Bienes del alma en la vida popular | Acción Familia
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Bienes del alma en la vida popular

El Museo Nacional de Arte Antiguo, de Portugal, guarda entre otras preciosidades el Pesebre de san Vicente de Fora, del escultor Joaquín Machado de Castro, del Siglo XVII. Presentamos en nuestra fotografía un pormenor de ese Pesebre: los pastores que vienen a adorar al Niño Dios.

Si bien la intención del autor haya sido la de representar a gente de campo de Judea, en el tiempo del nacimiento de Nuestro Señor, andrajosa, como muchas veces lo eran los pastores en Oriente, no obstante los tipos humanos, las fisonomías, los gestos, los modos de ser que plasmó en su obra corresponden a personas del ambiente que rodeaba al artista, esto es, el del buen pueblo campesino y sencillo de Portugal, en el siglo XVII.

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Al considerar a primera vista esta escena, uno u otro observador experimentará una sensación de desorden. Estamos habituados a las masas disciplinadas y sin alma de las grandes ciudades modernas, que vemos llenar silenciosamente los cines, o atravesar sombría y apresuradamente los cruces de las calles, cuando el silbato de un guardia o una señal luminosa detiene el tránsito de los vehículos para dejarlas pasar. Esas multitudes sin alma y patronizadas, incluso cuando aplauden unánimes en grandes manifestaciones colectivas, parecen un solo ente inmenso, en que se habrían disuelto las personas, como gotas de agua en el mar.

En esa perspectiva, ese montón de gente causa extrañeza. Todos, habiendo escuchado el mensaje angélico, corren al encuentro del Pesebre. Hasta el perro del primer plano, está apresurado. Pero en cada figura la nota personal es tan peculiar, que el grupo en su conjunto tiene algo de efervescente y caótico.

Y en efecto cada rostro, cada modo de andar o de correr, expresa una reacción enteramente personal en relación a la Buena Nueva. Los dos muchachos que aparecen al frente, parecen simplemente movidos por la curiosidad. Es la despreocupación real y muchas veces excesiva de su edad. Un campesino, ya más maduro, con ojos dilatados y brillantes por la alegría y fisonomía inteligente parece intuir con mucho discernimiento el alcance del gran acontecimiento. Más atrás, un viejo con un sombrero de ala grande levantada, grita y llora de emoción. Al fondo un personaje con un capuchón y barba blanca, a un tiempo veloz y meditativo, se muestra profundamente impresionado.

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Cada alma, en este grupo de lúcidos analfabetos, da muestras de un mundo interior del cual surge la expresión de una personalidad pujante.

Ignorantes, iletrados, ellos no fueron sometidos a los terribles procesos de patronización de la civilización mecánica del siglo XX. no tienen el pensamiento impuesto por los mismos periódicos, la sensibilidad modelada por el mismo cine, la atención subyugada todo el día, por al atracción magnética de la radio y de la televisión.

Y esto nos hace recordar el trecho admirable “ y nunca suficientemente citado “ de Pío XII, sobre “pueblo y masa”.

Pueblo y multitud amorfa, o como se suele decir, masa, son dos conceptos diferentes. El pueblo vive y se mueve con vida propia; la masa es de suyo inerte, y no puede moverse sino por la acción de un agente externo. El pueblo vive de la plenitud de la vida de los hombres que lo componen, cada uno de los cuales “ en su propio lugar y a su propio modo “ es una persona consciente de sus propias responsabilidades y de sus propias convicciones. La masa, por el contrario, espera una influencia externa, juguete fácil en las manos de quien quiera que juegue con sus instintos o impresiones, presta a seguir, según el turno, hoy esta y mañana aquella bandera. De la exuberancia de la vida de un verdadero pueblo, la vida se difunde abundante y rica, en el Estado y en todos sus órganos, infundiendo en ellos con vigor incesantemente renovado, la conciencia de la propia responsabilidad y el verdadero sentido del bien común”. (Radiomensaje de Navidad de 1944)

Plinio Corrêa de Oliveira, Catolicismo nº 113 – Mayo de 1960

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05/12/2016 | Por | Categoría: Ambientes Costumbres
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