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El nacimiento de un maestro

Historia para reír y para reflexionar

He aquí un ejemplo de como la necia vanidad de los hombres hace que ellos se engañen con su propio juego.

“El único medio, Pierre Douche, de despertar a los imbéciles, es hacer cosas enormes”.

André Maurois nos describe al pintor Pierre Douche, que a pesar de su trabajo y su talento indudable, no ha tenido éxito para conquistar al público, y sus lienzos no se venden. Su amigo, el escritor Paul–Emile Glaise, le sugiere un día un medio inédito de salir de la mediocridad y de conquistar la gloria.

“El único medio, Pierre Douche, de despertar a los imbéciles, es hacer cosas enormes. Anuncia que te vas a pintar al Polo Norte. Paséate vestido de rey egipcio. Funda una escuela de pintura. Mezcla en un sombrero palabras sabias, como exteriorización dinámica. Compón manifiestos para exponer una doctrina artística. Niega el movimiento o el reposo; lo blanco o lo negro; lo circular o lo cuadrado. Inventa la pintura neo–homérica, que no conocerá sino el rojo y el amarillo, la pintura cilíndrica, la pintura octaédrica, la pintura en cuatro dimensiones…”

En ese momento, un perfume extraño y suave anuncia la entrada de Madame Kosnevska. Se trata de una bella polaca, cuya gracia Pierre Douche admiraba. Suscriptora de revistas costosas que producían con gran gasto las obras maestras de niños de tres años, no encontraba en ellas el nombre del honesto Douche y menospreciaba su pintura. Acomodándose sobre un diván, observa el lienzo comenzado, sacude sus cabellos rubios y sonríe con un poco de disgusto:

“Yo estuve ayer –dice ella con su acento vibrante y cantante– viendo una exposición de arte negro, de la buena época. ¡Ah! ¡La sensibilidad, el modelo, la fuerza de eso!”

El pintor gira hacia ella un retrato del cual estaba contento.

“Gentil”, dice ella de la boca para fuera, y vibrante, cantante, perfumada, desaparece.

Pierre Douche arroja su paleta en un rincón y se deja caer sobre el diván: “Yo voy –dice– a hacerme inspector de seguros, empleado de banco, agente de policía. La pintura es el último de los oficios. El éxito creado por los mirones, no llega sino a los artesanos. En lugar de respetar a los maestros, los críticos alientan a los bárbaros. Estoy harto, renuncio.”

Paul–Emile, habiéndole escuchado, enciende un cigarrillo y reflexiona prolongadamente.

Voy a hacerme inspector de seguros, empleado de banco, agente de policía. La pintura es el último de los oficios.

“¿Quieres –dice finalmente– dar a los snobs y a los falsos artistas la dura lección que merecen? ¿Te sientes capaz de anunciar de modo misterioso y serio a la Kosnevska, y a algunos otros estetas, que tú preparas desde hace diez años una renovación de tu estilo?

– ¿Yo?, dice el honesto Douche sorprendido.

– Escucha… yo voy a anunciar al mundo, en dos artículos bien colocados, que fundas la Escuela ideo–analítica. Hasta ahora, los retratistas, en su ignorancia, han estudiado el rostro humano. ¡Tontería! No, aquello que hace verdaderamente al hombre, son las ideas que él evoca en nosotros. Así el retrato de un coronel, es un fondo azul y oro son cortado por cinco enormes galones, un caballo en una esquina, cruces en la otra. El retrato de un industrial, es una chimenea de usina, un puño cerrado sobre una mesa. ¿Comprendes, Pierre Douche, lo que tú aportas al mundo? ¿Puedes pintarme en un mes veinte retratos ideo–analíticos?”

El Pintor sonríe tristemente.

“En una hora –dice– y lo que es más triste, Glaise, es que esto podría tener éxito.

‒ Intentémoslo

‒ Pero yo no tengo suficiente atrevimiento, ni facilidad para conversar…

‒ Entonces, mi buen amigo, ante todo pedido de explicación, te tomarás un tiempo, lanzarás una humareda de tu pipa a la nariz del que te pregunte, y dirás estas simples palabras: “¿Alguna vez ha contemplado Usted un río?

– ¿Y qué es lo que quiere decir eso?

– Nada, dice Glaise, también lo encontrarán ellos muy bello, y cuando te hayan descubierto, explicado y exaltado, nosotros contaremos la aventura y disfrutaremos de su confusión”.

* * *

Dos meses más tarde, el vernissage (1) de la Exposición Douche, se terminaba en un triunfo. Cantante, vibrante, perfumada, la bella Madame Kosnevska, no abandona un minuto a su nuevo gran hombre.

“¡Ah!, repetía. ¡La sensibilidad! ¡El modelo, la fuerza de esto! ¡Qué inteligencia! ¡Qué revelación! ¿Y cómo, querido, ha llegado Usted a estas síntesis asombrosas?”

El pintor se tomó un tiempo, lanzó una fuerte bocanada de su pipa y dice: “¿Alguna vez –mi querida Señora– ha contemplado Usted un río?”

…Vestido con un abrigo con cuello de conejo, el joven y brillante Lévy–Coeur discutía en medio de un grupo: “¡Muy fuerte! –decía– ¡Muy fuerte! Para mí, yo repito desde hace mucho tiempo, no hay cobardía peor que pintar sirviéndose de un modelo. Pero, dime, Douche, la revelación, ¿de dónde te viene? ¿De mis artículos?

Cantante, vibrante, perfumada, la bella Madame Kosnevska, no abandona un minuto a su nuevo gran hombre

– ¡Admirable!, aprueba el otro. ¡Admirable!

En ese momento un célebre vendedor de cuadros, habiendo recorrido todo el atelier, coge al pintor por el brazo y lo lleva hacia un rincón.

“Douche, amigo mío –le dice– es Usted un pillo. Se puede hacer un lanzamiento de esto. Resérveme su producción. No cambie su estilo antes de que yo se lo diga, y yo le compro cincuenta cuadros por año… ¿Le parece bien?

Douche, enigmático fuma sin responder.

Lentamente el atelier se vacía. Paul–Emile Glaise va a cerrar la puerta después del último visitante. Se escucha en la escalera un murmullo admirativo que se aleja. Después, habiéndose quedado sólo con el pintor, el escritor mete alegremente las manos en sus bolsillos y lanza una carcajada formidable. Douche le mira sorprendido.

“¡Y entonces! Buen hombre, dice Glaise, ¿Crees que los hemos engañado? ¿Has oído al pequeño del cuello de piel de conejo? ¿Y la bella polaca? Y las tres bonitas jovencitas, que repetían: “¡Tan nuevo, tan nuevo!” ¡Ah! Pierre Douche, yo creía la estupidez humana insondable, pero esto sobrepasa mis expectativas”.

Y tuvo una nueva crisis de risa invencible. El pintor frunciendo el ceño, y como los espasmos convulsivos continuaban agitando al otro, dijo bruscamente:

“¡Imbécil!”

– ¡Imbécil!, grita el escritor furioso. Ahora que he conseguido hacer la más bella caricatura desde Bixiou (2)….”

El pintor recorre con una mirada orgullosa los veinte retratos analíticos y dice con la fuerza que da la certeza:

“Sí, Glaise, tú eres un imbécil. Hay alguna cosa en esta pintura…”

El escritor contempla a su amigo con un estupor infinito.

“¡Esto es fuerte! – grita. Douche, acuérdate. ¿Quién te ha sugerido este nuevo estilo?”

Entonces Pierre Douche toma un tiempo, y sacando de su pipa una enorme humareda:

“¿Alguna vez has contemplado un río?”

(1) La víspera de la apertura oficial de una exposición, donde el artista recibe a sus amigos, clientes importantes, críticos, vendedores y personalidades.

(2) Panfletario y caricaturista, del cual Alphonse Daudet evoca la figura en su obra Lettres de mon Moulin

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14/08/2016 | Por | Categoría: Ambientes Costumbres
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