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Armoniosa convivencia entre los Príncipes y el pueblo en Sigmaringen

La pequeña ciudad alemana de Sigmaringen se abriga junto al majestuoso castillo de los Hohenzollern, que se yergue en lo alto de una colina. Los cerca de 17 mil habitantes tratan a “su” Príncipe de “Alteza Serenísima”, en un ambiente de respeto mutuo. “El Príncipe es como un padre”, dice el ingeniero Manfred Niederdraeing, quien sin embargo manifiesta restricciones en relación a los nobles, pero que cree que “tienen una enorme ventaja: ellos piensan en generaciones, y no en periodo de elección”. Ute Korn-Amann, periodista local del “Schwäbischen Zeitung”, afirma: “No se puede concebir Sigmaringen sin príncipe, él simplemente le pertenece a Ella”. En la hora en que los políticos de todo tipo decepcionan, muchos sienten añoranzas del papel social y político de la nobleza.

De hecho una auténtica aristocracia debe encarnar las perfecciones a que está llamada la colectividad. En efecto, toda ciudad o región tiene como una especie de personalidad colectiva, que en cierto sentido vale más que la suma de las personalidades individuales. Esa “alma común” es, en el fondo, una síntesis de las perfecciones hacia las cuales tienden los individuos, las familias y las clases de esa ciudad o región. Ella es el producto colectivo de la marcha general rumbo a la perfección.

El aristócrata, mejor que los otros, representa a aquel conjunto en sus aspectos más altos, y constituye una encarnación de aquel lugar.

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14/04/2018 | Por | Categoría: Familia tradicional
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