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"Desmonarquización" de la autoridad eclesiástica

En la Parte III de su ensayo Revolución y Contra‒Revolución, agregada en 1976 y comentada en 1992, Plinio Corrêa de Oliveira hace un análisis de la actualidad de sus tesis a la vista de los nuevos rumbos del proceso revolucionario y su influencia en la propia Iglesia. Se refiere principalmente al tribalismo y al pentecostalismo, que conducen a la disolución de la autoridad eclesiástica, llevándola a una creciente dependencia de la opinión de los fieles.

Reproducimos algunos trechos que nos parecen de muy especial actualidad en lo que se refiere a la Santa Iglesia Católica.

E. Tribalismo eclesiástico [1]– Pentecostalismo

Hablemos de la esfera espiritual. Evidentemente, la IV Revolución también quiere reducirla al tribalismo. Y el modo de hacerlo ya se puede notar claramente en las corrientes de teólogos y canonistas que tienen en vista transformar la noble y ósea rigidez de la estructura eclesiástica, tal como Nuestro Señor Jesucristo la instituyó y veinte siglos de vida religiosa la modelaron magníficamente, en un tejido cartilaginoso, muelle y amorfo, de diócesis y parroquias sin circunscripciones territoriales definidas, de grupos religiosos en los que la firme autoridad canónica va siendo sustituida gradualmente por el ascendiente de los “profetas” más o menos pentecostalistas, congéneres ellos mismos de los hechiceros del estructuralo-tribalismo, con cuyas figuras acabarán por confundirse. Como también con la tribu-célula estructuralista se confundirá, necesariamente, la parroquia o la diócesis progresista-pentecostalista. (Comentarios de 1976)

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Comentarios de 1992:

En esta perspectiva, que tiene algo de histórico y de conjetural, ciertas modificaciones de suyo ajenas a ese proceso podrían ser vistas como pasos de transición del statu quo pre-conciliar al extremo opuesto aquí indicado.

Por ejemplo, la tendencia a la colegialidad como el obligatorio modo de ser de todo poder dentro de la Iglesia y como expresión de cierta “desmonarquización” de la autoridad eclesiástica, la cual ipso facto quedaría, en cada grado, mucho más condicionada que antes al escalón inmediatamente inferior.

Todo esto, llevado a sus extremas consecuencias, podría tender a la instauración estable y universal, dentro de la Iglesia, del sufragio popular, que en otros tiempos fue adoptado a veces por la Iglesia para llenar ciertos cargos jerárquicos; y, en un último lance, podría alcanzar, en el cuadro soñado por los tribalistas, una indefendible dependencia de toda la Jerarquía en relación al laicado, presunto portavoz necesario de la voluntad de Dios.

“De la voluntad de Dios”, sí, que ese mismo laicado tribalista conocería a través de las revelaciones “místicas” de algún brujo, gurú pentecostalista o hechicero; de modo que, obedeciendo al laicado, la Jerarquía supuestamente cumpliría su misión de obedecer la voluntad del propio Dios.


[1] Como es bien sabido, ni Marx ni la generalidad de sus más notorios secuaces, tanto “ortodoxos” como “heterodoxos”, vieron en la dictadura del proletariado la etapa terminal del proceso revolucionario. Es imposible no preguntarse si la sociedad tribal soñada por las actuales corrientes estructuralo-tribalistas da una respuesta a esta indagación. El estructuralismo ve en la vida tribal una síntesis ilusoria entre el auge de la libertad individual y del colectivismo consentido, en la cual este último acaba por devorar la libertad. Según tal colectivismo, los varios “yo” o las personas individuales, con su inteligencia, su voluntad, su sensibilidad y consecuentemente sus modos de ser, característicos y discrepantes, se funden y se disuelven, según ellos, en la personalidad colectiva de la tribu generadora de un pensar, de un querer, de un estilo de ser densamente comunes.

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06/11/2015 | Por | Categoría: Crisis de la Iglesia
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