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Belleza y dignidad de una vida simple

Ambientes, Costumbres, Civilizaciones

Existe un igualitarismo revolucionario que tuvo su primer heraldo en el demonio, cuando éste profirió su “non serviam”, que consiste en envilecer, rebajar, degradar todas las cosas por odio a cualquier jerarquía, autoridad o preeminencia.

A lo largo de la crisis abierta con el protestantismo, y llevada al auge por el comunismo, la influencia se va haciendo cada vez más dominante y ha tenido como consecuencia la implantación entre los pueblos occidentales de un estilo de vida cada vez más grosero, materialista y vulgar. En las clases ricas, este fenómeno se expresa a través de una degradación progresiva del gusto, de los modales y de la cultura, por el apetito, ya casi sin frenos, de placeres desatados, sensuales y materialistas. En las clases pobres, por una sujeción creciente del hombre a la máquina, por un embrutecimiento siempre en aumento, por una rebelión que el mal ejemplo contagioso de las “élites” no hace sino agravar.

Entre ricos y pobres hay, evidentemente, ejemplos de meritoria resistencia a esa avalancha. Sin embargo, sería imposible dejar de reconocer que este impetuoso tifón del igualitarismo produce sus devastaciones en todas las esferas de la vida contemporánea.

La Iglesia también tiene su igualitarismo. ¡Pero cuán distinto de aquél! Reconociendo no sólo como inevitable, sino como conveniente, legítima y bella la diversidad de fortunas y de clases sociales, los Papas han predicado sin embargo con insistencia la paz y la colaboración entre ellas, y han condenado con vehemencia la lucha social. Pero la Iglesia enseña que, para que semejante paz sea conforme a Nuestro Señor Jesucristo, es necesario que a todos los hombres se les reconozca el derecho a una vida digna, estable, tranquila y decorosa. En consecuencia de esto, el verdadero católico debe ser celoso, no sólo de proteger las élites auténticas constituidas por la virtud, por la educación, por la tradición y por el saber, sino también iluminar de dignidad, tranquilidad, belleza, y sobre todo de virtud, las condiciones de existencia de las capas menos elevadas de la sociedad.

Lo propio de esta sección consiste en ilustrar los principios con ejemplos. En contraposición al tipo tan frecuente del proletario moderno, víctima infeliz del igualitarismo mecanicista neopagano, he aquí dos figuras populares que representan algo de aquella belleza y dignidad de la vida simple, de la que acabamos de hablar.

Trátase de dos tipos populares alemanes, uno rural, y el otro urbano.

Es probable que este vigoroso campesino de Bernau, en la Selva Negra, no sepa ni griego ni latín, entienda poco de política y casi no lea diarios. Su ancianidad robusta y como juvenil indica no obstante un tipo racial admirable, teniendo por detrás de sí una larga tradición de generaciones enteras de colonos bien alimentados, viviendo en un ambiente tranquilo, dotados de un admirable equilibrio físico y psíquico. Campesino, estrictamente campesino, hay en este hombre algo de regio, un tal o cual esplendor patriarcal, que se refleja no sólo en las barbas abundantes y blancas, sino en el porte erguido, en la imperturbable seguridad de la fisonomía, en la mirada resuelta, de hombre habituado a ver lejos y firme, y a cubrir extensas áreas con su autoridad de “pater familias”. El no conoce a Homero ni a Virgilio, es cierto, pero –cosa mucho más gloriosa– si Homero o Virgilio lo hubiesen conocido, probablemente le habrían consagrado alguna bella referencia que inmortalizaría su nombre o su tipo.

Claro está que este hombre es producto de todo un ambiente, patrón de toda una sociedad, fruto lleno del jugo de todo un orden de cosas, en el cual el elemento popular –manteniéndose popular– encuentra las condiciones de vida digna y de abundancia que en una civilización católica le deben tocar.

Y pasemos al fabricante de violines. Mittenwald, en la Alta Baviera, ya existía en el siglo XIV. A partir del siglo XVII se destacó por su industria de violines, que hasta el día de hoy florece allí. Este especialista, evidentemente, está muy lejos de ser un sabio, o un profesor universitario. Es un trabajador manual. Pero cuánta inteligencia reluce en su mirada, qué admirable hábito de trabajo metódico, intenso y calmo, en el gesto que está realizando, qué pericia perfecta y qué transparencia de esplendor del artesanado se nota en todo su ser. Hombre que en una profesión modesta encuentra condiciones de vida dignas, capaces de justificar una verdadera y noble ufanía.

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Claro está que cada ejemplo concreto, por el hecho de ser concreto, se reviste de características históricas, personales o locales accesorias, ciertamente legítimas, pero que pueden variar conforme el tiempo y los lugares. En estos ejemplos, lo que nos interesa es lo que tienen de universal la belleza y dignidad de una vida simple, cuando es comprendida a la luz de la civilización católica.

Es lo que se transparenta en el bienestar que cada uno de estos hombres siente en su profesión. El campesino, robusto, saludable, próspero; el artesano, de un físico enfermizo y precozmente envejecido, que recuerda las amarguras de la guerra, de tanto mayor peso para los habitantes de las ciudades que para los del campo; pero uno y otro con el alma llena de satisfacción de poder respectivamente cultivar la tierra y hacer violines.

Plinio Corrêa de Oliveira, in Catolicismo, Marzo de 1955

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09/10/2016 | Por | Categoría: Ambientes Costumbres
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