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Anticonsumismo, glorificación del ocio y de la indigencia

La indolencia es propia de muchos pueblos que vivieron 50 años o más bajo la tiranía comunista

La indolencia, propia de muchos pueblos que vivieron 50 años o más bajo la tiranía comunista, era acentuada por el hecho de que, en ese régimen, todos tenían que trabajar más o menos gratuitamente para el Estado. A cambio, se les exigía poco trabajo, el cual era realizado además sin mayor preocupación, porque nadie ‒salvo los privilegiados de la nomenclatura‒ tenía derecho de asegurar para sí una mejoría en sus condiciones de vida, que se obtiene sistemáticamente en función del aumento cualitativo y cuantitativo de su trabajo. Así, el modo de vivir consistía en vegetar. Pero vegetar, bajo cierto punto de vista, es descansar. Y el mero descanso, aún en la indigencia, para muchos individuos o para muchos pueblos, es un estilo de gozar la vida apropiado para los fracasados.

En esas poblaciones se introdujo así la idea de que trabajar mucho para producir mucho no compensa la fatiga de trabajar. Por otro lado estaba la preocupación de estar elucubrando negocios y el temor del perjuicio generalmente acarreado por negocios mal hechos. Todo este fardo de esfuerzos y de aprensiones pesa sobre el hombre y no compensa –según esos apologistas de la pereza‒ el esfuerzo que exige. Así, vale la pena trabajar lo menos posible, comer del mismo modo lo menos posible, descansar mucho, embriagarse mucho… mas que trabajar mucho, consumir en abundancia y mejorar constantemente el propio nivel de vida.

La violencia gubernamental hace que la gente se acostumbre a vivir en la miseria

Lo indispensable, lo conveniente y lo superfluo

¿Qué viene a ser aquí consumir?

La primera idea que viene a la mente es la de comer, lo que realmente está incluido en el concepto de consumo. Sin embargo, consumir significa también tener en la vida otros placeres –no necesariamente los del magnate de Mamón, a quien le están abiertas las puertas del alto consumo– sino placeres que proporcionan bienestar al hombre, en una proporción mayor o menor, conforme a las apetencias de su naturaleza.

La palabra consumir abarca por lo tanto el conjunto de aquello que apetece a las justas temperancias de la naturaleza humana.

En el ámbito del consumo de una ciudad pueden existir bienes que de ningún modo son necesarios para matar el hambre, y que en rigor no son indispensables para vivir, como por ejemplo tres o cuatro grandes teatros, en los cuales haya permanentemente exhibiciones artísticas de gran valor, a los que una parte de la población, aficionada a esos espectáculos, asiste.

En el mismo orden de ideas estaría un óptimo museo, una galería de arte, un excelente tren subterráneo.

El concepto de consumo incluye, pues, todo aquello que es indispensable para que el hombre pueda vivir. Pero incluye también lo conveniente, y en lo conveniente, hasta lo superfluo, que hace la vida agradable.

En Venezuela, la primera etapa del drama: del anticonsumismo a la miseria

Una madre de familia entra en un almacén y ve una figura de porcelana representando una pastora conduciendo un corderito; juzga que sería agradable tenerla en el centro de la mesa de su comedor; lo compra: ella consumió. Ella no se comerá aquel objeto de porcelana; lo adquirió sólo para que todos lo miren. Sin embargo, es un verdadero consumo.

Tesis típicamente socialista

Va naciendo ahora una tesis. Y, si la analizamos con atención, se nota desde luego su cuño característicamente socialista.

Dado que unos tienen mucho y otros tienen poco, es necesario que los que tienen mucho se queden sólo con lo indispensable para vivir y den todo lo superfluo a los demás. Porque si reúnen en torno de sí objetos de lujo, de confort, con eso consumen mucho. Correlativamente comen mucho; beben mucho; gozan de vacaciones fastuosas; cuando viajan, lo hacen en avión, de modo preferente en un avión propio; poseen campo de aviación en su propiedad rural; helipuerto en el jardín de su casa, etc.

El descontento de la población es reprimido en nombre del pueblo

Ahora, según los anticonsumistas aquello que no es indispensable para vivir, nadie lo puede tener. Así, nadie tiene derecho a gastar en helicópteros, en viajes, ni en figuras de porcelana: todos deben gastar para provecho de todos.

Quien sea trabajador, aquel a quien Dios dotó con mayor capacidad de trabajo, si da el fruto de su trabajo a los otros, procede bien. Pero si acumula para consumir después para sí mismo o para los suyos, es un gran egoísta.

Resultado: ¡en una sociedad en la cual nadie tiene ventaja en trabajar más que los otros… nadie trabaja más que los otros! Es una sociedad organizada en beneficio de los perezosos, con perjuicio de los trabajadores auténticos, de los diversos niveles sociales.

En esa sociedad, prácticamente desaparece la abundancia. Voltaire, hombre pésimo, ateo despreciable, pero que tenía cierto talento –con el cual, a propósito, hizo un grandísimo mal a la tradición europea, siendo un difusor encarnizado de los principios de la Revolución– Voltaire, sin embargo, lanzó una frase al mismo tiempo espirituosa y no desprovista de profundidad: “Lo superfluo, esa cosa tan indispensable…”

Es lo contrario de lo que inculca el anticonsumismo.

Para que haya estímulo para trabajar, es necesario dar a quien trabaja la debida compensación. Para aprovechar en beneficio de la sociedad a los más productivos –en una palabra, a los mejores– es necesario que ganen más. Si esto no ocurre, la sociedad flaquea y cae en el no‒consumismo. Y de ahí resbala hacia un estado de pobreza crónica, perezosa, emoliente, que tiende, en último análisis, a la barbarie.

Naciones ricas y pobres: dicotomía ilusoria

Según una concepción muy difundida –y que aún recientemente encontró guarida en no pocos participantes de la Conferencia del Cairo– el mundo se divide en dos partes: las naciones ricas y las naciones pobres.

Las naciones ricas consumen: son los Estados Unidos, Canadá, los países de Europa Occidental, Japón.

De otro lado las naciones de América Española y América Lusa, las naciones de Africa, de Asia y de Oceanía, que no tienen el nivel económico de Europa y de América del Norte.

Entonces –según los propugnadores del anticonsumismo– América del Norte, Europa Occidental y Japón, naciones consumistas, oprimen a las naciones pobres, defraudándolas en toda especie de negocios. Consecuentemente, las naciones expoliadas, no consumistas, deben hacer una contra‒ofensiva contra el mundo consumista, obligándolo a bajar su nivel de consumo, y nivelándolo por debajo con el mundo pobre.

La impotencia frente a la violencia gubernamental

Con eso, todos caerán en una situación parecida a aquella en que la dictadura comunista arrastró a Rusia y a las naciones satélites del antiguo imperio soviético. Y, también, análoga a la que el viejo tirano de Cuba mantiene a sus infelices compatriotas.

A favor de un consumismo sensato y proporcionado

Frente a ese anticonsumismo retrógrado, debemos propugnar un consumismo sensato, proporcionado, en que las naciones más ricas, lejos de imponer a las más pobres condiciones de vida casi insustentables, busquen, por el contrario, estimular la producción de esos hermanos pobres, proporcionándoles salarios y niveles de existencia alentadores, que den a éstos el gusto de un consumo sabroso y agradable, que los estimule a trabajar más.

“Podréis obtener de nosotros dinero –deberían decir los pueblos más ricos–desde que trabajéis. Sed hombres productivos, procurad atraer sobre vosotros, a fuerza de trabajo, todo el bien que deseareis. Sólo si veis frustrados, sin culpa vuestra, esos meritorios esfuerzos, extendednos la mano para pedir ayuda. Reconocemos, en tal caso, que será obligación nuestra atender vuestro justo pedido, de modo que renunciaremos de buen grado a lo que nos es superfluo, para así proporcionaros lo que os es necesario”.

Hacer de la convivencia mundial una liga en que los pueblos más capaces trabajen inútilmente, sin ventaja propia, en beneficio de los incapaces, perezosos, vagos… eso es inaceptable.

La glorificación de la vagancia es propia del socialismo y del comunismo, no de la Civilización Cristiana ni de la doctrina católica.

Es, sin embargo, hacia donde conduce este anticonsumismo, ocioso, bebedor, enemigo de la civilización, del bienestar y del buen vivir de todos los hombres.

Plinio Corrêa de Oliveira, in Catolicismo, Agosto 1995.

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04/04/2017 | Por | Categoría: Tendencias
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Un comentario to “Anticonsumismo, glorificación del ocio y de la indigencia”

  1. carlos colazo benavidez dice:

    Utilizaría el término consumo en lugar de consumismo, ya que este es definido por el diccionario de la Real Academia de la lengua española como una tendencia inmoderada
    Saludos desde Argentina

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