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La complementariedad del amor paterno y materno, base del buen orden en la familia

Familia popular

La complementariedad del amor paterno y materno son la base del buen orden en la familia.

En la familia, el padre representaría más la Providencia ‒vamos a dejar, por lo tanto, el lado castigo, el lado sombra‒ el padre representa más la previdencia; representa más la vigilancia contra el enemigo externo; representa más la amplia visión, el espíritu arquitectónico; mientras la madre representa más el cariño, el afecto, el bienestar del individuo en la situación creada por el padre.

Sin embargo, la civilización cristiana engendró un tipo de cortesía en el que la mujer pasa siempre delante del hombre.

Esto se debe a que la mujer es el símbolo de unos tantos valores muy elevados, que fácilmente la brutalidad masculina masacra. Y que, por otro, lado fácilmente deslumbran al hombre. De manera que ella debe tener una precedencia con relación al hombre, como el individuo coloca ante sí el símbolo de valores que admira; así como el hombre coloca una bandera delante de sí.

Aquí hay una cosa muy delicada.

Por ejemplo, la Emperatriz María Teresa era una mujer en su esplendor. Porque ella era enteramente una mujer, pero tenía ciertos lados de alma varoniles. Era la mujer fuerte del Evangelio.

María Teresa era más mamá con los hijos que con las hijas. Ella era madre con los hijos, y era más padre con las hijas. Lo que por cierto es correcto, porque le competía dar una educación a las hijas con una cierta firmeza.

También, cuando murió Santa Teresa de Jesús, alguien dijo: murió un gran hombre, la monja Teresa de Jesús.

Un hombre, que en su esplendor es un gran hombre, tiene algunos rasgos maternos. Sin que la mujer quede hombruna, lo que es monstruoso; y sin que el hombre quede un afeminado.

Comprendemos así cómo el orden creado por Dios es a la vez sumamente rectilíneo y sumamente en zigzag. Y esas atribuciones como que se intercambian, de manera que la madre es el padre de las hijas y el padre es madre de las hijas, cada uno a su modo es padre y madre.

La mujer es el símbolo de unos tantos valores muy elevados, que fácilmente la brutalidad masculina masacra.

El primogénito por ejemplo es de algún modo completamente hermano de sus hermanos, es el hermano por excelencia. Pero por un lado él es un poco padre.

Y la hermana mayor tiene que ser medio padre de las otras.

El proceso de complementación, que es uno de los elementos indispensables para todo el buen orden, viene de las contingencias, de la incapacidad de alguien ser todo. Ese proceso de complementación rellena el orden con una realidad y con una perfección, con una plenitud, que no limita al padre o a la madre tan sólo en sus características distintivas.

Un extremo armónico sostiene en el ser al otro extremo también armónico. Porque, por ejemplo, una canción que tiene una nota aguda, supone otra nota del otro extremo.

Entonces el varón por excelencia, tan varón, que tuvo la varonilidad suma, la más alta que el hombre pueda tener, Nuestro Señor Jesucristo, fue el varón de dolores. Él es como el sol que nació de las aguas de la Virgen, completamente femenina. Entonces también esta armonía hombre-mujer necesitaba ser vista allí, sin lo que no podría ser adecuadamente vista. Los Evangelios nos relatan varias ocasiones en las que Nuestro Señor muestra una ternura casi materna. “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los polluelos, y tú no quisiste!” (San Lucas,13, 34-35)

En el orden del universo no todo podría reducirse a una maternidad. Porque hay algo, cualquier forma súper excelente de perfección moral inherente a la paternidad y que debería dar su colorido también al orden del universo.

Plinio Corrêa de Oliveira, Conferencia del 8 de agosto de 1974 (Texto adaptado)

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03/12/2018 | Por | Categoría: Formación Católica
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