Comparta

Ningún legado es tan rico cuanto la honestidad (podcast)

Ningún legado es tan rico cuanto la honestidad (William Shakespeare)

Ud. habrá notado que muchas veces los temas que alimentan las conversaciones entre las personas son las dificultades más apremiantes del momento, sea por carencia o por exceso.

Por ejemplo, será muy fácil encontrar a dos ancianos conversando de salud, pues ésta normalmente comienza a faltarles con los años; también no es difícil encontrarse con dos agricultores hablando de lluvia, pues ella hace tiempo que no se ve caer. O del frío excesivo que está haciendo, pues en invierno es un tema obligatorio. Para qué decir nada del dinero, todos tenemos necesidades, y es por lo tanto un tema recurrente en todas las circunstancias.

Por este motivo probablemente a Ud. no le ha llamado la atención el que hoy se hable tanto de honestidad. Sí, honestidad pública y privada, y de su corolario, la confianza. Es el tema de mensajes presidenciales, de noticias de diarios, de declaraciones políticas, empresariales, de comportamientos estudiantiles, etc.

Y una señal de que falta honestidad en todos los niveles es precisamente que se hable tanto de ella.

Comencemos entonces por definir el concepto: ¿Qué es precisamente la honestidad?

Normalmente se dice que una persona es honesta si no hace trampas o si no roba. Así por ejemplo se puede decir de un cajero que es muy honrado, pues nunca se guarda algo que no le pertenece; o que un patrón es muy honrado pues paga siempre el justo salario a sus empleados. O que un empleado es honrado pues cumple con el trabajo encomendado.

Esto es verdad, sin embargo la honestidad no es sólo eso. Ella es principalmente una virtud con relación a Dios y a nosotros mismos. Es decir el hombre honesto es aquel que no se miente a sí mismo y se conoce como es y cómo debería ser en función del plan de Dios que lo creó. Por eso, hace los esfuerzos necesarios para corregirse en aquello que él mismo ve que no es conforme a lo que debería ser.

Por lo tanto, la primera condición de la honestidad es reconocernos como seres creados por Dios a su imagen y semejanza, y tratar de comportarnos como tales. De ahí que la honestidad muchas veces sea considerada sinónimo de justicia y de santidad. En realidad el hombre justo, es decir aquel que da a cada persona y a cada cosa aquello que merece, es también un hombre honesto.

De ahí, y por el principio de que todas las virtudes son solidarias entre sí, es que el hombre honesto es veraz y no miente. Por el contrario, las faltas a la honestidad comprenden todos los vicios morales: el robo, la mentira, el adulterio, etc.son

¿Puede sorprendernos que en medio del abandono de las verdades de la Fe católica, la honestidad sea hoy en día una virtud rara, casi como una perla en medio del océano? Obviamente no, porque una de las primeras consecuencias de la pérdida de la Fe, es precisamente que se nublan de inmediato todas las verdades que se desprenden de la Fe, entre las cuales, la verdad sobre la ley moral que nos indica cómo comportarnos con nosotros mismos y con los que nos rodean. Si la conciencia se forja sus propios valores y no reconoce una ley superior que viene de Dios, es inevitable que la gente busque únicamente su propio interés y que la falta de honestidad pase a ser un mal tan difundido en nuestra sociedad.

Por este motivo debemos buscar esa perla y dejar todas las otras cosas, como nos enseña Nuestro Divino Redentor: “También el Reino de los Cielos es semejante al hombre tratante, que busca buenas perlas; que hallando una preciosa perla, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró”.

Esa preciosa perla es precisamente la virtud de la honestidad.

Alguien podrá decirnos que esa visión es propia de un católico y no puede obligar a quien no lo es.

Le respondemos que no es así. La honestidad ciertamente es una virtud que es más fácil de practicar a un católico ayudado por la gracia sobrenatural. Sin embargo ella, como todas las virtudes, debe ser practicada por todos, pues está impresa en nuestra naturaleza. Al punto que hasta un niño que nunca asistió a una clase de catecismo se pone rojo cuando dice una falsedad.

No es necesario ser católico para sentir el peso de la conciencia cuando fallamos a la honestidad en cualquiera de sus manifestaciones, cuando mentimos, cuando hacemos negocios turbios, cuando somos hipócritas, etc. Este peso de la conciencia muestra que en el alma de todas las personas la honestidad está impresa como en un espejo, y cuando ese espejo refleja una mancha vemos toda su fealdad.

En una sociedad en que la falta de honestidad es generalizada, (un pequeño ejemplo de ello es la evasión del pago del Transantiago, donde casi el 25% de las personas no paga su boleto), la confianza inmediatamente se resiente y es necesario aumentar los controles. Pero como también los controladores son deshonestos, comienza el círculo vicioso de la corrupción, que consiste en el aumento progresivo de la deshonestidad, de la desconfianza y de los controles que no surten efecto. Nadie confía en nadie, porque todos saben que nadie es honesto.

Así comienzan todos a vigilarse: “sonría porque lo estamos filmando”. Filmadoras en las calles, en los malls, en las tiendas, a bien decir no hay espacio público en que no estemos siendo permanentemente filmados como eventuales delincuentes. Y peor sería que no hubiese esas filmadoras, porque por lo menos algunos delitos son evitados. Pero ellas indican que la honestidad prácticamente desapareció de las virtudes sociales.

Ahora, obviamente hay algunos que están más llamados que otros a dar ejemplo de honestidad. En primer lugar los religiosos y sacerdotes que están llamados a la perfección, deben ser ejemplo de honestidad pública y privada.

Y en segundo lugar, las autoridades que gobiernan el País, pues saccii ellas no son honestas, ¿cómo entonces se le puede pedir honestidad a un simple ciudadano?

De ahí que haya tanto discurso llamando a reconstituir la confianza y las honestidad pública. Sin embargo tales discursos, si no comienzan por casa, es decir por los políticos y los empresarios, no pasarán de palabras huecas que el viento lleva.

Hablar de honestidad, por ejemplo, y postular una ley de aborto que pretende matar a un niño no nacido, inocente e indefenso, es una aberración. Decir que una Nueva Constitución va a resolver el problema de la deshonestidad es poner el carro delante de los bueyes. Si todos los hombres respetasen la moral, el Código Penal se tornaría superfluo. De poco sirve imponer la virtud desde afuera, mediante leyes, si las conciencias y las voluntades individuales no se conforman a la ley moral, movidas por la Fe y ayudadas por la gracia sobrenatural.

Como conclusión comencemos nosotros a admirar la belleza de la Ley Moral en los gestos de honestidad que veamos a nuestro alrededor y a pedir la gracia de poder practicar esta virtud. En este próximo mes de junio comienza el mes del Sagrado Corazón. Pidamos al Divino y honestísimo Corazón de Jesús que haga nuestro corazón similar al suyo.

Muchas gracias, y recuerde que nos puede seguir en www.accionfamilia.org.

Print Friendly
01/06/2015 | Por | Categoría: Formación Católica
Tags: , , , ,

Deje su comentario