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Honorio, Roma y la gallina

Son innumerables quienes procuran entender o explicar los acontecimientos sólo con base en articulaciones o tramas políticas, en ventajas o intereses económicos, en avances o conquistas tecnológicas. Prestan poca atención al caminar de los espíritus, a la transformación de las mentalidades, a la influencia de las ideas, a la alteración de los hábitos, costumbres sociales, leyes e instituciones.

Farándula enloquecida

Occidente sufre desde hace mucho tiempo la erosión sistemática de los valores cristianos que están en la base de la mayor y más esplendorosa civilización que el mundo haya conocido.

“La historia es maestra de la vida”. La decadencia y caída del Imperio romano es una lección para nuestros días.

Seducidos por el inmediatismo y los brillos materialistas y placenteros de la “modernidad”, los hombres fueron renunciando a las grandes perspectivas históricas, a los valores trascendentes y perennes, al esfuerzo ascensional de la cultura, al sentido del deber y al espíritu de sacrificio, ya sea a nivel personal o a nivel social.

Actualmente, el Occidente cristiano (o casi ex cristiano) sufre los embates de fuerzas políticas, económicas, científicas, filosóficas, ideológicas, religiosas, etc. que lo empujan hacia una desestabilización profunda. Diversas amenazas parecen hacer en torno nuestro la danza de una farándula enloquecida.

Niza y Turquía

En los últimos días, en Niza, en el sur de Francia, un tunecino musulmán atropelló con su camión indiscriminadamente víctimas indefensas, en un atentado reivindicado por el Estado Islámico. En Turquía, eventos poco claros protagonizados por un ala militar, permitieron al Presidente Erdogan consolidar con mano de hierro un régimen autoritario islámico y promover una masiva “caza de brujas” en amplios sectores de la sociedad y en importantes instituciones del Estado, tornando esa potencia militar de la OTAN como una grave incógnita en el tablero internacional.

Las reacciones incoherentes y débiles de las autoridades y de los pueblos occidentales, especialmente europeos, dejan entrever una civilización debilitada frente a los peligros y a la pronta comprensión ‒o hasta el servilismo‒ frente a los enemigos.

La lección perenne de Roma

“La historia es maestra de la vida”, sentenciaba el gran Cicerón. No parece superfluo volvernos hacia la Roma imperial, en el momento de su decadencia, para tratar de entender lo que presenciamos en estos días. Tal vez para algunos este ejercicio pueda parecer aburrido y, en una fuga hacia adelante, prefieran salir por ahí a casar Pokémons, la más reciente fiebre de la “modernidad” fútil y vacía. Tal vez Roma hasta en eso no dejará de ser una lección…

Les invito, pues, a leer un artículo de Helena Matos, publicado en el Observador (17.07.2016), titulado “Una Europa llamada Roma“:

“Horas antes del golpe en Turquía tuvo lugar en Francia un atentado más, y una vez más el Presidente francés afirmó que Francia es fuerte. Y los diarios escribían “un camión mató”, como si el camión se hubiese puesto en marcha por sí mismo.

Frente al atentado de Niza se repetía que había que comprender los motivos del hombre que practicó tal acto, siendo que en este contexto el verbo comprender no es sinónimo de adquirir conocimiento para actuar mejor en relación al agresor, sino para aceptar con mayor resignación el papel de víctima.

El emperador Honorio, sus gallinas y los cortesanos

El emperador Honorio, sus gallinas y los cortesanos

Como siempre, Facebook se llenó de videos “virales” en los que los “likes” hacen las veces de convicciones, y la decisión máxima llegó a pintar la Torre Eiffel con los colores de la bandera francesa. Esta vez ya no hubo muchas velas en las calles, talvez para no dificultar las carreras atrás de los Pokémons.

De repente, el drama de esta Europa, una Europa que fue capaz de garantizar al mayor número de ciudadanos un conjunto más amplio de derechos pero que se condenó a sí misma a la decadencia, me parece calcado de otro drama vivido por otra civilización extraordinaria ‒el imperio romano. Un drama que terminó simbólicamente en una noche de Agosto de 410 DC, en Rávena.

En esa noche un mensajero (siempre hay un mensaje de un mensajero, el tiempo sólo muda la naturaleza del mensajero) entró corriendo en el palacio de Rávena donde el emperador Honorio se encontraba retirado para escapar del cerco que el rey visigodo Alarico montó alrededor de Roma. La noticia y tan grave los presentes resuelven despertar a Honorio: Roma cayó en manos del invasor.

Ante esa noticia, el emperador Honorio se declara consternado: “hacía poco que ella comió en mi mano”. El desaliento ante la respuesta desconcertante del emperador lleva a uno de los presentes a aclarar: Roma, su gallina preferida, estaba bien. Había sido la capital de su imperio y no su preferida la que cayó en manos del invasor. Honorio habrá suspirado de alivio pues por un momento pensó que fuese su gallina y no la ciudad la que pereció.

Hacía muchos siglos que Roma era inviolable. Pero en ese Agosto de 410 DC, el rey visigodo Alarico atravesó la Porta Salaria y entró en Roma al frente de sus hombres. El saqueo comenzó. La propia hermana del emperador, Gala Placidia, estaba cautiva de Alarico, un jefe militar que supo sacar partido de las debilidades del otrora gran Imperio.

Es necesario decir que el saqueo de Alarico fue sólo el primero ‒y ni siquiera el peor‒ de los muchos que reducirán a la orgullosa Roma a ser un símbolo de la decadencia. En cierto momento, los romanos se anticiparon a los invasores y antes de que montaran un asedio más, les abrieron las puertas de la ciudad para que en el momento del inevitable saqueo se mostraran más misericordiosos. Lo que no ocurrió.

La historia de la reacción de Honorio al saber del saqueo de Roma fue probablemente dramatizada pero ha servido para ilustrar lo que bondadosamente designamos como decadencia del imperio romano. Frente a esa fabulosa civilización que se condenó a sí misma a la derrota, pocas cosas ilustrarán mejor el comportamiento de las elites romanas que el emperador llorando su gallina y no su ciudad.

En este siglo XXI, Honorio, su ciudad y su gallina andan por ahí. Simplemente Roma se llama ahora Europa. Y los europeos, tal como el emperador Honorio, desdeñan a los aliados, no resuelven lo esencial, asisten abúlicos a los ataques de que son blanco y ante la catástrofe fingen que no ven. ¿O ven solamente la muerte de su gallina ‒¿con cuántas causas fútiles se entretienen semanalmente los parlamentos de Europa?‒ y no la caída de su ciudad?

Mientras escribo los presos en Turquía se cuentan por millares y la purga en la justicia y entre los militares es profunda. En las televisiones europeas se confunde el apoyo y las banderitas en las redes sociales con la legitimidad. Erdogan, sin embargo, avisa que quien esté con los rebeldes está ‘en guerra contra Turquía’, siendo que el concepto de ‘estar con los rebeldes’ es muy amplio. Por ejemplo, ¿no entregar a Turquía los ocho militares turcos que pidieron asilo político a Grecia es sinónimo de estar con los rebeldes? ¿Y cómo usará Turquía sus controles fronterizos para presionar a Europa para que deje de ‘estar con los rebeldes’, tenga eso el significado que quieran? ¿Y qué hacen los líderes europeos si Erdogan, con menos folklore, más racionalidad y unas fuerzas armadas purgadas pero bien entrenadas, entre en el espiral confrontación‒amistad‒chantaje, como lo hizo durante años Kadafi? ¿Llamarán por teléfono a Washington y esperarán que el Presidente norteamericano, sea quien sea, movilice a los nacidos en Ohio o en Kansas para reforzar la presencia militar en las bases norteamericanas en Europa, precisamente aquellas contra las cuales no hubo estudiante europeo que no considerara de buen tono manifestarse?

En la escuela aprendí como los romanos hicieron su imperio. En verdad debíamos haber estudiado más como lo deshicieron. Porque Honorio y su gallina no ocurren por casualidad. Ellos son el resultado de una sociedad que se derrotó a sí misma antes de ser derrotada por los otros. De un imperio que acabó teniendo que pagar para no ser atacado por aquellos a los que antes pagaba para que lo defendiesen.

La próxima vez que el estrépito de un atentado nos distraiga de los Pokémons, en vez de desahogarnos en facebook será bastante más útil estudiar a los romanos. Honorio y su gallina, así parte de nuestro pasado y nosotros ya estaremos más lejos de refugiarnos en Rávena”.

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30/09/2016 | Por | Categoría: Decadencia Occidente
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Un comentario to “Honorio, Roma y la gallina”

  1. Fernando Represas dice:

    La situación es patética. La gran mayoría ha hecho a un lado los principios y valores cristianos. Solo un milagro de la mano de Dios puede volver al hombre a entender la verdad. La oración, los Sacramentos, el ayuno, las lecturas pías y las obras de misericordia, pidiendo la Sagrada intercesión de la Santísima Virgen, son nuestra esperanza. Saludos cordiales.

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