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Pascua de Resurrección

La regularidad con que se suceden en el calendario de la Iglesia los diversos ciclos del año litúrgico, imperturbables en su curso, por más que los acontecimientos de la historia humana varíen en torno a ellos, y los altibajos de la política y de las finanzas continúen su carrera desordenada, es una afirmación de la majestad celestial de la Iglesia, superior al vaivén caprichoso de las pasiones humanas.

Superior, pero no indiferente. Cuando los días dolorosos de la Semana Santa transcurren en momentos históricos tranquilos y felices, la Iglesia, como madre cariñosa, se sirve de ellos para reavivar en sus hijos el desinterés, el sentido del sufrimiento heroico, el espíritu de renuncia a la trivialidad diaria y a la dedicación completa a ideales dignos de dar un sentido más alto a la vida humana. “Un sentido más alto” no está bien dicho. Es el único sentido que tiene la vida: el sentido cristiano.

Cristo es el Rey de la gloria, que venció a la muerte y aplastó al demonio. Su Iglesia, Reina de inmensa majestad, es capaz de levantarse de todos los escombros

Pero la Iglesia no es sólo una Madre cuando nos enseña la gran misión austera del sufrimiento. Ella también es Madre, cuando en los extremos del dolor y de la aniquilación, ella hace brillar ante nuestros ojos la luz de la esperanza cristiana, abriéndonos los horizontes serenos que la virtud de la confianza muestra a todos los verdaderos hijos de Dios.

Así, la Santa Iglesia se sirve de las alegrías vibrantes y castísimas de la Pascua, para hacer brillar ante nuestros ojos, incluso en las tristezas de la situación contemporánea, la certeza triunfal de que Dios es el supremo Señor de todas las cosas, de que su Cristo es el Rey de la gloria, que venció a la muerte y aplastó al demonio, que su Iglesia es la Reina de inmensa majestad, capaz de levantarse de todos los escombros, de disipar todas las tinieblas y de brillar con un triunfo más esplendoroso, en el momento exacto en que parecía aguardarle la más terrible, la más irremediable de las derrotas.

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La alegría y el dolor del alma resultan necesariamente del amor. El hombre se alegra cuando tiene lo que ama, y se entristece cuando lo que ama le falta.

El hombre contemporáneo pone todo tu amor en las cosas de superficie, y por eso sólo los acontecimientos de superficie –de la superficie más próxima a su minúscula persona– lo emocionan. Así, lo impresionan sobre todo sus desgracias personales y superficiales: problemas de salud, la situación financiera inestable, los amigos ingratos, las promociones que tardan, etc. De hecho, sin embargo, todo esto es secundario para el verdadero católico que busca antes de todo la mayor gloria de Dios y, por lo tanto, la salvación de su propia alma, y ​​la exaltación de la Iglesia.

Sería un error negar que la apostasía general de las naciones sigue creciendo de modo aterrador

Por eso, el mayor sufrimiento del católico debe consistir en la situación actual de la Iglesia.

Sin duda, esta situación presenta aspectos reconfortantes. Sin embargo, sería un error negar que la apostasía general de las naciones sigue creciendo de modo aterrador, que la tendencia al paganismo se desarrolla vertiginosamente en las naciones heréticas o cismáticas que aún conservan algunos restos de sustancia cristiana. En las propias filas católicas, al par de un renacimiento promisorio, se puede observar la marcha progresiva del neo-paganismo: se depravan las costumbres, se limitan las familias, pululan las sectas protestantes y espiritistas.

A pesar de tantos motivos de tristeza, motivos que hacen presagiar, tal vez, para todo el mundo, una catástrofe no distante, continúa la esperanza cristiana. La razón de esto nos es enseñada en la propia fiesta de la Pascua.

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Sellaron su tumba, la guarnecieron con tropas, pensaron que todo había terminado

Cuando Nuestro Señor Jesucristo murió, los judíos sellaron su tumba, la guarnecieron con tropas, pensaron que todo había terminado.

En su impiedad, negaron que Nuestro Señor fuera el Hijo de Dios, que fuese capaz de destruir la prisión sepulcral en que yacía, que, sobre todo, fuese capaz de pasar de la muerte a la vida. Todo esto se llevó a cabo. Nuestro Señor resucitó sin ninguna ayuda humana, y bajo su imperio la pesada piedra de la sepultura se dislocó leve y rápidamente, como una nube. Y Él resucitó.

Así también la Iglesia inmortal, puede ser aparentemente abandonada, manchada, perseguida. Puede yacer, derrotada en la apariencia, bajo el peso sepulcral de las mayores pruebas. Ella tiene en sí una fuerza interior y sobrenatural, que le viene de Dios, y que le asegura una victoria tanto más espléndida cuanto más inesperada y completa.

Esta es la gran lección de hoy, el gran consuelo para los hombres rectos que aman sobre todo a la Iglesia de Dios: Cristo murió y resucitó.

La Iglesia inmortal resucita de sus pruebas, gloriosa como Cristo, en la radiante aurora de su Resurrección.

Plinio Corrêa de Oliveira

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26/03/2016 | Por | Categoría: Formación Católica
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