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El cazador de imágenes

El reposo auténtico

Nada es más difícil para el hombre contemporáneo que reposar, y sobre todo reposar bien.

Hay que supone que el cine, la televisión, Internet, etc. son óptimos medios de reposar. Sin embargo reposo significa, antes que nada distensión del espíritu. Y todas las diversiones modernas tienden constantemente a provocar en nosotros una excitación. Tanto el hombre moderno no sabe más distraerse sin excitarse, sin embargo no es posible conciliar el reposo con la excitación.

Por su naturaleza el deporte sería un excelente medio de reposo para la inteligencia, pero la manía de las competiciones lo transformó en un pasatiempo excitante donde el ansia de vencer agita febrilmente a los espectadores.

Lo mismo ocurre con las películas, que para agradar necesitan excitar: ambientes impresionantes, sensaciones nuevas, situaciones complicadas en que la curiosidad se esfuerza inútilmente por adivinar el desenlace.

Ahora no es posible admitir como medio de reposo un género de diversiones como éstas, que agotan en lugar de restaurar, excitan en lugar de reposar y que soliviantan en lugar de calmar.

En un ambiente como el nuestro, en que hasta los hogares ya fueron hace tiempo invadidos por la televisión, Internet, etc. con sus fatigantes agitaciones, la lectura de un libro ameno y reposante nos proporciona la agradable impresión de alguien que saliese de un aposento saturado de perfumes penetrantes y fuertes, para respirar a plenos pulmones, el aire sano de los campos.

Fue lo que sentí al leer: El cazador de imágenes *.

“Salta de la cama al amanecer, pero no parte sino cuando su espíritu está alerta, su corazón puro, su cuerpo ligero como una vestimenta veraniega. No lleva consigo ninguna provisión. Beberá el aire fresco en el camino y olfateará los olores saludables. El deja sus armas en la casa y se contenta con abrir los ojos. Los ojos sirven de redes, donde las imágenes se aprisionarán ellas mismas.

“La primera que hace cautiva es aquella del camino que muestra sus huesos, guijarros pulidos, y sus huellas, venas excavadas entre dos setos ricos de endrinas y moras.

“Toma enseguida la imagen del río. Este blanquea en las curvas y duerme bajo la caricia de los sauces. Emite destellos cuando un pescado gira su vientre, como si fuese lanzada una moneda de plata, y desde que empieza a caer una fina lluvia, al río se le pone la carne de gallina.

“Después capta la imagen de las espigas de trigo en movimiento, de la alfalfa apetitosa y de los prados bordeados por arroyos. Registra a su paso el vuelo de una alondra o de un jilguero.

Más tarde entra en el bosque. No se sabía dotado de sentidos tan delicados. Rápidamente impregnado de perfumes, no pierde ningún sordo rumor.

Teniendo el alma llena de todas estas imágenes, aromas y percepciones, “deja el bosque y abandona el bosque, siguiendo de lejos a los paisanos leñadores que regresan al pueblo”.

“Fuera del bosque, fija un momento su mirada, al punto que su ojo se deslumbra; el sol que se acuesta y se desviste sobre el horizonte de sus luminosos trajes, sus nubes esparcidas confusamente.

De regreso a casa

Finalmente, de regreso a casa, la cabeza llena, apaga su lámpara y detenidamente, antes de dormirse, se complace en contar sus imágenes.

“Dóciles, ellas renacen al sabor del recuerdo. Cada una de ellas despierta otra, y sin cesar su tropa fosforescente es aumentada con las recién llegadas, como perdices perseguidas y divididas todo el día, cantan al atardecer, al abrigo del peligro y se llaman de nuevo al fondo de los surcos.”

Descritas con gracia, las plantas, los animales, la luz del sol, nos llevan a admirar la excelencia de todo cuanto el cazador ve en torno de si. La narración junta lo útil a lo agradable, y en cuanto nos distrae, mal percibimos que ella nos hace pensar.

Así como este cazador de imágenes, todos nosotros, en nuestro recorrido cotidiano vemos muchas cosas que nos llaman la atención, sea para el bien o para el mal. Vale realmente la pena prestar atención en las buenas, analizarlas, e incluso como, nuestro cazador guardarlas para saborearlas al final del día. En ellas podemos encontrar descanso, distensión y buenos temas para la reflexión. Fue esa gentileza de aquella persona; una bonita perspectiva urbana o rural; son aquellos pequeños detalles en que vemos la huella del Creador, etc. Con todo ello podemos encantarnos y edificarnos. Sacar sustento y fuerzas para practicar el bien y agradecer a Dios.

Tengamos ojos para saber ver la belleza de las cosas.

* Jules Renard – Histoires naturelles.

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18/09/2015 | Por | Categoría: Ambientes Costumbres
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