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Mayo del 68 y Concilio Vaticano II

Mientras el mundo era sacudido por la revolución de mayo de 1968, la Iglesia era sacudida por la crisis post-conciliar. La simultaneidad de las dos revoluciones plantea la cuestión de su mutua dependencia. ¿Influyó una en la otra? O, mejor dicho, ¿ambos son reflejos de una misma crisis, manifestándose en dos campos diferentes? Transcribimos algunos pasajes de la conferencia realizada en la Universidad de Verano de la TFP por José Antonio Ureta. Los subtítulos son nuestros.

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El título de mi presentación  ‒”Mayo de 1968 y el Concilio Vaticano II”‒ presupone la existencia de un vínculo entre las dos revoluciones. ¿Fue mayo de 1968 la causa del desastre post-conciliar? ¿O fue el Concilio el que preparó Mayo de 1968? En realidad, se trata de una calle de doble sentido. Los dos fenómenos están íntimamente conectados.

Una revolución con un trasfondo religioso.

Debemos comenzar diciendo una palabra sobre la esencia religiosa de la revolución de mayo de 1968, citando al conocido historiador francés Alain Besançon:

“El efecto más evidente de mayo del ’68 fue la destrucción de la autoridad: la del maestro sobre el alumno, del dueño de la empresa sobre el empleado, del obispo sobre el sacerdote, del marido sobre la esposa, del padre sobre los hijos, etc. Donde ha perdurado una autoridad, ya no se ejerce con la misma fuerza. La Iglesia ya no excomulga; el coronel ya no ordena perentoriamente; las empresas ya no tienen jefes y empleados, sino asociados, en todo caso, coordinadas por un Gerente de Recursos Humanos. (…) El debilitamiento de la autoridad concierne a todas las relaciones que pueden considerarse una metáfora o una analogía de la relación padre-hijo. (…) Esta metáfora o analogía es uno de los fundamentos sagrados de nuestra civilización. Por eso no debemos considerar el ‘68 como un fenómeno meramente político, sino también, y quizás principalmente, religioso”. (1)

El primer atributo de Dios es precisamente su paternidad. De Él procede toda paternidad en el universo, imágenes y similitudes de su paternidad esencial. Esta es la razón por la que, como escribe Plinio Corrêa de Oliveira,

“Odiar, en principio, toda y cualquier desigualdad es, pues, colocarse metafísicamente contra los mejores elementos de semejanza entre el Creador y la creación, es odiar a Dios”. (2)

Moviendo el centro de la Revolución de las fábricas a la familia, del campo sociopolítico al de las relaciones interpersonales y de la psicología humana, el Mayo de ‘68 asestó un golpe a la raíz misma de la idea de Dios. No es sorprendente que uno de sus mentores, Herbert Marcase, la llamó “revolución total”.

Del Concilio Vaticano II a Mayo de 1968.

Es innegable que el Concilio Vaticano II sirvió como un acelerador del modernismo en la Iglesia, favoreciendo una revolución similar incluso en la sociedad temporal. El periodista Eric Zemmour es muy claro:

“Sabemos que mayo del ‘68 comenzó antes del ‘68, con el Concilio Vaticano II y con el colapso de la práctica religiosa entre los católicos”. (3)

 

Los mismos protagonistas del Concilio lo admiten:

“Las demandas del movimiento de mayo de 1968 coincidieron en gran medida con las grandes ideas del Concilio, en particular la constitución conciliar sobre la Iglesia y el Mundo”, escribe el experto del Concilio, el P. René Laurentin. Y continúa: “Ya el Vaticano II fue, hasta cierto punto, la protesta de un grupo de obispos contra la Curia, que intentó establecer un Concilio institucionalmente prefabricado”. (4)

De hecho, el segundo día del Concilio, la Asamblea explotó en un fuerte aplauso cuando le fue arrebatado el micrófono al cardenal Alfredo Ottaviani, prefecto del Santo Oficio. Una verdadera humillación, acogida con una celebración general. La revolución estaba servida.

En cuanto al vínculo entre mayo de 1968 y el Concilio, el historiador Agostino Giovagnoli afirma:

“La Iglesia católica ha anticipado una transformación que se presentó de manera convulsiva en 1968, en el sentido de una reducción en el peso de las instituciones dentro de la sociedad”. (5)

Otro atento observador del Concilio, el teólogo argentino P. Álvaro Calderón, escribe:

“Si hay algo que llama la atención de inmediato para quienes estudian el Concilio Vaticano II, es el cambio en el sentido liberal del concepto de autoridad. El Papa fue despojado de su autoridad suprema en favor de los obispos (colegialidad); los obispos se despojaron de su autoridad en favor de los teólogos; los teólogos abandonaron su ciencia para escuchar a los fieles. Y la voz de los fieles no es más que el fruto de la propaganda”. (6)

Ningún documento conciliar habla del infierno. Mientras se ponen en sordina las nociones de pecado, sacrificio y obediencia a la ley de Dios, se exaltan las de libertad, derechos humanos, desarrollo personal, gozo de la vida, etc. De esta manera, los documentos conciliares dan la impresión de favorecer una concepción hedonista de la vida, en línea con el American way of life que se difundió después de la Segunda Guerra Mundial. Es decir, el mismo sustrato de mayo ’68.

El sociólogo de las religiones Jean-Louis Schlegel pondera:

“Incluso antes de 1968, la rebelión había penetrado en la Iglesia, informando sus estructuras y su comportamiento, pesando mucho sobre sus líderes. Desde principios de los años sesenta, soplaba un clima de insurrección y de subversión en la Iglesia, que quería quemar lo que hasta ese momento se había adorado”. (7)

Los católicos en mayo del 68

Una consecuencia directa de esta efervescencia en la Iglesia fue la ocupación de varias universidades católicas, antes de la rebelión de la Sorbonne. El 11 de agosto de 1967, estudiantes de la Pontificia Universidad Católica de Chile declararon una huelga general y ocuparon el campus. El Rector Magnífico, un obispo conservador, tuvo que renunciar en favor de un laico de izquierda. La catedral de Santiago fue ocupada por un grupo de sacerdotes y laicos que se definieron como la “Iglesia joven”, que cubrió la fachada con una pancarta: “Por una Iglesia con el pueblo y sus luchas”.

En noviembre, estalló la revolución en la Universidad Católica del Sagrado Corazón, en Milán. Era, con las palabras de Corriere della Sera, “un sesenta y ocho antes del sesenta y ocho”. De la misma opinión, Avvenire declara:

“El verdadero certificado de nacimiento de mayo de 1968 es el 17 de noviembre de 1967, es decir, la ocupación de la Universidad Católica de Milán”.

En este sentido, el historiador y periodista Roberto Beretta escribe:

“Que el ’68 en Italia nació católico es un hecho fácil de constatar: la primera universidad ocupada por estudiantes fue la Universidad Católica de Milán, ya el 17 de noviembre de 1967; los primeros líderes (incluido Mario Capanna) eran católicos practicantes, incluso “recomendados” por sus obispos y líderes de las asociaciones eclesiales en sus respectivas diócesis; por último, la primera prenda que usó Capanna, cuando estaba fuera de la universidad y llamaba a sus compañeros con un micrófono para protestar contra el aumento de los impuestos, no era el chaquetón mítico, sino un impermeable negro largo de un sacerdote. Le había sido prestado por un capellán de la universidad porque estaba lloviznando”. (8)

Beretta afirma que los textos más citados por los líderes de la revuelta del sesenta y ocho fueron las constituciones del Concilio Vaticano II Lumen Gentium y Gaudium et Spes, y también la encíclica de Paul VI Populorum Progressio. El mismo Mario Capanna, líder de la sublevación, admite:

“Pasábamos la noche estudiando y discutiendo sobre los teólogos considerados de frontera: Rahner, Schillebeeckx, Bultmann (…) junto con los documentos del Concilio”. (9)

También en Francia, los católicos desempeñaron un papel importante en los sesenta y ocho. Un testimonio interesante es el de Dominique Desjeux, entonces un joven seminarista y líder de la Sorbonne, junto con Daniel Cohn-Bendit. En su libro “Testimonio de un izquierdista liberal el 68 de mayo en Nanterre“, Desjeux escribe:

“Para el filósofo maoísta Alain Badiou, la raíz de los sesenta y ocho se encuentra en las manifestaciones contra la guerra en Argelia. Según otros, las raíces se encuentran en las manifestaciones contra la participación estadounidense en la guerra de Vietnam. Por mi experiencia personal, sin embargo, la chispa que me impulsó a participar en el Sesenta y ocho fue el Concilio Vaticano II”.

El describe las consecuencias del Concilio en los seminarios franceses:

“Cuando entré en el seminario en 1965, nuestra vida cotidiana estaba regida por cánones monásticos. El día era pautado por Laudes, la Misa, el Ángelus, las Vísperas. Obviamente todo en latín. La campana marcaba las horas. Las comidas eran en silencio mientras un seminarista leía un pasaje sagrado. Salíamos los jueves por la tarde y los domingos después de la Misa. Todo esto nos parecía normal. Sin embargo, dos años después, a raíz del movimiento de reforma iniciado por el Concilio, comenzamos a celebrar reuniones basadas en el análisis de clase. Como resultado, muchas reglas volaron por la ventana. Participábamos en actos comunes cuando nos apetecía, las oraciones eran en francés, podíamos salir cuando quisiéramos, sin dar explicaciones. Todo esto dentro de un desafío total al orden existente en la Iglesia y en la sociedad”.

En noviembre de 1967, Desjeux organizó una huelga estudiantil en la Universidad de Nanterre, el primer incendio de lo que luego explotaría, en mayo de 1968, en la Sorbonne. Desjeux recuerda:

“La mayoría de los estudiantes involucrados en el movimiento eran católicos de clase media, bien entrenados en la protesta por su participación en grupos de jóvenes católicos”. (10)

Jean-Louis Schlegel confirma la participación de los católicos de París en los sesenta y ocho: “Nos gusta pensar en mayo de 1968 como un movimiento iniciado en Nanterre. (…) Sin embargo, tendemos a olvidar un hecho importante. El 22 de marzo de 1968, el sacerdote dominicano Jean Carbonell pronunció una homilía de Cuaresma en la Mutualité sobre el tema “Evangelio y Revolución“. Él proclamó:

‘La verdadera Cuaresma consiste en la lucha contra los mecanismos opresivos de una sociedad injusta dominada por el dinero y el poder. Todavía no hemos digerido la revolución de 1789, mientras que la de 1917 todavía nos hace temblar. Sin embargo, Jesucristo, el Hijo de Dios, nos enseña que es inútil diluir la Revolución. ¡Necesitamos urgentemente implementar la revolución cultural!” (11)

El dominicano concluía: “Hay que dejar de ayunar en Cuaresma. El verdadero ayuno sería organizar una huelga general que paralice los mecanismos de nuestra sociedad”. (12)

Paralelamente, varias organizaciones católicas de izquierda organizaron una conferencia sobre el tema “Cristianismo y Revolución”. La conferencia finalizó con la intervención de Mons. Helder Câmara, el “obispo rojo” brasileño, quien incitó a los presentes:

“Si quieren hacer una revolución, no vengan a América Latina. Tenéis cosas más interesantes que hacer aquí, en Francia”.

Al final de la conferencia, los presentes, incluidos sacerdotes y teólogos, firmaron una declaración que decía:

“El cristiano tiene el derecho, y también el deber, de participar en el proceso revolucionario, incluida la lucha armada”. (13)

Los frailes dominicos de Saulchoir, el centro de la Nouvelle Théologie, levantaron una bandera roja en el techo del seminario. Cuando finalmente estalló la Revolución de Mayo, varios dominicanos, entre ellos los frailes Henri Burin des Roziers y Jean Raguenès, fueron a la Sorbonne para participar. La capellanía de la universidad fue convertida en una enfermería para tratar a los estudiantes heridos en enfrentamientos con la policía.

Los dominicanos, sin embargo, no estaban solos. Incluso los seminaristas de Issy-les-Moulineaux, el seminario diocesano de París, se unieron a la protesta, junto con los jesuitas del seminario de Chantilly. Varias entidades católicas participaron activamente en las barricadas, incluido el grupo Témoignage chrétien, la JOC (Juventud Obrera Católica), la JOCF (la rama femenina), la ACO (Agentes de Acción Católica), etc. Jean-Louis Schlegel enfatiza que estos católicos se alinearon con el ala más radical de la contestación de los sesenta y ocho, los llamados “katangais”.

Mientras que la mayoría de los obispos franceses mantuvieron un silencio complaciente frente a la Revolución de los setenta y ocho, algunos se pusieron abiertamente a su favor, entre ellos Mons. Michel Vial, obispo de Nantes. El 21 de mayo, la Comisión Episcopal de Educación recibió a los capellanes universitarios, aprobando su trabajo a favor de la revuelta. La única reserva: evitar el término “revolución”, prefiriendo en lugar de “contestación”.

Desde el púlpito de Notre Dame, el cardenal Marty proclamó: “¡Dios no es conservador!”

El 2 de junio de 1968, en un apartamento en la calle Vaugirard, se llevó a cabo un servicio ecuménico en apoyo a las barricadas. Alrededor de setenta personas participaron, en su mayoría católicos. En su libro “Principios de la teología católica”, el entonces profesor Ratzinger comentó:

“La adhesión a un marxismo anarquista y utópico (…) fue apoyada en el frente por muchos capellanes universitarios y asociaciones juveniles, quienes vieron allí el florecimiento de las esperanzas cristianas. El hecho dominante se encuentra en los acontecimientos de mayo de 1968 en Francia. En las barricadas había dominicos y jesuitas. La intercomunión llevada a cabo durante una misa ecuménica en apoyo de las barricadas fue considerada como una especie de hito en la historia de la salvación, una especie de revelación que inauguró una nueva era del cristianismo”. (14)

Las consecuencias en la Iglesia.

La contestación del sesenta y ocho penetró en la Iglesia. Por ejemplo, leemos una cuenta de eventos en el Saulchoir, el centro de la Orden Dominicana en París:

“Desde el 20 de mayo de 1968 hasta el 29 de junio, la protesta se extendió por los pasillos del convento. Los seminaristas se reunían en asambleas espontáneas. Muchos actos religiosos fueron abandonados. Los seminaristas hablaban y fumaban. Para demostrar su rechazo al programa de formación, los seminaristas formaron grupos de discusión. La vida conventual acabó. Los seminaristas abandonaban la capilla cuando querían y abandonaban el seminario sin pedir permiso. Querían “deconstruir el sistema”, creando una “comunidad transgresora” que haría “la experiencia de la hermandad”. (15)

El clima el seminario interdiocesano de Arras, en el norte de Francia, no era diferente. Escribe Mons. Jacques Noyer, entonces Rector del seminario y luego obispo de Amiens:

“Una semana después de explotar en París, el movimiento vino a perturbar la paz del seminario de Arras. Para nosotros, el ’68 ‘fue junio del ’68. Se formaron grupos de seminaristas que comenzaron a contestar todo el sistema educativo. Ya no querían pruebas. No querían lecturas espirituales, sino que preferían aquellas con un trasfondo social. En un momento incluso hicieron una huelga. No se trataba solo de pequeños cambios, como dejar de fumar y dejarlos salir libremente. Era todo el sistema que estaba siendo recusado. Había una fiebre de excitación. Banderas negras comenzaron a aparecer en las ventanas de las celdas”. (16)

¿Qué queda de eso?

¿Qué queda de la protesta de mayo de 1968? La falta de tiempo me permite citar sólo el juicio de uno de los líderes de los Sesenta y ocho en la Iglesia, Mons. Jacques Noyer, obispo emérito de Amiens:

“Es difícil para mí hacer el balance de mayo del ’68. Ciertamente no fue una explosión pasajera de fiebre, como algunos dicen. Y no fue solamente un movimiento parricida que dio el golpe de gracia a un mundo en agonía. Mayo del ‘68 fue la inicio de la situación actual en la Iglesia. Estaba y estoy convencido de que la década de 1960 marcó un período de cambios profundos en la Iglesia y en la sociedad. Estoy convencido de que el espíritu que inspiró la preparación, celebración e implementación del Concilio Vaticano II es una gran oportunidad para la Iglesia y para el mundo. Es el evangelio que hoy se ofrece a las personas. En profundidad, mayo de 1968 fue un movimiento espiritual, incluso místico, coherente con el sueño del Concilio. Sin embargo, creo que al intentar avanzar demasiado rápido, el Sesenta y ocho rompió la dinámica conciliar en la Iglesia, provocando más miedo que esperanza”. (17)

Este juicio pesimista, expresado hace unos meses, bajo el Papa Francisco, debe abrir nuestros ojos al callejón sin salida en el que se encuentra la Revolución. Esta es una razón para la esperanza de los contrarrevolucionarios. Pidamos a Nuestra Señora de las Victorias que acelere el advenimiento de Su Reino en la tierra.


Notas:
  1. Alain Besançon, «Aux origines religieuses de Mai 68. Essai à propos de l’ouvrage de Yves Congar, Journal d’un théologien».
  2. Plinio Corrêa de Oliveira, «Rivoluzione e Contro-Rivoluzione», Luci sull’Est, Roma 1998, pp. 67-68.
  3. Citato in Alain Besançon, «Aux origines religieuses de Mai 68».
  4. René Laurentin, «Crisi della Chiesa e secondo Sinodo episcopale», Morcelliana, Crescia 1969, p. 16.
  5. Giovanna Pasqualin Traversa, “Agostino Giovagnoli: Il Sessantotto, profondo legame con il Concilio che ne ha anticipato alcuni tratti”, Agensir, 18 aprile 2018.
  6. Álvaro Calderón, «La lámpara bajo el celemín. cuestión disputada sobre la autoridad doctrinal del magisterio eclesiástico desde el Concilio Vaticano II», Ed. Rio Reconquista, Argentina 2009.
  7. Jean-Louis Schlegel, Changer l’Église en changeant la politique, in AAVV «À la gauche du Christ. Les chrétiens de gauche en France de 1945 à nos jours», Ed. Seuil, Paris 2012, pp. 279-280.
  8. Roberto Beretta, “I cattolici che fecero il 68”, Zenit, 20 gennaio 2009.
  9. Intervista Avvenire, 20 marzo 1998.
  10. French Politics and Society, Center for European Studies, Harvard University, Summer 2018.
  11. “Sous les pavés Jésus”, La Vie, 26 avril 2018.
  12. Yann Raison du Cleuziou, «Les Dominicains, un ordre qui devient rouge».
  13. Jean Coutourier, “Mai 68 et les chrétiens”, La Croix.
  14. Joseph Ratzinger, «Les principes de la théologie catholique», Téqui, Paris 1985, p. 433.
  15. «À la gauche du Christ», pp. 314-315.
  16. “Avons-nous compris Mai 68?”, in Id., pp. 97-99. 17. Ibid., p. 106.
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04/10/2018 | Por | Categoría: Crisis de la Iglesia
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3 Comentarios to “Mayo del 68 y Concilio Vaticano II”

  1. Alvaro Orozco C. dice:

    La enciclica Humanae Vitae fue y es dique fundamental para evitar que el humo de satanas penetre en la Iglesia y las familias invocando el Vaticano II

  2. maría de la Luz Alvarez dice:

    Excelente análisis de lo ocurrido en 1968 que ciertamente se venía gestando antes y lo ocurrido con el Concilio Vaticano II. Estando en Lovaina estudiando en esa época me tocó vivir la efervescencia y la pérdida de la fe de los europeos y de muchos latinoamericanos que estudiaban allí. El espíritu contestatario de los jóvenes y la absoluta pérdida de respeto a la autoridad.

  3. RENÉ MONDRAGÓN BARRAGÁN dice:

    Gracias por la riqueza de la información.

    Que Dios siga bendiciendo esta obra.

    Va un cristiano abrazo

    René Mondragón

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