| Comparta

Un aspecto de la Inmaculada Concepción

La santa intransigencia

por Plinio Corrêa de Oliveira

El mundo en el que nació la Virgen
Inmaculada - Quito
Las proporciones de un artículo como este no permiten una descripción pormenorizada del cuadro moral del mundo romano. Lo que, además, no sería muy necesario pues este cuadro es generalmente conocido. Por toda la extensión del Imperio, aristocracias nacionales en el último estado de descomposición moral se mezclaban con aventureros enriquecidos en los negocios, en la política o en la guerra; con libertos llevados a la cumbre de la influencia por el favoritismo; con actores y atletas famosos, en una vida de placeres ininterrumpidos en que los decadentes traían toda la molicie de su “spleen”. Los aventureros,

todo el desbocamiento de sus apetitos todavía mal cebados; los favoritos, los actores, los atletas, todo el ambiente de adulación, de insolencia, de intriga, de falsedad, de politiquería, gracias al cual se mantenían.

Augusto, en cuyo reinado nació Jesucristo, intentó en vano suprimir todos estos abusos que venían tendiendo a afirmarse de modo alarmante. Nada consiguió de duradero. En contraposición con esta élite -si es que así se la puede llamar- existía una cantidad incontable de esclavos de todas las naciones, de trabajadores manuales miserables, corrompidos bajo el peso de sus propios vicios y de los ejemplos venidos de lo alto.

Hambrientos, maltratados, codiciosos, ociosos, ellos querían deponer a sus amos, menos por la indignación que les causaban sus desmanes, que por no poder llevar la misma vida que ellos. Todo un cuadro, en fin, que no es necesario tener mucha cultura para conocer, ni mucha finura para sentir en su realidad vital, pues no difiere sensiblemente de los días tenebrosos en que vivimos…

Mientras así era el mundo antiguo, ¿quién era la Santísima Virgen, que Dios creó en aquella época de omnímoda decadencia? La más completa, intransigente, categórica, insofismable y radical antítesis de ese tiempo.

El vocabulario humano no es suficiente para expresar la santidad de Nuestra Señora.

En el orden natural los Santos y los Doctores la comparan al sol. Pero si hubiese un astro inconcebiblemente más brillante y más glorioso que el sol, a él la compararían. Y acabarían por decir que ese astro daba de ella una imagen pálida, defectuosa, insuficiente. Afirman que en el orden moral Ella transcendió todas las virtudes, no sólo de todos los varones y matronas insignes de la Antigüedad, sino -lo que es inconmensurablemente más- de todos los Santos de la Iglesia Católica.

Imagínese una criatura teniendo todo el amor de San Francisco de Asís, todo el celo de Santo Domingo de Guzmán, toda la piedad de San Benito, todo el recogimiento de Santa Teresa, toda la sabiduría de Santo Tomás, toda la intrepidez de San Ignacio, toda la pureza de San Luis Gonzaga, la paciencia de un San Lorenzo, el espíritu de mortificación de todos los anacoretas del desierto: ella no llegaría a los pies de Nuestra Señora.

Más todavía. La gloria de los Angeles es algo incomprensible al intelecto humano. Cierta vez apareció a un Santo su Angel de la Guarda y, tal era su gloria, que el Santo pensó que se tratase del propio Dios, y ya se disponía a adorarlo, cuando el Angel le reveló quién era. Ahora bien, los Angeles de la Guarda no pertenecen habitualmente a las más altas jerarquías celestes. Y la gloria de Nuestra Señora está inconmensurablemente por encima de la de todos los coros angélicos.

¿Podría haber contraste mayor entre esta obra prima de la naturaleza y de la gracia -no sólo indescriptible, sino incluso inconcebible- y la ciénaga de vicios y miserias que era el mundo antes de Cristo?

La Inmaculada Concepción

A esta criatura predilecta entre todas, superior a todo cuanto fue creado, e inferior solamente a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor Jesucristo, Dios confirió un privilegio incomparable, que es la Inmaculada Concepción.

Como consecuencia del pecado original, la inteligencia humana se tornó sujeta al error, la voluntad quedó expuesta a desfallecimientos; la sensibilidad quedó prisionera de las pasiones desarregladas; el cuerpo, por así decir, quedó puesto en rebelión contra el alma.

Ahora, por el privilegio de su Concepción Inmaculada, Nuestra Señora fue preservada de la mancha del pecado original desde el primer instante de su ser. Y, así, en Ella todo era armonía profunda, perfecta, imperturbable. Su inteligenia-jamás expuesta al error, dotada de un entendimiento, de una claridad, de una agilidad inexpresable, iluminado por las gracias más altas- tenía un conocimiento admirable de las cosas del Cielo y de la tierra. La voluntad, dócil en todo al intelecto, estaba enteramente vuelta hacia el bien, y gobernaba plenamente la sensibilidad, que jamás sentía en sí, ni pedía a la voluntad algo que no fuese plenamente justo y conforme a la razón.

Imagínese una voluntad naturalmente tan perfecta, una sensibilidad naturalmente tan irreprensible, ésta y aquella enriquecidas y super enriquecidas de gracias inefables, perfectísimamente correspondidas en todo momento, y se puede tener una idea de lo que era la Santísima Virgen. O mejor, se puede comprender por qué motivo ni siquiera se es capaz de tener una idea de lo que la Santísima Virgen era.

“Inimicitias ponam”

Dotada de tantas luces naturales y sobrenaturales, Nuestra Señora conoció por cierto la infamia del mundo en sus días. Y con esto sufrió amargamente. Pues, cuanto mayor es el amor a la virtud, tanto mayor es el odio al mal.

Ahora, María Santísima tenía en sí abismos de amor a la virtud y, por lo tanto, sentía forzosamente en sí abismos de odio al mal. María era, pues, enemiga del mundo al cual vivió ajena, segregada, sin cualquier mezcla ni alianza, vuelta únicamente hacia las cosas de Dios.

El mundo, a su vez, parece no haber comprendido ni amado a María: no consta que le hubiese tributado una admiración proporcionada a su hermosura castísima, a su gracia nobilísima, a su trato dulcísimo, a su caridad siempre exorable, accesible, más abundante que las aguas del mar y más suave que la miel.

¿Y cómo no habría de ser así? ¿Qué correspondencia podía haber entre Aquella que era totalmente del Cielo, y aquellos que vivían sólo para la tierra? ¿Aquella que era toda fe, pureza, humildad, nobleza, y aquellos que eran todo idolatría, escepticismo, herejía, concupiscencia, orgullo, vulgaridad? ¿Aquella que era toda sabiduría, razón, equilibrio, sentido de las proporciones, templanza absoluta y sin mancha ni sombra, y aquellos que eran todo desmán, extravagancia, desequilibrio, sentimiento equivocado, cacofónico, contradictorio, estridente a respecto de todo, e intemperancia crónica, sistemática, vertiginosamente creciente en todo? ¿Aquella que era la fe llevada por una lógica diamantina e inflexible a todas sus consecuencias, y aquellos que eran el error llevado por una lógica infernalmente inexorable, también a sus últimas consecuencias? ¿O aquellos que, renunciando a cualquier lógica, vivían voluntariamente en un pantano de contradicciones?

“Inmaculado” es una palabra negativa. Significa etimológicamente la ausencia de mancha y, por lo tanto, de todo y cualquier error por menor que sea, de todo y cualquier pecado por más leve e insignificante que parezca. Es la integridad absoluta en la fe y en la virtud. Es, por lo tanto, la intransigencia absoluta, sistemática, irreductible; la aversión completa, profunda, diametralmente opuesta a toda especie de error o de mal. La santa intransigencia en la verdad y en el bien, es la ortodoxia, la pureza, en oposición a la heterodoxia y al mal. Por amar a Dios sin medida, Nuestra Señora correspondientemente amó de todo corazón todo cuanto era de Dios. Y porque odió sin medida el mal, odió sin medida a satanás, sus pompas y sus obras, al demonio, al mundo y a la carne.

Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción es Nuestra Señora de la santa intransigencia.

Verdadero odio, verdadero amor

Por esto, Nuestra Señora rezaba sin cesar. Y, como tan razonablemente se cree, Ella pedía la venida del Mesías, y la gracia de ser sierva de aquella que fuese escogida como Madre de Dios.

Pedía el Mesías para que viniese Aquel que podía hacer brillar nuevamente la justicia sobre la faz de la tierra; para que se levantase el Sol divino de todas las virtudes, disipando las tinieblas de la impiedad y el vicio en todo el mundo .

Nuestra Señora deseaba, es cierto, que los justos que viven en tierra encontrasen en la venida del Mesías la realización de sus ansias y de sus esperanzas; que los vacilantes se reanimasen, y que de todos los abismos, almas tocadas por la luz de la gracia levantasen vuelo hacia las más altas cumbres de la santidad. Pues estas son por excelencia las victorias de Dios, que es la Verdad y el Bien, y las derrotas del demonio, que es el jefe de todo error y de todo mal.

La Virgen quería la gloria de Dios por esa justicia que es la realización en la tierra del Orden deseado por el Creador. Pero, pidiendo la venida del Mesías, Ella no ignoraba que éste sería la Piedra de escándalo, por la cual muchos se salvarían y muchos recibirían también el castigo de su pecado. Este castigo del pecador irreductible, este aplastamiento del impío obcecado y endurecido, Nuestra señora también lo deseó de todo corazón, y fue una de las consecuencias de la Redención y de la fundación de la Iglesia, que Ella deseó y pidió como nadie. Canta la Liturgia: “Ut inimicos Sanctae Ecclesiae humiliare digneris, Te rogamos audinos“. Y antes de la Liturgia por cierto el Corazón Inmaculado de María ya elevó a Dios súplica análoga, por la derrota de los impíos irreductibles.

Admirable ejemplo de verdadero amor, de verdadero odio.

Omnipotencia suplicante

Dios quiere las obras. El fundó la Iglesia para el apostolado. Pero por encima de todo quiere la oración. Pues la oración es la condición de la fecundidad de todas las obras. Y quiere como fruto de la oración, la virtud.

Reina de todos los apóstoles, Nuestra Señora es, sin embargo, el modelo de las almas que rezan y se santifican, la estrella polar de toda meditación y vida interior. Pues, dotada de virtud inmaculada, Ella hizo siempre lo que era más razonable. Y si nunca sintió en sí las agitaciones y los desórdenes de las almas que sólo aman la acción y la agitación, nunca experimentó en sí, tampoco, las apatías y las negligencias de las almas perezosas, que hacen de la vida interior un biombo para disfrazar su indiferencia por la causa de la Iglesia.

Su alejamiento del mundo no significó un desinterés por el mundo. ¿Quién hizo más por los impíos y por los pecadores que Aquella que, para salvarlos, voluntariamente consintió en la inmolación crudelísima de su Hijo, infinitamente inocente y santo? ¿Quien hizo más por los hombres, que Aquella que consiguió que se realizase en sus días la promesa del Salvador?

Pero, confiando sobre todo en la oración y en la vida interior, ¿no nos dio la Reina de los Apóstoles una gran lección de apostolado, haciendo de una y otra su principal instrumento de acción?

Aplicación a nuestros días.

Tanto valen a los ojos de Dios la almas que, como Nuestra Señora, poseen el secreto del verdadero amor y del verdadero odio, de la intransigencia perfecta, del celo incesante, del espíritu de renuncia completo, que propiamente son ellas las que pueden atraer las gracias divinas para el mundo.

Estamos en una época parecida a la de la venida de Nuestro Señor Jesucristo a la tierra. En 1928 escribió el Santo Padre Pío XI que “el espectáculo de las desgracias contemporáneas es de tal manera aflictivo, que se podría ver en él la aurora de este inicio de dolores que traerá el Hombre del Pecado, elevándose contra todo cuanto es llamado Dios y recibe la honra de un culto“ (Enc. Miserentissimus Redemptor del 8 de Mayo de 1928).

¿Que diría él hoy?

Y a nosotros, ¿qué nos compete hacer? Luchar en todos los terrenos permitidos, con todas las armas lícitas. Pero antes de todo, por encima de todo, confiar en la vida interior y en la oración. Es el gran ejemplo de Nuestra Señora.

El ejemplo de la Santísima Virgen, sólo con su auxilio se puede imitar. Y el auxilio de Nuestra Señora sólo con la devoción a Nuestra Señora se puede conseguir. Ahora, ¿en qué puede consistir la devoción a María Santísima sino en pedirle, no sólo el amor a Dios y el odio al demonio, sino aquella santa entereza en el amor al bien y en el odio al mal: en una palabra, aquella santa intransigencia, que tanto resplandece en su Inmaculada Concepción?

Plinio Corrêa de Oliveira, (extracto de “A santa intransigência, um aspecto da Imaculada Conceição“, in Catolicismo n°45, Septiembre de 1954)

4 dic 2011 | por Acción Familia | Tema: Fiestas religiosas

Inscríbase para recibir nuestra Newsletter

Si le gustó este artículo, recomiéndelo sus amigos

_________________________________________

Tags: , ,

Artículos posiblemente relacionados:
  • 8 de Diciembre de 1585: El Milagro de Empel
  • Celebrando la Inmaculada Concepción.
  • La utopía revolucionaria
  • Multitudinaria marcha contra la “píldora del día después”
  • En grave peligro la libertad de enseñanza en España
  • 

    10 comentarios
    Escriba su comentario »

    1. Mil felicictaciones por tan importante e interesante articulo sobre al Inmaculada Concepcion, es muy bueno hacerlo llegar a tosos los seres del globo terraqueo para que se inspiren con fe en la Santisisma Virgen.
      Saludos cordiales,
      Dalia Guerrero Q

    2. Tras haberme felizmente empapado de este magnífico artículo de la Santísima Virgen, seguiré orándole para que nos aumente la Fé y podamos guiar u orientar a nuestro prójimo.
      Desde el desierto mas árido del mundo (de Atacama-Chile) recibid mis deseos de Feliz Navidad 2007 y bendiciones para el 2008.
      Desiertonauta.

    3. Me impresiona cómo puede obtenerse una imagen próxima de la Madre tres veces admirable a través de un comentario tan bien hilado, estructurado, lógico en cuanto sus aspectos sintáxicos pero por sobre todo por su contenido, en la medida que trata de reflejarle en su magnificencia, su dimensión única e irrepetible.
      Un artículo sin duda de máxima expresividad humana en justicia hacia Ella, hacia quien aun nos alberga, nos cobija y aboga en favor nuestro sin merecerlo; la esperanza que mantiene conmueve e invita a ser un tanto dignos de su defensa.
      Comparto la alegría de ser su hijo.

    4. Un documento esclarecedor, un mentís para aquellos que creen erradamente que se puede ser católico “a su manera”, que nuestra conducta debe adaptarse a los signos de los tiempos. Hay una sola manera de ser católico, a la manera de Dios, que es el ejemplo que nos da la Santísima Virgen

    5. Alma Redemptoris.
      Augusta Madre del Redentor, que del Cielo siempre puerta abierta eres, y estrella del mar, socorre a tu pueblo caído, que anhela resucitar; tu que generaste, con maravilla de la naturaleza, a tu Santo Creador, Virgen antes y después, que de la boca de Gabriel acogiste aquel saludo, ten piedad de los pecadores, Amen.
      Muy buena la reflexión sobre Nuestra Madre, el 8 la celebraremos con mucha alegría, junto a todo el cielo. Felicitaciones por la labor tan linda de tener un espacio entre los católicos, tan necesitados de la verdad, que Dios los bendiga, junto a Nuestra querida Madrecita, que nos toma de la mano para llevarnos a su hijo.
      Isabel Margarita.

    6. Gracias por la información entregada, siempre es alentador saber más de cómo Nuestra Madre vivió para tratar en lo posible de parecernos un poquito a ella.
      Felicitaciones

    7. Bello y alentador artículo.
      María Santísima nos libra del pecado de omisión, debemos mejorar y mejorar nuestro medio. Gracias.

    8. Despues de leer el artículo solo soy capaz de añadir:

      Bendita sea tu pureza
      y eternamene lo sea
      pues todo un Dios se recrea
      en tran graciosa belleza.
      A ti celestial princesa
      Virgen sagrada María
      yo te entrego en este día
      alma, vida y corazón
      mírame con compasión,
      no me dejes Madre mía.

    9. Gracias!!!!!! por toda la informacion que recibo,y felicitaciones por la presentacion de esta.Me despido y les deseo un muy buen fin de año

    10. Excelente comentario, tal vez un poco largo y en un castellano demasiado
      elevado que lo hace difícila de entender a las personas sencillas que no han tenido la suerte de recibir una educación acorde con el nivel necesario para asimilar el vocabulario que emplea el autor. Es sólo un detalle que en nada desmerece la calidad del comentario.

    Escriba su comentario

    Apreciamos mucho sus comentarios pero, por razones técnicas, agradecemos no extenderse excesivamente.