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“¡Qué gran institución, qué gran cultura, qué gran país!

Quiso la Divina Providencia que existiesen en la naturaleza materiales bellos y preciosos con los cuales el ingenio humano, rectamente movido por un anhelo de belleza y perfección, produjese joyas, terciopelos, sedas, en definitiva todo lo que sirve para el adorno del hombre y de la vida.

Imaginar un orden de cosas -cualquiera que sea la forma de gobierno, por lo demás- en que todo eso fuese proscrito como malo, sería rechazar los dones preciosos concedidos para la perfección moral de la humanidad.

Por otro lado, Dios dio al hombre la posibilidad de expresar con gestos, ritos, formas protocolares, la alta noción que tiene de su propia nobleza, o de la sublimidad de las funciones de gobierno espiritual o temporal que a veces es llamada a ejercer. De ahí, que más allá del lujo, la pompa sea un elemento natural de la vida de un pueblo culto.

Esos recursos decorativos fueron hechos para adornar la tradición, el poder legítimo, los valores sociales auténticos, y no para ser el privilegio de arribistas y de nouveaux-riches que alardean su opulencia -para lo que nada los preparó- en boîtes, casinos u hoteles suntuosos. Y mucho menos para ser encerrados en los museos como incompatibles con la simplicidad funcional y la sesudez lúgubre de un ambiente más o menos proletarizado.

Así entendidos, esos elementos decorativos tienen esencialmente una admirable función cultural, didáctica y práctica, de la mayor importancia para el bien común.

*   *   *

En un balcón, la Reina, el Duque de Edimburgo y sus dos hijos se presentan, ante los aplausos de la multitud. Siglos de gusto, finura, poder y riqueza prepararon pacientemente esas joyas magníficas, esa indumentaria noble, esa perfecta estilización de actitudes y expresiones fisonómicas.

Considerando las conveniencias del cuerpo, es bien posible que la Reina encontrase más cómodo en ese momento estar en bata y pantuflas haciendo tricot; el Duque prefiriese estar en una piscina, y los niños revolcándose en el césped. Pero ellos comprenden que esas cosas sólo se hacen en particular. Ellas pueden ser buenas, por ejemplo, para que las haga un pastor delante de su rebaño de irracionales, no sin embargo para que un jefe de Estado imponga respeto a un pueblo inteligente. A los animales se les conduce haciendo el uso de un bordón y dándoles pasto. Para los hombres, son necesarias convicciones, principios y, en consecuencia, símbolos en que todo esto se exprese.

Cuando la Familia Real se asoma así al balcón, ella simboliza la doctrina del origen divino del poder, la grandeza de su nación, el valor de la inteligencia, del gusto, de la cultura inglesa. Las multitudes aplauden. Del mundo entero vienen personas deseosas de contemplar esta manifestación de la grandeza de Inglaterra. Y, al terminar, todos se dispersan diciendo: “qué gran institución, qué gran cultura, qué gran país”.

Plinio Corrêa de Oliveira, in Catolicismo Nº 82 – Outubro de 1957

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24/05/2016 | Por | Categoría: Ambientes Costumbres
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