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“Que vuestro sí sea sí, y vuestro no, no”

La llamada “táctica del terreno común”, cuando es empleada no a título excepcional, sino de manera frecuente y habitual, es la canonización del respeto humano; y al llevar al fiel a disimular su fe, es la violación declarada de estas palabras del adorable Maestro:

“Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 13-16).

Jesús con los doctores de la Ley

En cuanto al consejo que se da en ciertos ambientes católicos, de ocultar a los fieles la aspereza de la vida espiritual y las luchas interiores que conlleva, cómo es diferente el procedimiento del Salvador. A las almas que deseaba atraer, les decía esta terrible verdad: “Desde los días de Juan, el Bautista, hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan” (Mt 11, 12). Y declaraba también:

“Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida [eterna], que ir con las dos manos a la gehenna [al infierno], al fuego no se apaga. Y, si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida [eterna], que ser echado con los dos pies a la gehenna. Y, si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos a la gehenna, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga” (Mc 9, 43-48).

«Que vuestro sí sea sí, y vuestro no, no»

Pero, se podrá objetar, ¿éste lenguaje no repele a las almas? A las almas duras, frías, tibias, sí. Pero si Nuestro Señor no quiso tener entre los suyos a tales almas, y usó un lenguaje apto para desviar de sí a esos elementos inútiles, ¿queremos nosotros ser más sabios, más blandos y más compasivos que el Hombre-Dios, y llamar hacia nosotros a los que Él no quiso?

Hay en nuestros días muchos espíritus que se contentan tan fácilmente, que consideran católico de los más auténticos y dignos de confianza, a cualquier político que hable de Dios en uno u otro discurso. Es la táctica de ver sólo lo que nos une y no lo que nos separa. ¿Quién le diría a uno de aquellos volubles “deístas”, en ciertos círculos liberales, estas terribles palabras del Apóstol Santiago: “Tú crees que hay un solo Dios. Haces bien. Hasta los demonios lo creen y tiemblan” (Sant 2, 19)? Ésta es la conducta del cristiano, cuyo espíritu santamente altivo no tolera subterfugios ni sinuosidades en materia de profesión de fe.

¿Cómo debemos hacer apostolado? Con las armas de la franqueza: “Que vuestro sí sea sí, y vuestro no, no, para que no caigáis bajo condena” (Sant 5, 12).

No se puede ocultar la luz de Cristo que debe iluminar al mundo

Sin que declaremos con palabras y actos nuestra fe, no estaremos haciendo apostolado, pues estaremos ocultando la luz de Cristo que brilla en nosotros, y que de nuestro interior debe transbordar para iluminar al mundo: “Así seréis irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una generación perversa y depravada, entre la cual brilláis como lumbreras del mundo” (Fil 2, 15).

De nada huyamos, de nada nos avergoncemos:

“Pues Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza. Así pues, no te avergüences del testimonio de Nuestro Señor ni de mí, su prisionero; antes bien, toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios” (2 Tim 1, 7- 8).

¿Esta actitud causas de desavenencias? Poco importa. Debemos vivir luchando “por la fidelidad al Evangelio, sin el menor miedo a los adversarios; esto será para ellos signo de perdición, para vosotros de salvación: todo por obra de Dios” (Fil 1, 27-28).

Cualquier caridad que pretenda ejercerse en detrimento de esta regla es falsa: “Que vuestro amor no sea fingido; aborreciendo lo malo, apegaos a lo bueno” (Rom 12, 9).

Una vez más insistimos: si hubiera quien huye ante la austeridad de la Iglesia, pues que huya, porque no es del número de los elegidos.

“Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo. Pues el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios. Pues está escrito: «Destruiré la sabiduría de los sabios, frustraré la sagacidad de los sagaces». ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el docto? ¿Dónde está el sofista de este tiempo? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo? Y puesto que, en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los que creen. Pues los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Cor 1, 17-24).

«La espada del espíritu, que es la palabra de Dios»

Es duro actuar siempre así. Pero un ánimo valeroso, sostenido por la gracia, todo lo puede: “Vigilad, manteneos firmes en la fe, sed valientes y valerosos” (1 Cor 16, 13).

De otro lado, los que no quieren luchar deben renunciar a la vida de católicos, que es una lucha constante, como advierte minuciosa e insistentemente el Apóstol:

“Por lo demás, buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder. Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las acechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es [solamente] contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire. Por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Abrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios. Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con constancia, y suplicando por todos los santos. Pedid también por mí, para que cuando abra mi boca, se me conceda el don de la palabra, y anuncie con valentía el misterio del Evangelio, del que soy embajador en cadenas, y tenga valor de hablar de él como debo” (Ef 6, 10-20).

Acusaciones lanzadas alevosamente contra Nuestro Señor

No es otra la doctrina que contiene este hecho de la vida del Divino Salvador: “Le respondieron los judíos: «¿No decimos bien nosotros que eres samaritano y que tienes un demonio?». Contestó Jesús: «Yo no tengo demonio, sino que honro a mi Padre y vosotros me deshonráis a mí. Yo no busco mi gloria; hay quien la busca y juzga. En verdad, en verdad os digo: Quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre».

“Los judíos le dijeron: «Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abraham murió, los profetas también, ¿y tú dices: ‘Quien guarde mi palabra no gustará la muerte para siempre’? ¿Eres tú más grande que nuestro padre Abraham, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?».

“Jesús contestó: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: ‘Es nuestro Dios’, aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera ‘No lo conozco’, sería, como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra. Abraham, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría».

“Los judíos le dijeron: «No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?».

“Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: Antes de que Abraham existiera, yo soy». Entonces cogieron piedras para tirárselas; pero Jesús se escondió y salió del templo” (Jn 8, 48-59).

Y no sólo de poseso, sino hasta de blasfemo, fue acusado Nuestro Señor:

“Los judíos agarraron de nuevo piedras para apedrearlo. Jesús les replicó: «Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?». Los judíos le contestaron: «No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios»” (Jn 10, 31-33).

Plinio Corrêa de Oliveira ‒ Extractos de su libro «En Defensa de la Acción Católica» (1943)

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20/04/2017 | Por | Categoría: Formación Católica
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