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Una superioridad social paterna

En nuestro mundo, en el que la vulgaridad y la extravagancia van dominando todos los ámbitos de la vida, se hace necesario volver nuestra mirada hacia el pasado. Un pasado, no tan remoto, en el que las verdaderas élites daban a toda la sociedad el ejemplo de elevación y dedicación al bien común.

El venerable Miguel de Mañara, después de la muerte de su esposa, se distinguió por su santa vida dedicada al auxilio de los desheredados

Por el contrario, la superioridad social es estigmatizada por cierta propaganda de izquierdas como opresiva y “explotadora”. El Papa Pío XII, en una de sus célebres alocuciones al Patriciado y a la Nobleza romana  muestra, por el contrario, su carácter paternal como fruto de la formación católica.

De acuerdo a las enseñanzas de Pío XII, la gloria cristiana de las élites tradicionales está en servir no sólo a la Iglesia, sino también al bien común. La aristocracia pagana se ufanaba exclusivamente de su ilustre progenitura; la Nobleza cristiana suma a este título otro aún más alto: el de ejercer una función paternal frente a las demás clases:

“El nombre de Patriciado Romano despierta en Nuestro espíritu una reflexión sobre la Historia y una visión de ella aún mucho mayores. Si la palabra patricio, patricius, significaba en la Roma pagana el hecho de tener antepasados, de no pertenecer a una familia corriente, sino a una clase privilegiada y dominante, toma ella a la luz cristiana un aspecto mucho más luminoso y resuena más profundamente, pues asocia a la idea de la superioridad social la de ilustre paternidad. Es éste el Patriciado de la Roma cristiana, que tuvo sus mayores y más antiguos resplandores no tanto en la sangre como en la dignidad de protectores de Roma y de la Iglesia: Patricius Romanorum fue el título usado desde el tiempo de los Exarcas de Ravena hasta Carlomagno y Enrique III. A través de los siglos, los Papas contaron también con armados defensores de la Iglesia procedentes de las familias del Patriciado romano; y Lepanto consagró y eternizó uno de sus grandes nombres en los fastos de la Historia.”  [1]

Del conjunto de estos conceptos se desprende ciertamente una impresión de paternidad que impregna las relaciones entre las clases más altas y las más humildes.

Contra ella se presentan con facilidad al espíritu del hombre moderno dos objeciones: por un lado, no faltan quienes afirman que los frecuentes actos de opresión practicados por la Nobleza o élites análogas en el pasado desmienten toda esta doctrina; por otro, muchos ponderan que toda afirmación de superioridad elimina del trato social la cordura, la suavidad, la amenidad cristiana, pues ‒argumentan‒ toda superioridad despierta normalmente sentimientos de humillación, pesar y dolor en aquellos sobre quienes se ejerce, y es contrario a la dulzura evangélica despertar tales sentimientos en el prójimo.

La caridad cristiana, una de las virtudes de las verdaderas élites

Pío XII responde implícitamente a estas objeciones cuando afirma:

“Aunque esta concepción paterna de la superioridad social ha excitado a veces los ánimos, por el entrechoque de las pasiones humanas, hacia desvíos en las relaciones entre las personas de rango más elevado y las de condición humilde, la historia de la humanidad decaída [por el pecado original] no se sorprende con ello. Tales desviaciones no bastan para disminuir ni ofuscar la verdad fundamental de que para el cristiano las desigualdades sociales se funden en una gran familia humana; que, por lo tanto, las relaciones entre las clases y categorías desiguales han de permanecer gobernadas por una justicia recta y ecuánime, y estar al mismo tiempo animadas por el respeto y afecto mutuos, de modo que, aun sin suprimir las desigualdades, se disminuyan las distancias y se suavicen los contrastes.” [2]

Ejemplos típicos de esta aristocrática suavidad de trato se encuentran en muchas familias nobles que saben ser intachablemente bondadosas con sus subordinados sin consentir que sea negada ni empañada su natural superioridad:

“¿No vemos acaso, en las familias verdaderamente cristianas, a los mayores patricios y patricias vigilantes y solícitos en conservar para con sus domésticos y cuantos les rodean un comportamiento conforme, sin duda, a su clase, pero libre de toda afectación, benévolo y cortés en palabras y modales, que demuestran la nobleza de sus corazones, que no ven en ellos sino hombres, hermanos, cristianos como ellos, a ellos unidos en Cristo por los vínculos de la caridad; de aquella caridad que aun en los más antiguos palacios consuela, sostiene, alegra y endulza la vida de grandes y humildes, principalmente en los tiempos de tristeza y de dolor, que nunca faltan en este mundo?” [3]

Plinio Corrêa de Oliveira, in

Noblesse et élites traditionnelles analogues 

dans les allocutions de Pie XII, Editions TFP, 1995


[1] Marco Antonio Colonna, el Joven, Duque de Pagliano (1535-1584). San Pío V le confió el mando de las doce galeras pontificias que participaron en la batalla. Se batió con tanto heroísmo y pericia que fue recibido triunfalmente en Roma a su vuelta. PNR 1942, pp. 346-347.

[2] PNR 1942, pp. 347-348

[3] PNR 1942, p. 348

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11/02/2017 | Por | Categoría: Ideal de sociedad
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