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Reformemos al Hombre

La estructuración del mundo debe realizarse de manera que no destruya ni comprima la personalidad de cada uno de los pueblos

Los intereses más fundamentales de la cultura humana exigen imperiosamente que la estructuración del mundo sea realizada de manera que no destruya ni comprima la personalidad de cada uno de los pueblos que, por disposición de la Divina Providencia, existen en este planeta. Toda verdadera política debe ser delineada en función de la realidad, y siempre que las concepciones artificiales de los estadistas de gabinete abstraen de la realidad, ésta se venga destruyendo irremediablemente su obra.

Esto tal vez sea lo que está ocurriendo con la Unión Europea y lo que podrá ocurrir con proyectos similares en América latina.

Los problemas sociales son como las heridas: mientras más son comprimidos, tanto más se inflaman.

Es una realidad evidente, que cada pueblo tiene una personalidad colectiva. No existen tratados que destruyan esta realidad; ligas ni federaciones que se puedan olvidar impunemente de ella.

¿Se niega, se olvida, se suprime arbitrariamente la personalidad colectiva de un pueblo entero o de todos los pueblos de la tierra? La cultura es obra de esta personalidad. Cuando se perturba o se destruye la fuente, es indiscutible que las aguas brotarán escasas, turbias, dañinas. ¿Qué cultura nacerá, que civilización brotará, qué mundo se construirá sobre estas ruinas psicológicas?

La construcción de la Unión Europea se hizo en gran parte a espaldas de los pueblos que la constituyen. En los pocos países en que se consultó a la gente, el proyecto fue rechazado o consiguió ser aprobado por una minoría ínfima. En otros países, como en España, los socialistas, entonces en el poder, se opusieron a cualquier plebiscito, con argumentos tan absurdos como “que ya habían pasado bastante susto” con el plebiscito que habían hecho sobre la OTAN. Otra herramienta utilizada para su aprobación fue de la presión internacional, como ocurrió en Irlanda.

La construcción de la Unión Europea se hizo en gran parte a espaldas de los pueblos que la constituyen.

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San Agustín dice que el corazón humano fue hecho para el amor de Dios, y se agita inquieto hasta que no reposa en Él. Se podría decir que el mundo fue hecho para vivir en un orden determinado por Dios, y delira inquieto mientras no se estructura de acuerdo a este orden.

Dios, autor de la naturaleza, al organizarla como lo hizo, impuso al hombre implícitamente que no pudiese estructurar su vida de otro modo. Cualquier alteración de la inmutable naturaleza de las cosas es indirectamente una rebelión contra Dios. Es una violación del orden. Y, por lo tanto, un desorden.

Así como un desorden en el cuerpo humano se llama enfermedad, produce dolores y perturbaciones y causa finalmente la muerte; así también un desorden en el cuerpo social tiene que producir malestar, luchas y, finalmente, los grandes colapsos que son las guerras. Porque, donde no hay orden en los espíritus no puede haber paz, y la posible abundancia de los bienes materiales, lejos de ser un factor de concordia, puede aumentar al máximo los apetitos, las ambiciones, las discordias, generando un nuevo colapso. Más aún, en una situación de crisis como la que ocurre en Europa, puede suceder lo que dice el proverbio, “cuando falta el pan, todos pelean y nadie tiene razón”.

La Unión Europea nació bajo el pretexto de que se evitarían las guerras uniendo a todos los países del viejo continente. Sin embargo, la utopía no parece estar dando resultado. Y la crisis económica y financiera que padece está exacerbando los ánimos, al punto de que se habla de una posible guerra.

Lo que es necesario es una reforma del mundo. Pero la reforma del mundo supone la reforma del hombre. Mientras el hombre contemporáneo sea lo que es, cuanto mayores fueren sus obras, mayores serán las ruinas que acumulará en torno de sí. Su poder será el agente de su propia destrucción: enfermizo, incrédulo, egoísta, sin moral ni principios de ninguna especie, nada duradero podrá organizar.

La distinción y la mentalidad de un pueblo se manifiestan también en sus trajes típicos

El contagia con su enfermedad todas sus obras. La argamasa con que unimos las piedras de nuestros edificios contiene dinamita. Las vigas que sostienen nuestras casas tienen termitas. Mañana vendrá la justicia de Dios sobre nosotros y entonces veremos que todo será ruina.

¿Cuál es la solución?

Se trata de reconducir al hombre a las vías gloriosas de la civilización cristiana católica que abandonó y de conservar ‒no fijo y estable en el mismo punto, sino en marcha ascensional en ese camino, a la búsqueda de alturas siempre mayores‒ un orden cada vez más profundamente identificado con la naturaleza y rectificado por lo sobrenatural, sin los miasmas del desorden, de la avaricia, de la sensualidad, de la incredulidad que, tornando al hombre rebelde contra el orden de la naturaleza y los beneficios inestimables de la gracia, hacen de él un hijo de las tinieblas, un sombrío partidario del reino de la anarquía y de la ruina.

Las obras de este hombre serán necesariamente obras de ruina y de tinieblas. No se espere de él otra cosa. Su grandeza se medirá por la grandeza de sus crímenes y de sus devastaciones. Su gloria se medirá por el número de oprimidos que giman a sus pies. Esta siniestra parodia de la grandeza y de la gloria será la única que sus semejantes sabrán ver y aplaudir. Con hombres de este tipo las obras no pueden durar, y las que duren causarán horror.

Plinio Corrêa de Oliveira escribió el artículo original “Reformemos o homem” en el periódico O Legionario, el 9 de mayo de 1943, en medio de la Segunda Guerra Mundial. Nos ha parecido que una adaptación parcial del mismo puede traer luz a la confusa situación en que vivimos.

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18/07/2016 | Por | Categoría: Decadencia Occidente
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