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Angeles o demonios servidos a la mesa

Una cena de gala

“Durante las comidas, no apoye los codos en la mesa. Evite los bostezos. No escupa, no trate de asuntos licenciosos…” Así, desde el siglo XVI, los manuales católicos de instrucción religiosa y cívica preparaban la convivencia en la mesa. La búsqueda de su perfección provenía del consejo evangélico: “Cuando dos o más se reunieren en mi nombre, Yo estaré en medio de ellos”.

La Iglesia confirió elevación y grandeza a las comidas, pues El estaría presente. Por lo tanto un carácter de sacralidad. A la mesa, sea en los conventos, en las cortes cristianas como entre campesinos, reinaba una segunda naturaleza, más elevada y majestuosa, y que era la verdadera naturaleza de la convivencia. Ella se asemejaba a la sociedad de los ángeles pintada por el Beato Angélico, de cuyos cuadros se desprenden la amenidad y la distinción de virtudes sociales perfectas.

Fiel a su misión de preparar a las almas para el Paraíso, la Iglesia hizo de las relaciones en esta Tierra un aprendizaje para el Cielo. La hora de la refección constituía un momento ápice de esa convivencia. Civilizar significa elevar a las personas por encima de su condición animal.

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El mundo moderno perdió la sacralidad de otrora. Sobre todo los ritos de la refecciones, poco a poco, insensiblemente desaparecieron. Servilletas, cubiertos, cristales, candelabros, vajillas, flores, reglas de conversación fueron derrumbados por la vibración del mundo moderno. El tiempo, o mejor dicho, su falta, pasó a dictar las reglas. Desaparecieron también, de modo paulatino, el vocabulario y la cortesía en la convivencia. La simplificación es cómplice de la falta de tiempo. Así, incluso los ritos simples, pero cuan elevados, de la mesa campesina se desvanecieron. Todo tendió hacia lo banal.

Un restaurant de nivel medio

En la fotografía se ve un restaurante moderno, cuya ornamentación, a pesar de ser simple, procura la corrección. Con excepción de las lámparas, no hay ornamentos, ni buen gusto. La posibilidad de ver, al fondo, el follaje del jardín y sus lucidas flores es su única amenidad. Los comensales con el mismo estilo, denotando decencia y respeto. Nada arremete contra la compostura de los que están en la mesa, ni les quita la elevación de espíritu. Este ambiente se distanció de la sacralidad y de la atmósfera angélica, pero no impide el trato social digno.

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La otra fotografía tiene algo de inverosímil. A una sana imaginación no se le ocurriría concebir un restaurante así. ¿Broma? No. Desgraciadamente, restaurantes así ya existen. ¿Cómo expresar el choque que se tiene al verlo?

Una avalancha de ideas viene de inmediato. Para un católico, en primer lugar, la indignación de ver profanada la sacralidad de las refecciones.

La comida servida en sanitarios

Todo objeto evoca forzosamente la idea de su finalidad. Al ver un faro proyectando su haz de luz en la oscura inmensidad oceánica, nos viene la idea de vigilancia. El camello nos trae a la memoria la resistencia en medio de condiciones adversas. El tenedor y cuchillo cruzados nos recuerdan la refección.

No es preciso mencionar lo que los inodoros evocan. La civilización les asignó en las casas un lugar reservado. Por su prosaísmo, su función evoca una de las consecuencias del pecado original. Olores, sonidos, materia repugnante. Nada en el uso de los inodoros debe aparecer en sociedad. Si fuesen ellos visiblemente instalados en un despacho de abogado, en la sala de visitas de una familia o en el hall de un aeropuerto, por su simple visión causarían asco. ¿Pero en un restaurante? ¿En un restaurante que los utiliza no sólo como asientos, sino también como platos?

Es verdad que la comida que contienen no es inmundicia. Los animales comen sus alimentos independientemente del recipiente. Los comen incluso sin repugnancia al lado de inmundicias. Pero el hombre, no. El espíritu humano pide una adecuación del contenido con el receptáculo. Así no se toma agua en plato de sopa, ni cerveza en copa de licor. Esta adecuación se llama decoro. El decoro tiene reglas, a fin de que cada uno – no sólo comensales, sino alimentos también – muestren en sociedad lo mejor de sí mismos.

Sin comentarios

La tendencia a relacionarse con excrementos se encuentra en modernas corrientes neo–paganas, afines con teorías ecologistas radicales. Ellas propician la animalización de la sociedad. Enseña Santo Tomás de Aquino que lo bello refleja a Dios, y lo feo al demonio. La connaturalizad con lo asqueroso, lo fétido y lo horroroso denota una tendencia, explícita o no, hacia la simpatía en relación al demonio. De implantarse esa tendencia, la convivencia humana ya no estaría preparando las almas para que se asemejen con la sociedad angélica, sino con el desorden y la inmundicia de la sociedad infernal.

Nelson Ribeiro Fragelli

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25/10/2015 | Por | Categoría: Ambientes Costumbres
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