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Fiesta de la Circuncisión de Nuestro Señor

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El Niño Dios derrama en la Circuncisión las primeras gotas de su sangre en favor de los hombres

En medio de las fiestas del año nuevo, hay un aspecto que va cayendo insensiblemente en el olvido: es la celebración de la festividad de la Circuncisión del Señor. El Niño Dios quiere ya derramar en su primera infancia, gotas de su sangre en favor de los hombres.

La ceremonia de la circuncisión fue impuesta por la Ley Antigua a todos los hombres nacidos de la raza de Israel. Nuestro Señor Jesucristo no estaba sujeto a la Ley, ya que siendo Dios verdadero, no tenía que someterse a la Ley que Él mismo había hecho. Pero quiso someterse a esta ceremonia porque tenía razones muy importantes para ello.

¿Podemos saber cuáles fueron las razones que le llevaron a esto?

Nuestro Señor no estaba sujeto a la Ley, pero quería dar prueba de Su amor a la Ley que Él mismo había hecho, y más aún por Su amor a todas las leyes, a todo el orden que estableció en el universo, a toda autoridad por El constituida. Por esta razón Él, Dios-Hombre, quiso humillarse y cumplir la Ley como un hombre cualquiera  para que comprendamos que también debemos amar la ley hecha por Él. También amar todas las leyes justas y razonables que están de acuerdo con el orden establecido, señalándonos un camino que debe formar nuestras almas.

¿Qué es concretamente amar la ley de Dios? ¿Por qué debemos amar la Ley de Dios? ¿Qué es la Ley de Dios?

En la Ley de Dios encontramos dos elementos distintos. Algunos elementos, como los Diez Mandamientos, fueron leyes promulgadas por Dios en el Antiguo Testamento, revelados y dados a Moisés. Son leyes que resultan del orden natural de las cosas. La naturaleza misma de las cosas ordena al hombre que las obedezca. Dios solo ha codificado estos principios, de los cuales Él es el autor, porque lo es del propio orden natural. Codificó estos principios y para enseñar a los hombres a obedecer y a proceder bien.

El hombre debe amar y seguir los Mandamientos porque son la manifestación de la voluntad de Dios, un reflejo del orden del universo y un reflejo de Su santidad infinita.

Teniendo en cuenta que después del pecado original, la inteligencia humana no sería lo suficientemente clara como para conocer estos principios; que la mente humana oprimida por las pasiones equivocadas se tornó insegura y no puede conocer ni practicar adecuadamente estos principios, Dios Nuestro Señor reveló a Moisés los Diez Mandamientos.

¿Por qué debemos amar los Diez Mandamientos?

La razón más evidente es que fueron revelados por Dios; son órdenes Dios y, así como nosotros debemos amar a Dios, adorar a Dios sobre todas las cosas, así también debemos querer sobre todo hacer Su voluntad. El amor a la voluntad Suya es un prolongamiento, una derivación del amor que nosotros debemos tenerle.

El menosprecio de los Mandamientos de Dios provoca la desintegración de la familia

Pero ésta no es la única razón. No nos basta amar los Mandamientos solamente por esto, sino porque son la expresión del orden natural y que, por esto, son buenos. Son intrínsecamente sanos. Porque son un reflejo del propio Dios, un reflejo de la santidad de infinita de Dios.

Si queremos tener una idea, una noción de la santidad infinita e increada de Dios, debemos analizar los diez mandamientos. Así podremos comprender cómo es la santidad Dios y adorarla. Por eso debemos amar los Diez Mandamientos.

Los Diez Mandamientos no podrán ser alterados pues Nuestro Señor vino a completar la ley y no a revocarla.

Los Diez Mandamientos no pasarán, nada será acrecentado ni quitado. En la Nueva Ley nuestro Señor agregó algo a la moral católica pero dejó intactos los Diez Mandamientos.

En el Antiguo Testamento Dios dio a los hombres una serie de determinaciones, como el modo de organizar el Estado de Israel, que no eran impuestas por el orden natural, como es el caso de la circuncisión. Sin embargo, Nuestro Señor quiso ser un modelo perfecto de obediencia al Padre eterno, sujetándose no sólo a los Mandamientos, sino también a sus consejos.

En el Santo Evangelio vemos como El se dirigía al Padre Eterno con expresiones de una gran unión, de una gran obediencia. Hasta cuando dijo: “Padre mío, si fuere posible que pase de mi este cáliz; pero sea hecha a vuestra voluntad y no la mía”. Y al final de su agonía, dijo: “Padre mío, en vuestras manos encomiendo mi espíritu”. El pedía esto al Padre Eterno, en un acto de adoración y de su misión en el último instante de su vida.

Ese espíritu de obediencia, ese espíritu de respeto y de amor entusiasmado a las leyes que están de acuerdo con el orden, que están de acuerdo con la voluntad de Dios: ese es el espíritu que debemos tener y que nos enseñó también en un episodio de su vida que fue de la circuncisión. Allí derramó su primera sangre por el género humano. Por designios misteriosos de Dios, aunque una simple gota de sangre suya pudiese tener un efecto redentor, Dios no quiso que la Redención se diese por este medio. Fue necesario que ella se diera por un diluvio de sangre derramado durante su Pasión.

El ejemplo de obediencia dado por Nuestro Señor en la circuncisión es lo contrario del espíritu de la Revolución.

El espíritu de la Revolución, que es contrario a todas las leyes, no ama la autoridad que legisla, y la considera como la que le impone las esposas de la ley; que considera cada acto de obediencia como una coerción, como una cosa desagradable contra la cual uno debe levantarse, debe rebelarse, y que enseña que cada hombre debe ser dirigido exclusivamente de acuerdo con su razón, lo que quiere decir  según su capricho.

Aquí vemos una enseñanza profundamente contrarrevolucionaria que nos da Nuestro Señor, la de una obediencia continua a Dios, Ley Eterna; de amor también a las leyes del orden civil, en la medida en que estas leyes son una extensión, una aplicación y el desarrollo de lo que se encuentra en la Revelación  y en la Tradición.

Debemos amar las leyes hoy más que nunca, pero las leyes que son fieles al espíritu de Nuestro Señor, a la enseñanza multisecular de los Papas.

Alguien podrá preguntar: «En nuestros días, de crisis en la Iglesia Católica, deberíamos también amar estas leyes?» Yo respondo: ¡más que nunca!

Ahora, ¿qué leyes? Las leyes que se ajustan a este espíritu, que nos llevan a este espíritu. No son las leyes que nos alejan de ese espíritu, por supuesto, porque son ​​contrarias a la tradición ininterrumpida de la Iglesia, son contrarias a las enseñanzas multiseculares de los Papas. La obediencia suprema a las leyes allí, por supuesto, consiste en obedecer a la Ley.

Hay dos formas de sumisión. Algunas veces inclinamos la cabeza porque el amor es tanto que casi velamos nuestro rostro; otras veces levantamos la cabeza para analizar y para entusiasmarnos, para emocionarnos. Todo acto de obediencia a la verdadera ley implica una adhesión interna, implica una contemplación, una unión de alma, no solo un acto externo. Así es como debemos amar la Ley.

Plinio Corrêa de Oliveira, Conferencia del 1 de enero de 1971 (Traducida y adaptada por nosotros)





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01/01/2020 | Por | Categoría: Fiestas religiosas
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