¿De estos dos personajes, quién glorificó más la naturaleza humana?

Para nuestra sensibilidad intoxicada por las engañosas fisonomías del siglo XXI, tan inauténticas y despersonalizadas, unos personajes así, no dejarán de parecer un poco duros. El hombre de hoy en día se presenta falsamente simpático, relativista, poco afirmativo, inexpresivo y, porqué no decirlo, un tanto afeminado.
Hoy presentamos dos personajes, en los extremos más agudos de nuestra realidad social del Chile de ayer.
Uno, un conocido político de la época, Aníbal Zañartu Zañartu, y el otro, un perfecto desconocido.
Pero vayamos a lo que se refiere a realización humana, y glorificación del género humano por esa realización, y detengámonos por un momento en esas fisonomías de hombres tan diferentes.
Vemos a Don Aníbal: sereno, fuerte, educado, hijo sin duda de una gran Familia tradicional y con una firmeza y una capacidad fuera de lo común para enfrentar dificultades, y para poner sus talentos al servicio del bien común. Su mirada es de esos hombres que no retroceden y que están determinados a llegar hasta las últimas consecuencias de aquello que emprendieron. Creo que la instantánea lo deja claro. Un gran perfil humano, admirable bajo muchos aspectos en la medida que esos talentos fueran puestos al servicio de algo digno de tal servicio.
En la segunda instantánea, tenemos algo muy diverso y muy parecido por otro lado. Genuino hijo del pueblo chileno, sin nada de aristócrata, ni refinado, tenemos a este hombre, que quizá en algún tiempo hubiera merecido un modesto monumento a la humanidad en algún lugar secundario de una gran ciudad. Austero, duro, altanero, serio, coherente, y con cualquier cosa discreta de un guerrero. Se diría que su fisonomía tiene alguna cosa de los antiguos patriarcas, al que ciertamente no le habría calzado mal el yelmo de un Leónidas o un Aquiles de la época de la epopeya Griega.
Dos hombres en definitiva con un denominador común: el más importante. Fuertes, serios, decididos, sacrificados y de algún modo trascendentes.
¿Con cual nos quedaríamos?
por Juan Barandiarán

