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Escenario en el que ocurrieron los hechos: una aldea con todas las características convencionales: plaza central, frente a una graciosa iglesia con vitrales de colores, torre, campanas y reloj; una fuente frente a la iglesia; alrededor, un conjunto de casas modesto y confortable; en una de las callejuelas 
vecinas, la escuela primaria; otras callejuelas que acaban diluyéndose en un prado ameno y rico. A poca distancia, un bosque sombrío, de donde salen con cierta frecuencia jabalíes furiosos y manadas de lobos hambrientos.

Primer personaje: la profesora, que enseña a los niños con delicadeza y paciencia angélicas. Alta, esbelta, modesta, sin pretensiones.

Segundo personaje: la pastorcita, que sale a la aurora, llevando sus ovejas al prado. Adolescente, pura, afable, amante del aislamiento y de la oración.

Tercer personaje: el cazador. No se trata de un aficionado a las cacerías, sino de un modesto funcionario municipal, quien tiene la función de reclutar, en los momentos necesarios, a algunos vigorosos jóvenes de aldea y llevarlos al bosque para trabar un duro combate con los animales dañinos. Tarea difícil, que requiere el empleo de extensas jornadas y también largas vigilias. Entre 20 y 30 años, robusto, decidido, modelado por su profesión. La piel tostada por el sol y curtida por el viento. Cabellera abundante y suelta. Paso firme. Apretón de manos fuerte, dedos callosos. Por la mañana, es frecuente verlo volviendo de su faena.

No raras veces viene trayendo sobre sus hombros un animal muerto, que aún gotea sangre. Jovial. Delicadísimo. Desde que se habituó a la profesión, jamás un lobo penetró en la aldea, ni un jabalí devastó las plantaciones.

Cuando él atraviesa la plaza principal, las impresiones que causa no son unánimes. Unos simpatizan con su alegre y juvenil coraje, con su franqueza, su porte varonil. Y sienten seguridad por tener un guardián tan recio. Otros, por el contrario, lo ven con desagrado. Su simple presencia rompe la quietud y la armonía del pueblo, con la evocación de luchas y peligros que no es agradable recordar. La fuerza de ánimo con que persigue, acorrala, hiere y mata, dificulta la percepción de la bondad de su alma. Verlo cargando alegremente algún despojo sangriento de su brava profesión, suscita la impresión de que ningún derramamiento de sangre, incluso el de la sangre humana, le cuesta. En suma, él aparece para unos como la personificación de la varonilidad, de la dedicación y de la proeza. Y a los otros, la propia imagen horrible de la lucha, de la violencia y de la guerra.

Cuarto personaje: el bisabuelo. Tiene todo el “physique du rôle“. Barbas blancas, ojos claros y hundidos. Manos delgadas y algo temblorosas. Un poco sordo.

Quinto personaje: un agente de negocios jubilado, entre 50 y 60 años. Ligeramente tendiente a la obesidad. Ojos pequeños, móviles, sagaces. Voz llena de inflexiones, algunas veces retóricamente sonoras, otras despreocupadamente benévolas, otras cautamente susurrantes. Viajó mucho, analizó muchas cosas, se enriqueció un poco. Es el “boss“ del lugar. Tiene contactos sólidos en las principales ciudades vecinas. Por él pasan todos los hilos decisivos; a él recurren todos buscando consejo en las situaciones graves; de él provienen tanto la noticia de fuera, como el comentario decisivo sobre los hechos de la aldea y de la región.

Lugar de los hechos: la taberna, pequeña y llena, donde la conversación se generalizó entre todos.

El tema: las fiestas de Navidad que se aproximan. Se recuerdan los principales hechos del año. Y, naturalmente, la conversación conduce a un asunto que divide los ánimos. ¿Quién fue el personaje más simpático del año?

Las opiniones se dividen. Unos optan por la linda pastorcita. Cuando sale con su rebaño, da la impresión que va a buscar a un príncipe encantado, tan graciosa y delicada se muestra. Cuando viene de vuelta, con un ligero cansancio en su fisonomía agradable, evoca así una ocupación benemérita y productiva, y simboliza de un modo encantador lo difícil y meritorio del trabajo de pastor. Si, de la cría de ovejas, de la que vive la región.

Otros opinan que es la profesora. Ella representa la enseñanza, el saber, la cultura: bienes maravillosos del espíritu, a los cuales ella abre las puertas a las generaciones que vienen. Ella es más que un agente de producción económica. Es un factor de elevación humana. Es pastora de niños. Lo que vale más que ser pastora de ovejas. Y, realmente con qué cuidado las dirige cuando caminan en dirección a la plaza principal, para rezar el ángelus al son de las campanadas que marcan el fin del trabajo en la placidez de la tarde. Y cuando, después, reúne a los niños en torno del pozo para cantar alegremente una ronda, antes de reconducirlos a sus hogares cercanos.

Todos dudan entre una y otra. Pues no hay quien no aprecie a ambas. Los exaltados de las dos corrientes comienzan a surgir. Esta pequeña cuestión local envuelve un problema más alto, que trasparece en la argumentación de algunos. ¿Qué vale más? ¿La prosperidad, que una simboliza, o el saber, que la otra representa? Y, desde otro punto de vista, ¿quién merece más homenaje, la gracia de la pastora o la dulce sesudez de la maestra? Problemas universales, problemas de todos los tiempos, que por eso mismo se agitan siempre que las vicisitudes de la vida los ponen en relieve.

En un intervalo de la discusión, la voz del anciano se hace oír.

-¿Y el heroísmo? ¿No tiene también un mérito, un mérito que sería injusto no tomar en consideración, una vez que de méritos se trata? Fui soldado, como sabéis, dijo él. Sentí la belleza del soplo que nos levantaba el ánimo en la hora del combate. Evocamos entonces los ambientes felices donde la vida cotidiana se desarrolla entre trabajo, la oración, el estudio y el hogar. Combatíamos para que las pastoras pudiesen continuar en paz conduciendo sus ovejas; las maestras enseñasen sin preocupaciones a los niños; en los hogares las esposas tranquilas preparasen todo con dedicación para el esposo que viene del trabajo; en las iglesias se rezase sin perturbación por la gloria de Dios en lo más alto de los Cielos, y por la paz en la tierra para los hombres de buena voluntad. Para que los principios de justicia y de caridad, sobre los cuales todo este orden cristiano reposa, no fuesen impunemente violados por el enemigo agresor. Entonces nuestras almas se tornaban inmensas, en la proporción del ideal que defendíamos. Nuestro temple se tornaba duro como el acero, y nuestro coraje más fuerte que el del lobo o del jabalí. Avanzábamos, luchábamos, heríamos y matábamos, casi tan alegres cuanto si nos tocase ser heridos o morir. El ideal lo era todo. ¡Oh, la alegría exaltante de la proeza; Oh, la grandeza sagrada, la belleza cristalina de la lucha!

A esta altura, el viejo estaba de pié. Su voz profunda se hacía oír en el silencio de la sala. Nadie imaginó que un estremecimiento de auténtica sublimidad pudiese recorrer una sala, que hasta hacía pocos instantes, era pueblerina. El anciano, cansado, se sentó. Sus últimas palabras fueron: Propongo que discutan si no cabe, entre la maestra y la pastorcita, un lugar para el nombre de nuestro cazador de fieras. ¿No habrá jamás un primado para quién es héroe?

Entre los oyentes habían emoción, pero también un poco de embarazo: hacía pocos días, el párroco había recordado en el sermón aquellas palabras de Nuestro Señor Jesucristo: nadie tiene mayor amor que el que el que da su vida por sus amigos.

Al paso que se desarrollaba la discusión, los partidos se dividían. Unos eran a favor del guardián heroico. Otros estaban en contra de él. Ya no importaba que fuese la profesora o la pastora. Lo esencial era para muchos que la primacía no le cupiese para aquel aguafiestas de la aldea, aquel hombre antipático, con sus víctimas goteando sangre. Para otros, lo indispensable era premiar al héroe.

Como de costumbre, en las ocasiones críticas, llegó la oportunidad para que el agente de negocios pronunciara su palabra decisiva. Las miradas se volvieron hacia él. Y poco a poco se oyó su voz llena de inflexiones que iba subiendo de tono. Conmovió a todos cuando, con entusiasmo, elogió la misión de la pastora. Dejó a todos absortos e interesados cuando se extendió sobre la utilidad de la cultura.

Por fin, a manera de una sentencia, se dirigió al viejo. Dijo en tono grave que lo respetaba, pero que la era de la lucha había pasado. El mundo caminaría algún día -y ya comenzaba a caminar- hacia la fusión de todas las religiones, de todas las razas, de todos los pueblos. Los hombres evolucionados no podrían sino tener horror al derramamiento de sangre. Que alguien, por dinero, aceptase la misión de matar animales salvajes, era una triste necesidad. Pero, poner la lucha -el pretendido heroísmo- en el mismo nivel, y quizá por encima de la cultura e incluso de la producción económica, ¡qué anacronismo! Y, politiquero conciliador, acabó proponiendo una ovación que simbolizase la estima de todos por el anciano y, al mismo tiempo, la aceptación de la opinión suya, el comerciante: excluir de la discusión al cazador.

Una salva de aplausos resonó en la sala. Sólo algunos discordaron irritados.

Era tarde. Todos se levantaron.

* * *

A la mañana siguiente, no se vio al cazador en la plaza. Ni en los días siguientes. Se fue a tierras lejanas, para enriquecerse a su vez en alguna profesión sin riesgo. Y toda la gente se olvidó el episodio.

Al año siguiente, el número de los jabalíes y de lobos creció un poco. Y al siguiente, otro tanto. Al tercer año, el cultivo de los campos decayó. Algunos niños quedaron huérfanos, y la pobreza comenzó a entrar en algunos hogares.

El viejo agente de negocios, refunfuñó: – Ya no es posible vivir aquí. Y se fue a vivir a un sitio lejano.

Mientras tanto, la aldea continuaba decayendo…

* * *

-¿Cómo llamar a este cuento? ¿Qué título dar a este artículo? – ¿”Paz, cultura y heroísmo”? O quizá: ¿”Ingratitud y castigo”?-Tengo dudas.

Tal vez lo mejor fuese: “El crimen de un demagogo bellaco”.

Pensando bien, “Palomas y halcones” sería más acertado.

Escoja el lector.

Por Plinio Corrêa de Oliveira, “Folha de S. Paulo”, 10 de mayo de 1970

 

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04/12/2017 | Por | Categoría: Ambientes Costumbres, Destacados
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Un comentario to “No encontré título para este artículo”

  1. Jorge dice:

    Elijo el nombre: “El cromen del demagogo bellaco”. Acaso no eso lo que sucede en el mundo y nuestro país, con los demagogos de moral “relativistas”?

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