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“Gloria a Dios en lo más alto de los Cielos…”

“Gloria a Dios en lo más alto de los Cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” (Lc. 2, 14). Es imposible a cualquier católico meditar sobre la Navidad, sin que le vengan a la mente, y casi diríamos a los oídos, las palabras harmoniosas e iluminadas con que los Angeles, cantando, anunciaron a los hombres la gran nueva del advenimiento del Salvador. Así, es a propósito de esas palabras que haremos, junto al Pesebre, a los pies del Niño Dios, y bien unidos a María Santísima, nuestra meditación de Navidad.

“Gloria” ¡Cómo los antiguos comprendían el significado de este vocablo!; ¡cuántos valores morales refulgentes y arrebatadores veían en él! Fue para conquistarla que tantos reyes dilataron sus dominios, tantos ejércitos enfrentaron la muerte, tantos sabios se entregaron a los más arduos estudios, tantos conquistadores se adentraron por las soledades más temibles, tantos poetas hicieron sus producciones más altas, tantos músicos arrancaron del fondo de sí mismos sus notas más vibrantes, y tantos hombres de negocios, por fin, se lanzaron a los más ingentes trabajos. Sí, porque hasta en la riqueza se procuraba, no sólo un factor de hartura, confort y seguridad, sino también de poder y de prestigio; en una palabra, de gloria.

Ahora bien, delante de ese mundo que hipertrofió hasta el delirio la importancia de lo que conduce a la vida material abundante, amplia y segura, Nuestro Señor nos da, por ocasión de la Santa Navidad, una doble lección del mayor alcance.

Consideremos a la Sagrada Familia desde el punto de vista de lo que se llama comúnmente una buena instalación en la vida. Una dinastía que perdió el trono y la riqueza, tiene en San José un retoño que vive en la pobreza. La Santísima Virgen acepta esta situación con una paz perfecta. Ambos se empeñan en mantener una existencia ordenada y compuesta en esa pobreza, y sin embargo sus mentes están llenas, no de planes de ascensión económica, de confort y placeres, mas de cogitaciones referentes a Dios, Nuestro Señor. Para su Hijo, la Sagrada Familia presenta una gruta como primera morada y un comedero (pesebre) por cuna. Mas el Hijo, ¡es el mismo Verbo encarnado!, para cuyo nacimiento la noche se ilumina, el Cielo se abre y los Ángeles cantan, y a Quien desde los confines de la tierra vienen Reyes llenos de sabiduría a ofrecer oro, incienso y mirra…

¡Cuánta pobreza, y cuánta gloria! Gloria verdadera, porque no es “cotización” junto a los hombres meramente utilitarios, que aprecian a los otros según la medida de sus riquezas, mas una gloria que es como que el reflejo de la única y verdadera gloria: la de Dios en lo más alto de los Cielos.

¿Y la paz?

La estagnación en el error y en el mal, la concordia con los soldados de Satanás, la aparente conciliación entre la luz y las tinieblas, por lo mismo que confieren ciudadanía al mal, sólo traen desorden y generan una tranquilidad que es la caricatura de la verdadera paz.

La paz verdadera sólo existe entre los hombres de buena voluntad, que procuran de todo corazón la gloria de Dios.

Y es por esto el mensaje de Navidad relaciona ambas cosas: “Gloria a Dios en lo más alto de los Cielos, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc.2,14).

Plinio Corrêa de Oliveira, “Catolicismo”, Diciembre de 1959)

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17/12/2009 | Por | Categoría: Fiestas religiosas
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