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A mal tiempo…buena cara

Creo que a muchos nos sucede a veces, que una pequeña cosa nos abate; una palabra poco medida que se nos dice; una variación en la serenidad del cielo, son suficientes para hacernos pasar del exceso de la alegría al abatimiento de la tristeza.

La causa de estas fluctuaciones y de estos cambios de ánimo, no es otra que el horror instintivo que sentimos del sufrimiento.

También es muy cierto que frecuentemente no sabemos enfocar bien las cosas. La sensibilidad –más se trata de unas impresiones no raciocinadas, que propiamente de pensamientos– en ciertas ocasiones nos juega malas pasadas.

Recuerdo que un buen amigo me explicó una vez, que estas impresiones se presentan con un énfasis tan evidente que no permiten la discusión. Sin embargo no están fundamentadas en la razón.

Sin necesidad de ninguna ruptura de los principios, puede existir una dificultad extraordinaria para ajustar determinados modos de ser a los principios. Por ejemplo, una persona tiene por delante un deber arduo. Esta especie de vivencia de la sensibilidad exagera las dificultades. La persona siente así un peso inmenso, melancolías enormes. Después, de repente, pasan. Es como una especie de llovizna que empaña todo el horizonte y produce la sensación de que nunca más hará buen tiempo… Pero sólo pasando un poco de tiempo, aquella impresión nos parece un espejismo, un mal cuento de hadas. Así pasan estas impresiones.

¿Que hacer? Es necesario tomar distancia en relación a lo que se está sintiendo y saber dudar, comprendiendo que las proporciones de lo que se está creyendo ver son exageradas.

Esta especie de “vivencia” presentadas por la sensibilidad es engañosa, y es preciso no darles rienda suelta y raciocinar bien.

Por eso: a mal tiempo… buena cara, pues por encima de las nubes siempre está el sol.

Evidentemente esto se refiere principalmente a nuestros problemas personales.

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29/07/2017 | Por | Categoría: Formación Católica
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