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La aceptación del pecado no es caridad

El ejemplo Divino es el del Buen Pastor que va atrás de la oveja perdida para traerla de nuevo al redil. Otro ejemplo conmovedor es el de Santa Mónica, madre de San Agustín. Ella nunca apoyó la vida impura y las creencias heréticas de su hijo, pero tampoco nunca dejó de rogar y de trabajar para su conversión. “Las lágrimas de la madre” lo convirtieron finalmente y él vino a ser una de las mayores lumbreras católicas de todos los tiempos.

La compasión verdadera proviene de la caridad

La compasión verdadera es un efecto de la caridad. [1]Sin embargo, el objeto de esta virtud es Dios, cuyo amor se extiende a las criaturas. [2]Por lo tanto la virtud de la compasión busca llevar a Dios a quién sufre y a hacerlo partícipe en el amor infinito de Dios.

San Agustín expresa esto maravillosamente: “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Ahora, uno se ama convenientemente cuando uno ama a Dios más que a uno mismo. Entonces, lo que uno tiene como objetivo para uno, debe tenerlo como objetivo para el prójimo, a saber, que él pueda amar a Dios con un amor perfecto. [3]Así, compadeciéndose al mismo tiempo de los sufrimientos de otro, el amor del prójimo debe siempre ser por amor de Dios.

La manipulación de la compasión debe ser denunciada.

Hablar de la compasión “no crítica” es una contradicción en los términos puesto que niega el papel fundamental de la razón y de la Moral. Es apenas un artificio más, empleado por el movimiento homosexual en esta Guerra Cultural donde las palabras y los conceptos se convierten en verdaderas armas.

Desde el punto de vista católico y racional, la compasión es verdadera solamente cuando busca el verdadero bien de su prójimo. Este bien consiste, sobre todo, en su salvación eterna, pero también abarca el aliviar sus sufrimientos temporales.

Asistirle para que permanezca en el vicio y el pecado por una compasión equivocada de sus sufrimientos temporales, es ignorar su bien espiritual y su salvación. No puede haber una crueldad mayor.

(Extraído de En Defensa de una Ley Superior)


[1] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, II-II, q. 30, a. 3,ad 3

[2] Ibid. II-II, q. 25, a. 3.

[3] San Agustín, Of the Morals of the Catholic Church, no. 49, www.newadvent.org/fathers/1401.htm

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28/11/2017 | Por | Categoría: Formación Católica
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