Y el mendigo tiene razón... | Acción Familia
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Y el mendigo tiene razón…

Hace poco estuve andando un buen tiempo en mi automóvil por las calles. No debe extrañar, pues, que me venga a la memoria una multitud de figuras humanas. Obviamente, las diferencias entre ellas son enormes. En esta São Paulo que está llena de hijos, nietos y bisnietos de la inmigración, todas las etnias están representadas. Incluso las más raras. Incluso paulistas…

A pesar de las diferencias, de ese conjunto se desprende una marcada monotonía. Esto es porque, en la inmensa mayoría de los casos, se trata de gente estandardizada por la vida moderna de las grandes ciudades industrializadas. Unos más ricos, otros menos, se van fundiendo al ritmo de la máquina, en el torbellino de Mamon, los temperamentos, las tradiciones y las mentalidades más diversas. Todo tiende a proporcionar una supervivencia razonable, la salud y la estabilidad de todos. En este torbellino se ven arrastrados hasta los riquísimos. También a ellos este sistema de trituración de las almas los alcanza y reduce psicológicamente al polvo de la mentalidad común.

Esfuerzos para evitar el hambre los hay muchos y, sin duda, con algún éxito. Por ejemplo, cada vez se tornan más escasos los tipos del género que describiré por la pluma de terceros. Muchos lectores me dirán incluso que ya no existen más.

Mendigo español – Gustave Doré

La brillante descripción no es mía, sino de un escritor portugués del siglo XX, que alcanzó en sus días un glorioso reconocimiento:

“A la puerta de una tienda, recogiendo los últimos rayos del sol que se pone, y sentado en el suelo, un mendigo de los caminos come en un tarro su caldo mendigado.

“Es una figura de un loco de hambre: rostro descarnado, ojos alucinados, melena densa de cabello hirsuto. Los tendones de su cuello son de hierro negro, como lo son los huesos de las clavículas enteramente descarnadas. Lo cubren harapos cosidos. En las piernas, una especie de polainas de tabla, atadas con cordeles, que recuerdan los haces de litores romanos; por los agujeros de las alpargatas deshechas salen los dedos negros de los flaquísimos pies. En las manos, sólo piel y hueso, que sostienen como con una garra la escudilla y la cuchara de estaño, se diseñan las falanges y los nudos de los dedos como los de un esqueleto articulado.

“¡Ah, los mendigos españoles!

“El lápiz trágico de Gustavo Doré, en su viaje a España, diseñó algunos de estos espectros de hambre, envueltos en capas de harapos y cubiertos con amplios fieltros agujereados, manteniendo, sin embargo, a través de la mayor miseria, un tal aplomo que se diría que son Grandes de España o Señores de Bazán a quienes las tempestades de la vida, arrastrándolos a la última miseria, obligándolos a extender la mano a la limosna, no consiguen quitar la verticalidad de su espina dorsal orgullosa.

“Y como el arte es un sol que todo dora, esos harapos, en las manos del diseñador de las visiones, de la negrura y de la luz, tomaban aspectos de grandeza.

“¡Los pobres españoles son trágicos! Su miseria grita, su aspecto da pavor. Pero un halo de belleza cerca la cabeza de este desventurado: la humildad, la resignación de toda su figura. Trapo humano, pobrecillo de Cristo, cree, ¡Jesús te sonríe! (Antero de Figueiredo, “España – páginas gallegas, leonesas, asturianas, vascas y navarras”).

* * *

¡Cuánto poder evocativo, cuánta riqueza de análisis, cuántos burbujeantes coloridos en la descripción! Destacando en el cuadro, a mi modo de ver más próximo de lo real de que si fuese pintado, un trazo que el gran Antero supo dejar bien claro, pero que no incluyó en su párrafo final. Es la riqueza de personalidad, la fuerza de alma, la elevación de vistas, en síntesis, la verdadera hidalguía de estilo, que existe a la par de la “humildad” y de la “resignación” de corazón, en este gigantesco “pobrecito de Jesucristo” que tan bien supo observar y describir.

Heroicamente de pie en el centro de su propio infortunio, verdadero “caballero” de la mejor cepa española y cristiana, este hombre resplandece de noble originalidad. No dudo en añadir que también de augusta respetabilidad. Mendigo de cuerpo, él es un millonario de alma.

Si a cualquiera de estos agitados y estandarizados personajes de nuestro siglo XX se le ofreciese ser este sublime mendigo, lo rechazarían horrorizados.

Y a mis ojos, nuevamente cerrados, vuelven las innumerables caras más o menos nutridas, apresuradas y afligidas que encontré hoy a lo largo de mi camino. ¡Cómo son pobres de aquello en que este pobre es tan rico!

Es verdad que, si a cualquiera de estos agitados y estandarizados personajes de nuestro siglo XX se le ofreciese ser este sublime mendigo, lo rechazarían horrorizados. Para ellos la riqueza de personalidad, la elevación de visión, la privilegiada fuerza de alma, la originalidad personal, la respetabilidad venerable, todo esto vale menos que una tranquila y común vida, estable y acomodada. O, en cambio, una gran vida, holgada, opulenta y despreocupada.

Pero, si se le ofreciese al mendigo perder todos sus tesoros de alma para ser un hombre patrón de la inmensa y monótona colmena contemporánea, con cuánta indignación lo rechazaría.

En mi opinión, la opción del mendigo sería la verdadera. Sólo ella entraría en consonancia con el espíritu católico.

El mendigo tendría razón.

¡Quién entenderá esto, en estos tristes días de banalidad neopagana en que vivimos! En estos días confusos, en los que hasta la solicitud de tanta gente en la Iglesia parece tantas veces confinada —con censurable exclusivismo— al campo de la materia, con descuido de los tesoros de alma sobrenaturales y naturales que les incumbe distribuir a manos llenas a los hombres que soportan la vida en este Sahara espiritual de nuestro fin de siglo…

Plinio Corrêa de Oliveira, in “Folha de S. Paulo” del 26-11-1982 (Con adaptaciones. Destaques nuestros)

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04/08/2015 | Por | Categoría: Ambientes Costumbres
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