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El Origen de la grandeza

Si alguien se dedica enteramente, recibirá como premio la grandeza.

¿Que quiere decir esto?

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El mundo piensa lo contrario: aquellos que se dedican son pequeños y los grandes son aquellos que reciben la dedicación.

Por ejemplo, si un discípulo se dedica a su maestro éste es menor que el maestro. Entonces, ser dedicado es ser insignificante y es extraordinario ser objeto de una dedicación. El hombre verdaderamente grande no se dedica, sino que despierta dedicación.

Esta es la imagen del dictador, del Führer nazi: un hombre que lleva detrás de sí a millares de personas que se le dedican. El no se dedica a nadie y los manda a una masacre por la gloria de su nombre.

¿Eso está de acuerdo con la doctrina católica?

Sin dedicación no existe verdadera grandeza

La doctrina católica enseña lo contrario: la razón de ser de los grandes es que sean dedicados. Sin dedicación no existe verdadera grandeza.

Esto quiere decir que todo aquel que está colocado en una situación alta “sea cual fuere” está allí para dedicarse. El es el padre, el pastor de todos, y debe, por lo tanto, dar la vida por todos. Debe realizar todos sus actos para el bien de aquellos a los que manda.

No fue puesto allí para sacar ventajas del cargo: fue puesto para servir. Fue lo que dijo Nuestro Señor cuando lavó los pies a los Apóstoles: Aquellos de vosotros que quieran ser mayores sean como los que sirven, porque Yo no vine a mandar: Yo vine a servir. Es decir, El no vino a gozar de su situación; vino a servir.

La otra cara de la moneda es que aquel que es pequeño y sirve con satisfacción, adquiere la grandeza. Es algo que no se acepta de ningún modo en el mundo de hoy, pero es verdad.

Sólo se dedica quien admira

La admiración es la puerta de toda grandeza

Aristóteles tiene una frase muy interesante: “Vivir es admirar”. El hombre que no es capaz de admirar, no es capaz de vivir.

Admiración “mirare ad” es mirar hacia la grandeza de alma de alguien, y amarlo por eso. Cuando comprendemos y amamos la grandeza somos tendientes a servir y a dedicarnos. Entonces, las almas capaces de admirar son capaces de dedicarse y de servir.

Es necesario comprender que la admiración es la puerta de toda grandeza: es imposible que yo admire algo sin que la grandeza de aquello que yo admiré de algún modo entre en mí. De manera que la grandeza es dada a los que admiran y a los que se dedican.

En cierto modo, encontramos el sentido del versículo del Magnificat que convida a los que son poderosos a como que descender de su trono y servir a los pequeños. Convida a los pequeños a elevarse por la admiración y a llenarse de la grandeza de los ángeles.

De la admiración por el orden del Universo debe nacer el coraje para defenderlo, pero sólo el puro tiene verdadera admiración

Aquí ustedes tienen la admirable armonía del universo, en que los grandes y los pequeños existen los unos para los otros, de acuerdo a la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo.

Eso debe producir en ustedes una admiración cada vez mayor por la Civilización Cristiana, con su orden “con su espíritu intrínseca y substancialmente anti-igualitario” que nos muestra la desigualdad como algo tan digno de amor y de entusiasmo.

Por otro lado, debe inspirarnos la idea de que la Civilización Cristiana, tan alta y extraordinaria, debe ser defendida con todo el coraje y que los puros tendrán ese coraje.

Los puros “está escrito en las Bienaventuranzas” verán a Dios: “Bienaventurados los limpios de corazón por que ellos verán a Dios”. Ellos no verán a Dios sólo en el Cielo: quien es puro tiene una mirada pura para ver la conformidad de las cosas buenas que están en la tierra con Dios, para ver a Dios en todo y para ser valiente y luchar hasta la última gota de su sangre en defensa de aquello que está de acuerdo con Dios. (…)

Nota: Extractado de una exposición oral del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, sin revisión del autor.

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03/07/2016 | Por | Categoría: Ideal de sociedad
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