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Consideraciones sobre la Cultura

Quizá en alguna ocasión Ud. se haya preguntado:

¿Qué es la Cultura? ¿Cual es la distinción entre instrucción y cultura? ¿Cómo se adquiere la Cultura? ¿Qué es necesario para que una cultura esté cimentada sobre bases verdaderas? ¿Puede el hombre elaborar fuera de la Iglesia una cultura verdadera? A estas y otras cuestiones responde el Profesor Plinio Corrêa de Oliveira en una conferencia pronunciada en el Seminario San Leopoldo en Río Grande do Sul “ Brasil. ¿Qué es la cultura?

A esta pregunta han sido dadas respuestas bien diversas, inspiradas unas en la filología, otras en sistemas filosóficos o sociales de toda especie.

Tal es el enmarañado de contradicciones que se estableció en torno a este vocablo y a otro relacionado, que es “Civilización”, que congresos internacionales de sabios y profesores se han reunido especialmente para definir su contenido. Como suele acontecer, de tanta discusión no nació la luz

No sería posible en la exiguedad de estas líneas, enunciar las tesis y los argumentos de las diversas corrientes, afirmar a su vez nuestra tesis y justificarla, para tratar después de la cultura católica. Entretanto, podemos considerar seriamente el asunto, tomando la palabra “cultura” en los mil significados de que ella se reviste en el lenguaje de tantos pueblos, clases sociales y escuelas de pensamiento, y comenzando por mostrar que en todas estas acepciones, la cultura contiene siempre un elemento básico invariable, esto es, el perfeccionamiento del espíritu humano.

En el meollo de la noción de perfección, está la idea de que todo hombre tiene en su espíritu cualidades susceptibles de desarrollo y defectos pasibles de reprensión. El perfeccionamiento tiene pues dos aspectos: uno positivo, que significa crecimiento de lo que es bueno y otro negativo, o sea, la poda de lo que es malo.

Muchos modos de pensar y sentir de diversas corrientes a respecto de la cultura, se explican a la vista de este principio. Así, no tenemos duda en reconocer el carácter de institución cultural a una universidad, a una escuela de música o teatro, o incluso a una sociedad destinada al fomento del juego del ajedrez o de la filatelia. Es que estas entidades o grupos sociales tienen como objetivo directo el perfeccionamiento del espíritu, o por lo menos, tienen en vista fines que de sí perfeccionan el espíritu. Sin embargo, podemos concebir una universidad u otra institución cultural, que trabaje virtualmente contra la cultura, lo que se da cuando, por efecto de errores de cualquier tipo, su acción deforma los espíritus.

Se podría hacer esta afirmación a propósito de ciertas escuelas, que llevadas por un entusiasmo exagerado por la técnica, inculcan en sus alumnos un desprecio por todo cuanto es filosófico o artístico. Un espíritu que adora la mecánica como valor supremo y que hace de ella el único firmamento del alma, niega toda certeza que no tenga la evidencia de las experiencias de laboratorio y rechaza desdeñosamente todo lo bello, es sin duda un espíritu deformado. Como deformado sería el espíritu que, movido por un apetito filosófico inmoderado, negase cualquier valor a la música, al arte, a la poesía, o incluso a actividades más modestas, pero que también exigen inteligencia y cultura, como la mecánica. Y de universidades que plasmasen algunas de estas orientaciones falsas en sus alumnos, diríamos que ejercen una acción anti-cultural, o propagan una falsa cultura.

En la acepción corriente, se reconoce que practicar esgrima, es un ejercicio de cierto valor cultural, porque supone cualidades de destreza física, vivacidad de alma, elegancia. Pero el sentido común se muestra contrario a reconocer carácter cultural al boxeo, que tiene en sí algo de envilecedor para el espíritu, por el hecho de tener por blanco de golpes macizos y brutales, el rostro del hombre. En todas estas acepciones y en tantas otras aún, el lenguaje corriente incluye en la noción de cultura, la idea de perfeccionamiento del alma.

Cultura e Instrucción

A primera vista, es menos clara en el concepto general, la distinción entre instrucción y cultura. Pero bien analizadas las cosas, se ve que tal distinción existe, y reposa sobre un fundamento sólido.

Se dice de una persona que leyó mucho, que es muy culta, por lo menos en comparación a otra que leyó poco. Y entre dos personas que leyeron mucho, la que más leyó, se presume que sea la más culta.

Como de sí, la instrucción perfecciona el espíritu, es natural que, salvo razones contrarias, se repute más culto quien hubiese leído más. El peligro de un error en este asunto, nace del hecho de que muchas personas simplifican inadvertidamente las nociones y llegan a considerar la cultura como mera resultante de la cantidad de libros leídos. Error evidente, pues la lectura es provechosa, no tanto en función de la cantidad, sino de la calidad de los libros leídos, y principalmente en función de la calidad de quien lee, y del modo como lee.

En otros términos, en tesis, la lectura puede hacer hombres instruidos: tomamos aquí la palabra instrucción en el sentido de mera información. Más una persona que ha leído mucho, que es muy instruida, o sea, informada de muchos hechos o nociones de interés científico, histórico o artístico, puede ser mucho menos culta que otra con un bagaje informativo menor.

Es que la instrucción sólo perfecciona el espíritu en toda la medida de lo posible, cuando es seguida de una asimilación profunda, resultante de esmerada y detenida reflexión. Y por esto, quien leyó poco, pero asimiló mucho, es más culto de quien leyó mucho y asimiló poco. En vía de regla, por ejemplo, un guía de museo es muy instruido de los objetos que debe mostrar a los visitantes. Pero no raras veces él es poco culto: se limita a memorizar y no procura analizar.

Cómo se adquiere la Cultura

Todo cuanto el hombre aprehende con los sentidos o la inteligencia, ejerce un efecto sobre las potencias del alma. De este efecto, una persona puede librarse, más o menos, o incluso enteramente, conforme el caso, pero en sí, cada aprehensión tiende a ejercer sobre ella un efecto.

Como ya dijimos, la acción cultural consiste positivamente en acentuar todos los efectos perfeccionadores, y negativamente, en frenar los otros.

Bien entendido, la reflexión es el primero de los medios de esta acción positiva. Pero, mucho y mucho más que ratón de biblioteca – depósito vivo de hechos y fechas, nombres y textos – el hombre de cultura debe ser un pensador. Y para el pensador, el libro principal es la realidad que él tiene delante de los ojos; la realidad es el “autor” más consultado, y los demás autores y libros son elementos preciosos, pero nítidamente subsidiarios.

Con todo, la mera reflexión no basta. El hombre no es puro espíritu. Por una afinidad que no es sólo convencional, existe un nexo entre las realidades superiores que él considera con la inteligencia y los colores, sonidos, formas y perfumes que alcanza por los sentidos. El esfuerzo cultural sólo es completo cuando el hombre embebe todo su ser, por estas vías sensibles, de los valores que su inteligencia consideró. El canto, la poesía, el arte, tienen exactamente este fin. Y es por una detenida, esmerada y superior convivencia con lo bello (rectamente entendida la palabra, es claro), que el alma se embebe enteramente de la verdad y el bien.

Cultura Católica

Para que una cultura esté cimentada sobre bases verdaderas, es pues necesario que contenga nociones exactas sobre la perfección del hombre – ya sea en las potencias del alma, ya sea en las relaciones de ésta con el cuerpo – sobre los medios por los cuales él debe alcanzar esta perfección, los obstáculos que encuentra, etc.

Bien se ve que la cultura, así entendida, debe ser toda ella nutrida por la savia doctrinaria de la Religión verdadera. Pues es a la Religión que compete enseñarnos en qué consiste la perfección del hombre, la vía para alcanzarla y los obstáculos que se le oponen. Y Nuestro Señor Jesucristo, personificación inefable de toda perfección, es así la personificación, el modelo sublime, el foco, la savia, la vida, la gloria, la norma y el encanto de la verdadera cultura. Lo que equivale a decir que la cultura verdadera sólo puede ser basada en la Religión verdadera, y que solamente de la atmósfera espiritual creada por la convivencia de almas profundamente católicas, puede nacer la cultura perfecta, como el rocío se forma naturalmente de la atmósfera sana y viva de la madrugada.

Esto se demuestra también a la luz de otras consideraciones. Decíamos poco más arriba que todo cuanto el hombre ve con los ojos del cuerpo o los del alma, es susceptible de influenciarlo.

Todas las maravillas naturales con que Dios llenó el universo, son hechas para que al considerarlas, el alma humana se perfeccione. Pero las realidades que trascienden los sentidos, son intrínsecamente más admirables que las sensibles. Y si la contemplación de una flor, una estrella o una gota de agua puede perfeccionar al hombre, cuánto más lo puede hacer la contemplación de lo que la Iglesia nos enseña sobre Dios, sus Ángeles, sus Santos, el Paraíso, la gracia, la eternidad, la Providencia, el infierno, el mal, el demonio y tantas otras verdades.

La imagen del Cielo en la tierra es la Santa Iglesia, la obra prima de Dios. La consideración de la Iglesia, sus dogmas, sus Sacramentos, sus instituciones, es por esto mismo un supremo elemento de perfeccionamiento humano.

Un hombre que, nacido en los subterráneos de alguna explotación mineral, nunca hubiese visto la luz del día, perdería con esto un elemento de enriquecimiento cultural precioso y quizás capital. Mucho más pierde culturalmente, quien no conoce la Iglesia, de la cual el sol no es sino una figura pálida, en el sentido más literal de este adjetivo.

Pero hay más. La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. Circula en Ella la gracia que nos viene de la Redención infinitamente preciosa de Nuestro Señor Jesucristo. Por la gracia, el hombre es elevado a la participación de la propia vida de la Santísima Trinidad. Basta decir esto para afirmar el incomparable elemento de cultura que la Iglesia nos da, abriéndonos las puertas del orden sobrenatural.

El más alto ideal de cultura está pues contenido en la Santa Iglesia de Dios.

Culturas no Católicas

¿Puede el hombre elaborar fuera de la Iglesia una cultura verdadera? Distingo.

Nadie puede afirmar que los egipcios, los griegos, los chinos, no fueron poseedores de auténticos y admirables elementos de cultura. Entretanto, es innegable que la cristianización del mundo clásico vino a propiciar a éste, valores culturales mucho más altos.

Santo Tomás de Aquino enseña que la inteligencia humana puede, de por sí, conocer los Principios de la Ley Moral, pero que en consecuencia del pecado original, los hombres fácilmente se desvían del conocimiento de ésta, por lo que se tornó necesario que Dios revelase los diez Mandamientos. Además, sin el auxilio de la gracia, nadie puede practicar durablemente en su integridad la Ley. Y si bien que la gracia sea dada a todos los hombres, sabemos que los pueblos católicos, con la super abundancia de gracias que reciben en la Iglesia, son los que consiguen practicar todos los Mandamientos.

De otro lado, una sociedad humana sólo está en su estado normal cuando la generalidad de sus miembros observa la Ley Natural. Y de ahí se sigue que, si bien, pueblos no católicos puedan tener producciones culturales admirables, son siempre gravemente carentes en algunos puntos capitales, lo que saca a su cultura la integridad y plena regularidad, presupuesto necesario de todo cuanto es eximio, o incluso simplemente normal.

La cultura verdadera y perfecta sólo en la Iglesia se encuentra. (…)

Revista “Catolicismo”, No 51, Mayo de 1955

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19/01/2017 | Por | Categoría: Ideal de sociedad
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