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El giro ecológico de la “postmodernidad”

La cultura «postmoderna» tiene algunos aspectos bastante sorprendentes, especialmente en comparación con los que tenía hace unas décadas. Ella adopta la tendencia ecologista de redescubrir, reevaluar y proponer como modelo de sociedad lo que es regresivo, primitivo, salvaje y tribal.

Hasta hace poco, se rendía homenaje al Hombre el Señor de la Naturaleza; hoy, sin embargo, se inciensa a la naturaleza como ídolo y dueña de la humanidad y su destino.

La postmodernidad nos propone volver a la tribu salvaje
La cultura «postmoderna» propone un modelo que es primitivo, salvaje y tribal.

No hace mucho tiempo, la cultura dominante era racionalista y científica, orientada a dar forma a una civilización avanzada y construir una sociedad burocrática y tecnocrática. Hoy en día, prevalece una cultura irracional y mágica dirigida a formar una civilización regresiva.

Antes, uno planeaba una sociedad culta, estable, rica, cómoda y conquistadora. Hoy, sin embargo, está surgiendo una nueva sociedad que es ignorante, precaria, pobre, incómoda y simplificada; la tendencia es de «deconstruir» la sociedad transformándola en una comunidad anárquica y tribal.

Este «regreso a la naturaleza» no es tan nuevo como parece. Si recordamos la historia del proceso revolucionario, notamos que ‒con el pretexto de construir un futuro diseñado sobre la base de la racionalidad científica y tecnológica‒ a menudo se ha soñado con regresar a un pasado perdido, a un origen virgen, a un «paraíso terrenal» en el que la humanidad viviría feliz al no ser consciente de todas las cosas, despojada y libre de todo.

El descubrimiento de un modelo tribal de sociedad

La historia está llena de proyectos utópicos fallidos que intentaron recuperar una felicidad perdida volviendo a un origen virgen.

Su número explotó en el siglo XVI precisamente con el advenimiento de la «civilización moderna», que exigía que el conocimiento y la fuerza de voluntad se pusieran al servicio de la utopía para construir una sociedad libre y feliz.

Poco después del descubrimiento de las Américas, los barcos que llegaron a los nuevos continentes comenzaron a interesar no solo a sacerdotes, geógrafos, naturalistas y comerciantes, sino también a «filósofos» que hoy serían llamados etnólogos o antropólogos, ansiosos por estudiar la vida de los pueblos descubiertos.

Esos eruditos estaban decepcionados con su propia civilización, a la que acusaban de ser complicada, planificada, injusta y desgarrada por divisiones y guerras.

Como recordarán, la revolución protestante acababa de estallar. En sus viajes, buscaron redescubrir un «paraíso terrenal», una alternativa a la civilización, un nuevo modelo de sociedad para reemplazar al de la vieja Europa.

Usando el lenguaje de moda de hoy, podemos decir que abandonaron el «centro» para buscar los «suburbios», rechazando el exclusivismo para «abrirse al otro», estableciendo uniformidad para descubrir las diversidades.

Rousseau el utopista que creó el mito del buen salvaje
Jean Jacques Rousseau, líder de la promoción del mito del “Buen Salvaje”.

Algunos de esos eruditos no solo estudiaron desapasionadamente la vida de los salvajes, sino que las interpretaron de acuerdo con sus propias nociones preconcebidas.

Creían ingenuamente que la sociedad tribal carecía de propiedad, comercio, familias, instituciones, leyes, privilegios, jerarquías y autoridades políticas y religiosas.

Pensaban que los salvajes vivían libres de certezas, deseos, escrúpulos, seguridad, agresiones, guerras, una vida sin forma e indiferente que hoy llamaríamos budista o vegana (aunque los salvajes estaban ansiosos por comer animales).

Según esos estudiosos, todas estas privaciones hicieron a los salvajes no solo ignorantes e ingenuos, sino también pacíficos, castos, humildes, altruistas, generosos, sabios. No sentían las consecuencias del Pecado Original porque gozaban de una inocencia original.

En resumen, aquellos eruditos imaginaron que habían descubierto en la sociedad tribal la comunidad ideal con la que soñaban, por lo que la consideraron un modelo y la propusieron a los europeos como una alternativa a su civilización «corrupta».

Las utopías salvajes del Renacimiento y la Ilustración

El siglo XVI, un período histórico que marcó el triunfo de la cultura humanista, la civilización neopagana y la sociedad secularizada, también vio el surgimiento de las utopías que pretendían reunir el conocimiento y el poder necesarios para un retorno al «paraíso terrenal».

Algunas sectas protestantes, como los anabaptistas, ya soñaban con una sociedad desprovista no solo del Papado, sino también de cualquier autoridad religiosa, poder político, familia o propiedad privada.

Algunos exponentes del llamado Renacimiento «erudito» ‒escéptico en religión, libertario en política y libertino en moral‒ soñaban con una sociedad que era feliz porque estaba libre de restricciones religiosas, políticas y jurídicas. El francés Etienne de la Boétie, por ejemplo, alumno de Montaigne, esperaba que Europa se convirtiera en un continente «sin fe, reyes o leyes».

Al mismo tiempo, entre los siglos XVI y XVII, ilustres humanistas elaboraron proyectos utópicos precisos. Comenzó con Tomás Moro quien, con su famosa obra Utopía (1516), acuñó el nombre para ellos, y continuó con la Ciudad del Sol del Dominicano Tommaso Campanella (1602). Esas fantasías literarias, sin embargo, no estaban destinadas a imponerse en la sociedad real.

Francis Bacon Nueva Atlantis otro paso en la utopía de un mundo nuevo
Nueva Atlantis, por Sir Francis Bacon

Más tarde, sin embargo, con la Nueva Atlántida (1612) del anglicano Sir Francis Bacon y la Ley de la libertad (1652) del puritano Gerard Winstanley, propusieron la Utopía como un programa ideal para ser implementado científicamente utilizando técnicas políticas y económicas inventadas por las nacientes “ciencias sociales”.

Para evitar la censura eclesiástica, muchos autores propusieron sociedades ideales utilizando la ficción literaria del descubrimiento geográfico de sociedades distantes. Gabriel Foigny, en su libro The Southern Land (1676) sobre un viaje ficticio, imaginó una sociedad primitiva compuesta por personas asexuales de sexo múltiple con una sexualidad ambigua o mutante, tal como lo hacen hoy los teóricos del género.

Aunque se cree que la Ilustración ha sido culta, científica, pragmática y refinada, esta literatura utópica tribalista continuó durante el siglo XVIII. Escritores como Fontenelle, Meslier, Deschamps y Rétif de la Bretonne argumentaron que la felicidad es el resultado de la «simplicidad», entendida como la ausencia de dogmas, leyes, deberes, obligaciones y restricciones sociales. Morelly escribió el Código de la Naturaleza (1755), Rousseau, una pedagogía de la «espontaneidad salvaje», y Diderot, el proyecto político intentado durante la Revolución Francesa, con los resultados que conocemos.

La utopía tribal del socialismo

En el siglo XIX, cuando científicos y sociólogos se unieron a etnólogos y antropólogos, algunos estudiaron el sistema social de las sociedades amerindias precolombinas (aztecas e incas).

Si bien esas sociedades eran tiránicas, opresivas, esclavistas e incluso propensas a perpetrar masacres, fueron elogiadas por su base de «solidaridad», es decir, vivir en simbiosis con la naturaleza y capaces de unir a innumerables individuos en una entidad colectiva que actuó como un acuerdo y cuerpo poderoso, como un «gran animal».

La realidad del buen salvaje: los sacrificios humanos
Ejemplo de sociedad pre-colombina ‘solidarizada’ y pacífica:  sacrificios humanos practicada por los aztecas

Algunos autores socialistas intentaron contrarrestar el modelo tecnocrático del positivismo con el modelo primitivo del «Tercer Mundo» o la vida tribal de las comunidades salvajes.

Soñaban con una sociedad liberada de la autoridad religiosa, política y económica, en la que todo sería colectivo: del matrimonio a la educación de los hijos, de la propiedad a la herencia, del trabajo al entretenimiento, de la enseñanza a la vivienda, de la comida a la ropa.

El nacimiento, el crecimiento y la muerte del hombre tendrían que someterse a una socialización que presuponía la secularización y el empobrecimiento. El utopista socialista Fourier, por ejemplo, diseñó un sistema social similar al de los imperios amerindios, en el que un colectivismo de tipo tribal subyugaba todos los aspectos de la vida individual.

Este modelo primitivo también influyó en el llamado socialismo científico.

El mismo Marx estableció la revolución comunista para abolir los factores alienantes y opresivos ‒propiedad, dinero, comercio, familia, educación y leyes, autoridades políticas y religiosas‒ que dominaron la historia desde la sociedad patriarcal a la burguesa.

Esta abolición permitiría un retorno a esa comunidad primordial ideal, esa «horda primitiva» imaginada por Engels, en la cual «todo es de todos», todos son iguales entre sí, no solo con respecto a las posesiones y el poder, sino también en sus pensamientos, deseos y sentimientos.

Este fue el objetivo de los primeros experimentos realizados por el régimen leninista en Rusia y el maoísta en China.

La sangrienta dictadura de los Khmer Rouge en Camboya fue un intento trágico, aunque evidentemente fracasado, de erradicar a toda una población de su civilización deportándola a la selva para experimentar una vida tribal salvaje.

El socialismo «posmoderno», que comenzó con la revolución sexual y ecológica de Wilhelm Reich, Erich Fromm y Herbert Marcuse, implementado desde mayo de 1968, continúa persiguiendo su objetivo original, ahora reducido a su dimensión irracional, despojadora y destructiva.

 No es de extrañar que el mismo término «Revolución» (del latín revolver) no exprese una progresión hacia el futuro, sino un retorno al pasado, a un estado primordial perdido y lamentado de perfección y felicidad imaginado como un «reino de libertad e igualdad” ‒siempre que la gente abandone la civilización. Por lo tanto, la elección que enfrentamos hoy es entre la barbarie revolucionaria y la Civilización cristiana.

Guido Vignelli

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22/04/2019 | Por | Categoría: Tribalismo Indígena
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Un comentario to “El giro ecológico de la “postmodernidad””

  1. Maria de la Luz Alvarez Marin dice:

    La elección que nos queda es bastante dura, porque los ataques a la civilización cristiana no paran y pareciera que no somos capaces de ponerle freno a la sociedad sin restricciones que se propone. Pero me queda la esperanza que el Señor es es Rey de la historia, ésta terminará bien ya que El no quiere la destrucción de la humanidad, pues somos sus hijos.

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