paseo Playa Ancha, Valparaíso, Chile». Una vista de Avenida Altamirano en dirección al Molo (construido 1912-1930).



Muy bueno el análisis. Gracias