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La justicia está en la desigualdad cristiana

Es corriente el uso de los vocablos “derecha” e “izquierda” para calificar posiciones tomadas en los más variados temas: básicamente en cuestiones políticas, sociales o económicas, pero también en modos de sentir o de ser, como en literatura, en artes, etc.

Un examen de los diversos significados de estos términos hace ver, luego a primera vista, un tal caos que, según muchos observadores, aquellos vocablos perdieron cualquier valor como etiquetas calificativas de actitudes ideológicas, culturales o morales.

A pesar del talento, de la cultura y de la proyección publicitaria de muchos de los que desde hace tiempo así piensan, “derecha” e “izquierda” continúan entretanto palabras de uso corriente y, se diría, indispensable para quien proceda habitualmente a análisis ideológicos.

Este hecho parece demostrar que, en el centro de ellas, hay algo sustancioso y auténticamente expresivo. Hasta de insubstituible ‒al menos mientras el uso común no consagre otros vocablos que los sustituyan.

Tengo el propósito de analizar aquí ese “algo de sustancioso”, para ver con los lectores si mi modo de sentirlo corresponde al de ellos, al del público en general. Lo haré muy brevemente, dadas las limitaciones naturales de este trabajo periodístico.

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Comienzo haciendo notar que, en el significado de esas dos palabras correlacionadas, no todo es imprecisión. En él hay una zona clara. Definida esta, será posible detectar, “de proche en proche”, el camino que conduce, a través de los significados menos claros, hasta una elucidación final de lo que “derecha” e “izquerda” quieren decir.

La zona clara está en la palabra “izquierda”. En vista de la trilogía de la Revolución Francesa, aún en nuestros días el consenso general no duda en calificar de izquierdista perfecto y acabado a quien se afirme a favor, no de una Libertad, de una Igualdad y de una Fraternidad cualquiera, sino de la libertad total, igualdad total y de la fraternidad también total. De alguien que sea, en suma, un anarquista, en el sentido etimológico y radical de la palabra (del griego “an”, privativo, y “archê”, gobierno), con o sin la connotación de violencia o terrorismo.

Los izquierdistas moderados califican de utópico (“desgraciadamente utópico”, suelen decir) el sueño de su correligionario integral. Ninguno de ellos negará, sin embargo, la plena autenticidad izquierdista de esa utopía.

En función de ese marco de izquierdismo absoluto, es fácil discernir cómo ‒dentro de la escala izquierdista‒ un programa, o un método, puede ser calificado de más izquierdista, o menos. Es decir, será tanto más izquierdista, o menos, cuanto más se acerque o se aleje del “an‒arquismo” total.

Así, por ejemplo, el socialista es tanto más izquierdista cuanto más efectiva y general es la igualdad que reivindica. Y será integralmente izquierdista el que reivindique la igualdad total.

Análoga afirmación debe hacerse en relación a otro “valor” de la trilogía de 1789. Me refiero en especial al liberalismo político. Él será tanto más izquierdista cuanto más reclame la libertad total.

Bien entendido, hay ciertas contradicciones entre socialismo y liberalismo. Y esto conduce a fáciles objeciones contra lo que acabo de afirmar. Así, el totalitarismo económico fácilmente destruye la libertad política. Y recíprocamente. Pero esta contradicción existe sólo en las etapas intermedias que aún no son el anarquismo total, si bien predisponen para él. Porque tanto se puede llegar a este último por una libertad absoluta, cuanto ‒y principalmente‒ por una igualdad absoluta. La libertad absoluta propicia la ofensiva general de los que son o que tienen menos, contra los que son o tienen más. Y, a su vez, la igualdad completa importa en la negación de toda autoridad, y por tanto de toda ley. Estas dos vías tan diferentes no son paralelas que se encuentran en el infinito. Por más contradictorias que en la práctica del moderado cotidiano de hoy, convergen hacia el punto final “anárquico”, en el cual una y otra se encuentran y se completan.

Así, es cierto que, según el consenso general, el izquierdismo tiene su punto omega y su escala de “valores” bien definida.

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La cuestión consiste ahora en saber si lo tiene, de modo simétrico, la “derecha”.

Aquí, la confusión es innegable. Sin que ella llegue, sin embargo, a cortar el hilo conductor, el cual, análogo a lo que ocurre con la izquierda, conduce “de proche en proche” a una clasificación de los sutiles matices del derechismo.

Las palabras “derecha” e “izquierda” surgieron en el vocabulario político social y económico de la Europa del siglo XIX. El izquierdismo era una participación ideológica en el pensamiento y en la obra de algo todavía reciente y bastante definido en sus líneas generales, es decir, la Revolución Francesa. La izquierda no era sólo una negación volcánica de una tradición que parecía muerta, sino también y cada vez más la afirmación de un futuro que se diría fatal. A la vista de la revolución abrumadora, la derecha sólo se definió poco a poco, de modo tanteante y contradictorio (cfr. Michel Denis, “Les Royalistes de la Mayenne y le Monde Moderne”, Publications de l’Université de Haute‒Bretagne, 1977).

Definiéndose como un anti‒izquierdismo, y “a fortiori” como un anti‒anarquismo, ¿qué tendría que ser en todo rigor de lógica la derecha?

Como ya dije, está en la esencia del anarquismo total la afirmación de que toda desigualdad es injusta. Así, cuanto menor es la desigualdad, menor es la injusticia. La libertad es perseguida por el anarquismo, precisamente porque la autoridad es en sí misma una negación de la igualdad.

El derechismo afirma, pues, que, en sí misma, la desigualdad no es injusta. Que en un universo en el cual Dios creó desiguales a todos los seres, incluso y principalmente a los hombres, la injusticia es la imposición de un orden de cosas contraria a la que Dios, por altísimas razones, hizo desigual. (cfr Mt. 25, 14‒ 30, 1 Cor. 12, 28 a 31, Santo Tomás, “Suma contra gentiles”, Libro III, Cap. LXXVII).

Así, la justicia está en la desigualdad.

De esa verdad básica ‒conviene recordar de paso‒ no se deduce que cuanto mayor sea la desigualdad, más perfecta es la justicia. En materia de izquierdismo, es lógica la afirmación antitética (cuanto menor es la desigualdad, menor la injusticia). Es flagrante la asimetría entre la perspectiva izquierdista y derechista.

En efecto, Dios creó las desigualdades, no aterradoras y monstruosas, pero proporcionadas a la naturaleza, al bienestar y al progreso de cada ser, y adecuadas a la ordenación general del universo. Y tal es la desigualdad cristiana.

Análogas consideraciones se podrían hacer acerca de la libertad en el universo y en la sociedad.

Pero ese patrón de derechas no es la desigualdad absoluta, simétrica y opuesta a la igualdad absoluta. Es la desigualdad armónica, conviene insistir. Cuanto más una doctrina sea contraria a la trilogía de 1789 y se aproxime a ese patrón de desigualdades armónicas y proporcionadas, tanto más será derechista.

No siempre lo entendieron así los pensadores u hombres de acción que, erigiéndose en el siglo XIX como en el siglo XX, contra la Revolución, fueron calificados sólo por esto de derecha.

Ellos, o los que los estudiaron, imaginaron a veces que el rótulo de derechismo podía justificar desigualdades abismáticas (políticas y sociales, pero, la mayor parte de las veces, económicas). Como si en esto consistiese la ápice extremo de la coherencia derechista.

Otros “derechistas” hicieron a su vez concesiones al espíritu igualitario, porque ellos estaban infiltrados por los principios revolucionarios que combatían. O por táctica política, es decir, para la conquista y la conservación del poder. Véase el cuño socialista oficial del fascismo, y no sólo oficial, sino hasta marcadísimo, del nazismo.

Por todo esto, el vocablo “derecha” no alcanzó en el lenguaje corriente un sentido tan claro como “izquierda”, y ha servido para designar no sólo el verdadero derechismo de inspiración cristiana, sacral, jerárquico y armónico (cfr. Plinio Corrêa de Oliveira, (“Revolución y Contra‒Revolución“, ), sino también a los “derechistas” modelados en parte por tradiciones cristianas, y en parte por principios ideológicos (como también por experiencias) peculiares.

Sin embargo, me parece que, por más importantes que hayan sido las notas socialistas de ciertas corrientes dichas de derecha, el lenguaje corriente sólo las califica como derechas, imaginando ver en ellas una afinidad (mayor o menor) con el derechismo cristiano ideal que arriba he descrito. El cual, por una tradición multisecular, permanece en el conocimiento consciente o subconsciente de todos.

En síntesis, a la derecha y a la izquierda, al final del horizonte hay un marco definido, a partir del cual sigue, “en degradé”, la gama de los matices intermedios.

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Dije “sacral”. Sé que el término entró inopinadamente en el artículo. Es que el límite de este no me permite mostrar cuál es, a mi ver, el papel central de la Religión, en la concepción derechista auténtica, que acabo de anunciar. Y que, obviamente, es mi concepción, como la de la TFP.

Digo sólo, casi a título de “post‒scriptum”, que el derechismo laico o ateo es absurdo, porque el universo y el hombre son impensables sin Dios. Lo que no importa en que yo, que me considero adepto, en tesis, de la unión de la Iglesia con el Estado, la desee para nuestros días “in concreto”: con lo que me explico ante los que no interpretan bien el pensamiento de la TFP.

Recomiendo la lectura de mi citado ensayo, para quien desee conocer el pensamiento de la mayor organización civil anticomunista del Brasil actual.(“Bajarlo gratuitamente aquí“)

[1] Plinio Corrêa de Oliveira, Traducido del “Jornal da Tarde”, de 9-6-1979

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28/06/2018 | Por | Categoría: Formación Católica
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